24.3.05

La pérdida del miedo

¿Quién dijo que todos los males contemporáneos provienen de la globalización? ¿Alguien cree que sin ella se hubiera producido la revuelta de Kirguizistán que ha acabado con 15 años de poder autoritario del presidente Askar Akayev?

Resulta aventurado juntar todos los estallidos populares contra regímenes dictatoriales de los últimos meses bajo el mismo paraguas político. Georgia, Ucrania, Líbano, Kirguizistán, cada uno de estos países tiene su propia historia reciente y sus propios autócratas.

Lo que les une a todos es un valor poco habitual en las dictaduras: la pérdida del miedo. Ni siquiera los tanques y los antidisturbios han podido frenar a la gente cuando se ha negado a continuar permitiendo la violación de sus derechos. En países como Kirguizistán, las comunicaciones son difíciles, el régimen ha sabido enfrentar los intereses de la población rural y la urbana, y cuando ha sido necesario, ha detenido y encarcelado a cualquiera que osara enfrentarse al Gobierno.

Hasta que la gente ha dicho basta. Una vez más, por las fundadas sospechas de un fraude electoral.

Estas revueltas populares, a veces mal organizadas y sin líderes claros, cuentan con la ventaja de tener ya muchos precedentes con éxito. En algunos casos, los líderes de organizaciones estudiantiles y políticas han viajado a otros lugares donde necesitaban su consejo. Y el mensaje que han extendido es que se puede vencer contra un Gobierno autoritario sin necesidad de montar un golpe de Estado o contar con la complicidad de los líderes militares o de los servicios de seguridad (aunque esto último tampoco hace daño).

Este virus democrático se ha extendido gracias a la presencia de estos grupos de voluntarios (financiados a veces por organizaciones europeas o norteamericanas), por el trabajo de los medios de comunicación internacionales y por la aparición de redes de comunicación locales más pequeñas, pero en ocasiones más efectivas.

Los mensajes a favor de la democracia que surgen en Europa y EEUU no son la causa primera de los estallidos. Tienen que darse las condiciones adecuadas en esos países para que se encienda la mecha de la protesta popular. Sin embargo, cuando desde Washington, París o Bruselas se deja claro que la represión no es la medicina, queda desactivado uno de los principales argumentos con los que los Gobiernos autoritarios convencen a los jefes policiales o militares de que hay que acabar con los rebeldes. Aquellos que opten por la mano dura sabrán que estarán solos, no tendrán el apoyo de ninguna de las grandes potencias del mundo. Esto, evidentemente, no ocurría en la guerra fría ni con tanta frecuencia a finales de los años noventa.

El clima internacional es mucho más propicio ahora para estos benditos sobresaltos. Pero el detonador que ha vencido al miedo no está en los salones del poder. Al final, una declaración de Bush o Chirac no da valor a los que se echan a la calle.

Las imágenes de lo que ha ocurrido en otros países que se han deshecho de sus dictaduras son un acicate mucho mayor.

Extra:
El blog Registan.net está haciendo un completo seguimiento de la crisis de Kirguizistán.