22.12.04

La palabra de Tariq Ramadán

El filósofo suizo y musulmán Tariq Ramadán ha decidido renunciar al puesto de profesor que le ofreció la universidad norteamericana de Notre Dame. El Gobierno se niega a concederle un visado (cortesía de la Patriot Act) y no se siente obligado a decir por qué lo hace.

Es otra victoria de los sectores reaccionarios que afirman que las universidades de EEUU están llenas de arabistas que defienden objetivamente a los enemigos del país.

A Ramadán sólo le queda la palabra. Ha publicado en Los Angeles Times un artículo en el que explica las razones de su dimisión: My Fight Against American Phantoms. Por su interés, he traducido el texto:

En los últimos cuatro años, he visitado EEUU más de 20 veces. He dado conferencias sobre filosofía e Islam en numerosas instituciones académicas, desde Dartmouth a Stanford, y en organizaciones como el Instituto Brookings y el Instituto de la Paz de EEUU. Fui invitado a una reunión organizada por el ex presidente Clinton y he hablado en público ante funcionarios de la CIA.

Por eso, cuando me ofrecieron un puesto de profesor en la universidad de Notre Dame, no lo vi como algo especialmente polémico y acepté el puesto como una oportunidad en favor de una mayor relación y diálogo con los norteamericanos.

Después de las necesarias revisiones de seguridad, mi petición de visado se aprobó en mayo. Enviamos por barco nuestras cosas y fue a nueve días de trasladarme cuando me informaron que mi visado había sido anulado. Aunque no nos dieron ninguna explicación, fuentes gubernamentales aparecidas de forma anónima en los medios de comunicación citaron la Ley Patriota (Patriot Act) como base legal de la decisión, pero sin decir exactamente de qué estaba acusado.

Los medios de comunicación especularon sin freno. Se mencionaron todas las viejas y falsas acusaciones de mis detractores: "posibles relaciones con terroristas", "islamista" y la especialmente inexplicable "el yihadista amable". Me acusaron de ser antisemita y de emplear un "doble lenguaje", con un mensaje moderado y amable con los no musulmanes, y otro "radical y extremista" con los musulmanes. Para confirmar esos argumentos, mis críticos apuntaron a mis antecedentes -mi abuelo fue el fundador de los Hermanos Musulmanes en Egipto- como si las ideas y la moral de una persona descendiera de los vicios y virtudes de su linaje.

Una y otra vez, luché por desmentir esas malintencionadas alegaciones. Pero no funcionó. Tras 20 años de estudiar y enseñar filosofía, he aprendido a apreciar la dificultad inherente de reconocer "la verdad". Pero también he aprendido que en el mundo de los medios de comunicación de masas, "la verdad" no está basada en la claridad, sino en la repetición. Una presunción repetida tres veces se convierte en un hecho.

¡Es una verdad realmente extraña! He escrito 20 libros y 700 artículos. ¿Han leído mis detractores alguno de ellos? ¿Están familiarizados con mis extensos estudios sobre las escrituras islámicas y mis esfuerzos por ayudar a los musulmanes a que sean fieles a esos principios y que, al mismo tiempo, afronten los desafíos del mundo contemporáneo? ¿Conocen mi declaración del 12 de septiembre del 2001 en la que pedí a los musulmanes que condenaran los atentados terroristas? ¿O mis condenas del antisemitismo? ¿Han leído mis escritos en favor de los derechos de las mujeres y del feminismo islámico y en contra de los malos tratos y la discriminación?

La base de mi mensaje a los musulmanes de todo el mundo es ésta: Conoce lo que eres, lo que quieres ser. Encuentra valores comunes y construye, junto a los ciudadanos no musulmanes, una sociedad basada en la diversidad y la igualdad. Nuestro éxito colectivo descansa en la ruptura de los guetos colectivos, en la colaboración más allá de las asociaciones restringidas y en fomentar la confianza mutua, sin la cual vivir juntos es casi imposible.

Ése es mi historial, transparente y claro. No tengo motivos para estar preocupado. Por eso, en septiembre, cuando la universidad me recomendó que volviera a solicitar el visado, lo hice. En ese momento, el secretario de Estado, Colin Powell, dijo que mi caso sería revisado con equidad.

Eso fue hace dos meses, pero desde entonces ni la universidad ni yo hemos sabido nada. El último contacto con la Administración de Bush indica que no se tomará ninguna decisión a corto plazo. Básicamente, mi petición, la solicitud de la universidad y la protesta de la comunidad académica han sido ignoradas. Es una afrenta a la justicia, a mi dignidad como académico y una violación de mi derecho básico a saber de qué estoy acusado y qué pruebas existen en mi contra.

Vivir en una especie de limbo, en un simple apartamento, sin saber dónde, y a qué lado del Atlántico, irán mis hijos a la escuela dentro de unas semanas ha sido extremadamente difícil para mi familia. Para aliviar esto y preservar mi dignidad, tomé la semana pasada la difícil decisión de renunciar a mi puesto en la universidad. A pesar de mi dimisión, estoy esperando a que la Administración de Bush revele los resultados de su investigación, para que mi nombre quede limpio de todas las acusaciones falsas y humillantes que he recibido en los últimos meses.

El Gobierno de EEUU ha descendido rápidamente a un unilateralismo cerrado y preocupante. Pero los ideales de EEUU están encarnados en muchos de sus ciudadanos. Estos ideales resultan evidentes en la valiente postura de la universidad de Notre Dame y de todos los organizaciones cívicas y académicas, intelectuales, periodistas y gente corriente que me ha defendido. Ellos dejaron claro que hay que respetar la libertad de cátedra, incluso si discrepaban con algunas de mis ideas. Pidieron transparencia y diálogo, y alertaron contra la censura arraigada en el miedo y la sospecha. Son ellos los que representan la dignidad de EEUU.

Tariq Ramadan.