28.2.05

El prólogo de una guerra civil

El consejero de seguridad nacional iraquí, Mowaffak al-Rubaie, ha dicho que la detención del líder de Al Qaeda en Irak, Al Zarqawi, es sólo cuestión de semanas. Hace unos días, fueron capturados dos de sus lugartenientes. No sabemos si al-Rubaie peca de optimismo, pero será mejor que tenga razón. El atentado de hoy en Al Hila demuestra que el nuevo Gobierno iraquí no tiene más alternativa que acabar con estas carnicerías. Si no lo hace, no está muy lejano el momento en que sean las milicias de los partidos políticos los que se tomen la justicia por su mano.

Han muerto a esta hora 122 personas y otras 170 han quedado heridas. La mayoría de las víctimas eran aspirantes a entrar en la Guardia Nacional. Hacían cola para pasar el reconocimiento médico.

Las dimensiones de la matanza superan a casi todos los actos de violencia conocidos hasta ahora. Sin embargo, un día normal de Irak no se queda a la zaga. Para muestra, este artículo de John Burns, del NYT, que describe fríamente lo que ocurrió el pasado sábado.

He escrito Al Zarqawi, pero no se lo tomen como un pronóstico seguro. En un día como hoy, conviene leer lo que escribió Juan Cole en enero: es muy fácil acusar de todo a Zarqawi, pero es probable que muchos de estos atentados sean obra de antiguos miembros del Partido Baas y de los servicios de inteligencia de Sadam Hussein.

No me refieron a esos "restos del baasismo" de los que suele hablar la Administración de Bush para dar a entender que se enfrentan a un puñado de antiguos ayudantes del dictador.

Estamos hablando de miles de personas, quizá decenas de miles, que, con la ayuda de lazos tribales y religiosos que atan para siempre, quiere acabar con la ocupación norteamericana y, al mismo tiempo, impedir que Irak sea gobernada en solitario por los shiíes. Apelan al orgullo nacionalista para enfrentarse a EEUU y al orgullo suní para alentar entre los iraquíes el miedo a un Gobierno dirigido por ayatolás que supuestamente reciben órdenes de Irán.

Ante tanta sangre, cabe la tentación de apoyar cualquier medida represiva que ponga fin a esta locura. Evidentemente, el nuevo Ejército iraquí debe tener claro que su supervivencia está en peligro. O actúan con la máxima dureza o los terminarán matando a todos. Pero si el objetivo final es acabar con la guerra, no creo que se le pueda llamar de otra manera, las autoridades deben saber que no tienen ninguna posibilidad de vencer si la población suní no repudia esta violencia y se une al futuro político del país.

Ningún país puede salir adelante si el 20% de sus ciudadanos se considera expulsado del sistema político. Antes sí, como lo demuestran las décadas en las que los shiíes vivieron condenados a un estatus inferior. El problema reside en la falta de interlocutores políticos en el campo suní. La única voz que dice hablar en nombre de los suníes es la Asociación de Ulemas, radicalmente contraria a la presencia militar americana.

La negociación de la Constitución es el primer paso para incorporar a los suníes. De lo contrario, se irán cubriendo etapas hasta el momento en que, sin necesidad de retorcer el diccionario, podamos hablar con todo rigor de una auténtica guerra civil.