3.4.05

El Papa y las otras religiones

A lo largo de su papado, Juan Pablo II ha desarrollado un gran interés por profundizar el diálogo con otras religiones. Los frutos de ese diálogo han sido bastante escasos, pero al menos han servido para marcar el camino a su sucesor. El que venga después sabrá que no puede abandonar esa línea, aunque la brecha que separe a todas las religiones parezca infranqueable. El concepto de "guerras de religión" nos parece algo superado en Europa. En otras partes del mundo, es desgraciadamente una realidad que no se puede obviar.

Karol Wojtyla quiso asumir personalmente la responsabilidad de acercarse al judaísmo y al islam. Fue el primer Papa en visitar una sinagoga (en Roma en 1986) y en visitar una mezquita (en Damasco en 2001). Cuando estuvo en Jerusalén, se acercó al Muro de las Lamentaciones. Allí depositó, como hacen los judíos, un trozo de papel entre las piedras del muro, en el que solicitaba perdón por los siglos de persecuciones de los judíos por los cristianos.

Los líderes religiosos musulmanes que hoy han mostrado su reconocimiento a la figura del Papa recuerdan probablemente las imágenes de su entrada descalzo en la mezquita de Damasco, donde rezó ante lo que la tradición dicta que es la tumba de Juan Bautista.

En el mundo islámico, se reconoce que la defensa de la paz tan frecuente en los discursos del Papa no estaba contaminada por intenciones políticas ocultas. Al mismo tiempo, la postura intransigente de la Santa Sede contra el aborto y cualquier método anticonceptivo ha hecho que los líderes religiosos islámicos y católicos mantengan posiciones similares en los foros internacionales convocados a tal fin.

La lucha contra la Unión Soviética acercó a Juan Pablo II a Estados Unidos tanto que se podría pensar en una especie de alianza entre Reagan y Wojtyla para acelerar el fin del comunismo. Sin embargo, cuando años después EEUU fue a la guerra para responder a la invasión iraquí de Kuwait y para derrocar a Sadam Hussein, el Vaticano mantuvo una voz propia diferente a la de las grandes potencias occidentales.

La Iglesia Católica casi ha descartado la guerra como instrumento para solucionar los conflictos entre los seres humanos. En el pasado, los Papas eran también caudillos militares que mantenían el principio de que donde llegaba la fe, debía llegar la espada. Ahora, la diplomacia vaticana prefiere creer que la guerra sirve sobre todo para castigar a los inocentes.

Este acercamiento a otras religiones se ha quedado en simples gestos, porque hay un límite en el reconocimiento de los "dioses" de los demás. Supongo que era inevitable, pero la Iglesia Católica no ha querido renunciar a la idea del misionero. Si aceptas otra religión como verdadera, como otra forma que tienen otras personas de acercarse a Dios, ¿qué sentido tiene ir a esos países para convertir a los fieles de otras religiones?

La contradicción quedó patente cuando el Vaticano publicó, el 5 de septiembre de 2000, "Dominus Iesus", un documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que presidía el cardenal Ratzinger. El texto negaba que otras religiones pudieran ofrecer la salvación e insistía en que conseguir conversos al cristianismo es "un deber urgente". Aceptaba que los otros fieles podrían salvar su alma, no decía exactamente cómo, pero destacaba que se encontraban en una situación de inferioridad frente al cristianismo.

Unos días antes, Juan Pablo II beatificó a Juan XXIII y Pío IX. La decisión escandalizó a muchos judíos, porque Pío IX figura de forma prominente en el panteón de los líderes religiosos cristianos que promulgaron decisiones basadas en la consideración de los judíos como seres inferiores. En 1862, promulgó un edicto por el que los judíos no podían testificar contra cristianos ante la justicia, no podían tener casas en propiedad, no podían abandonar sus barrios al caer el sol y, por último, debían pagar un impuesto con el que se costearían los gastos de la residencia en la que vivían los catecúmenos cuya función era, precisamente, convertir a los judíos. Menudo beato.

Se dice que Juan Pablo II nunca demostró esa superioridad del cristianismo, tal y como está expresada en "Dominus Iesus", cuando se reunía con dirigentes de otras religiones. Quizá el texto de Ratzinger, apoyado después por Wojtyla, marque los límites de algo que no tiene mucho futuro, el diálogo entre religiones, pero que es necesario mantener vivo. Al menos, puede servir para impedir que haya personas que sean perseguidas y asesinadas por sus ideas religiosas.