1.3.05

Poder popular en Líbano

Ha sido una demostración de poder popular que hemos visto en ocasiones anteriores en Europa del Este y en América Latina, pero nunca en Oriente Medio. El Gobierno libanés, prosirio, ha dimitido en pleno, mientras en el exterior del Parlamento miles de personas exígían la salida de las tropas sirias. En definitiva, pedían que se les devolviera la soberanía y que su país deje de estar controlado por los intereses del Gobierno de Damasco.

Aquellos que planearon y ejecutaron el asesinato del ex primer ministro Rafik Hariri han conseguido lo contrario de lo que pretendían. Probablemente, aspiraban a cortar de raíz cualquier intento de que Líbano recupere la capacidad de decidir por sí misma. En el caso de Oriente Medio, la búsqueda de los autores de un crimen político pasa casi siempre por saber a quién ha beneficiado. Por eso, y ahora más que hace unos días, se puede llegar a la conclusión de que es poco probable que el presidente sirio estuviera personalmente detrás del atentado.

Lo cierto es que eso ya poco importa. Además, quién sabe si los poderosos servicios de inteligencia sirios, que desconfían del carácter poco agresivo del joven Asad, hayan maniobrado por su cuenta para poner fin a la resistencia libanesa a sus planes. En cualquier caso, Siria es responsable por haber mantenido durante demasiado tiempo su presencia militar en Líbano, por interferir en la Constitución de Líbano para ampliar el mandato del presidente Lahud y por supeditar la soberanía libanesa a un futuro e hipotético acuerdo de paz entre Siria e Israel.

Hasta hoy, la política libanesa ha sido el resultado de una complicada red de relaciones religiosas, tribales y políticas que se basaba en buena parte en el adagio de que el enemigo de mi enemigo tiene que ser mi aliado, por mucho que le deteste. Ahora, los trapicheos que antes servían han perdido ya su utilidad.

Una de las razones de la continuada presencia siria es que, tras la catástrofe de la guerra civil, la política había rehuido de la confrontación popular en la calle. Era mejor pactar la solución menos mala en los despachos antes que levantar pasiones que podrían terminar de forma violenta. Lo que ha ocurrido hoy en Beirut demuestra que los libaneses no parecen tener miedo a defender su libertad. Ya no son los hermanos pequeños de los sirios ni les deben una deuda eterna por haber contribuido a poner fin a la guerra civil.

La oposición ha pedido un Gobierno de unidad nacional que inevitablemente tendría que contar con la presencia de los partidos partidarios de la salida de los sirios. Es posible que acepten una presencia temporal de los soldados de Damasco en la zona oriental del país, siempre que suponga un paso previo a su regreso, y con fecha fija.

Si Asad fuera inteligente, llamaría pronto a sus tropas con el argumento de que son necesarios en su propio país para defenderlo de un hipotético ataque norteamericano.
Se admiten ideas procedentes de la Unión Europea. No estaría de más que los Gobiernos europeos recordaran a Siria que ya está violando una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU.

Cuanto antes entiendan el mensaje, menos posibilidades tendrán de vérselas con el Pentágono. Seguro que les resulta más fácil llegar a un acuerdo con la oposición libanesa con el partido de la guerra de Washington.