27.1.05

Auschwitz


Judíos checoslovacos a su llegada en tren al campo de Auschwitz en mayo de 1944. (Archivo de Yad Vashem).


Los zapatos de los presos asesinados se conservan en el museo de Auschwitz. Foto: Reuters.


Bracha Ghilai, de 75 años, muestra su brazo en su casa de Tel Aviv en enero de 2005. Foto: AP.

Se dice que siempre faltan palabras para describir el Holocausto, y es muy probable que sea verdad. Dentro de unos años, cuando muera el último de los supervivientes, esa carencia se hará aún más aguda. Y aunque sea cierto, habrá que seguir intentándolo, porque será entonces el momento en que corramos el riesgo de olvidar para siempre todo lo que ocurrió.

Los libros de historia nunca olvidarán el Holocausto, de la misma forma que siguen recordando muchas otras tragedias humanas. Pero en la medida en que deje de estar presente dentro de nosotros, habrá desaparecido.

Una forma de entenderlo es saber que el genocidio no fue un hecho aislado, sino una cadena de acontecimientos que comenzó hace muchos siglos. Su culminación esperó hasta que el progreso tecnológico, en unas circunstancias históricas excepcionales, permitió la construcción de una maquinaria industrial diseñada y puesta en práctica para la eliminación sistemática de seres humanos.

Porque la verdad está ahí, y resulta incómoda para aquellos que no son alemanes y, en principio, carecen de responsabilidad por lo que ocurrió. Los años 40 no fueron el primer momento de la historia en el que los judíos fueron obligados a llevar una prenda (un gorro, un brazalete...) para ser identificados en público. Tampoco fue la primera vez en que se les prohibió ejercer algunos oficios. Ni tampoco fueron asesinados en masa por primera vez con el fin de servir de excusa para desviar la ira de la gente o de objetivo de una idea racista y criminal.

Las palabras se quedan cortas, así que las imágenes sirven para rellenar algunos de los huecos que dejan. Estas tres fotografías cuentan una parte de la historia. Piensen en ese tren que acababa de llegar a Auschwitz una mañana de mayo de 1944. Piensen en miles de trenes más. Vean los zapatos que dejaban atrás los condenados a las cámaras de gas y vean millones de zapatos más.

Y, por último, el brazo de Bracha Ghilai y su número tatuado. No es necesario que piensen en las personas que se salvaron tras pasar por los campos de exterminio. De hecho, es mejor que piensen sólo en esa mujer de 75 años.

Ante un genocidio, cada vida salvada es una derrota de los verdugos.

Es otra forma de entender las lecciones del Holocausto. Por terrible que fue, no sirvió para vacunar a la especie humana contra la repetición de un hecho similar. Puede ocurrir mañana, a una escala más reducida, contra un pueblo diferente, en un espacio de tiempo mayor.

Nunca es demasiado tarde para detenerlo. Incluso cuando se mira para otro lado al principio y se reacciona con retraso, se puede salvar la vida de personas como Bracha Ghilai.

Yad Vashem. Museo del Holocausto en Jerusalén.