11.12.04

La niñera y el ex policía

De forma inesperada, Bush se ha quedado sin su secretario de Seguridad Interior. El ex jefe de la Policía de Nueva York, Bernard Kerik, ha retirado su candidatura al puesto antes de que pudiera ser votada, como es preceptivo, por el Senado. En un comunicado difundido anoche, Kerik dice que ha descubierto que una asistenta y niñera a la que tuvo en su casa durante un año podría ser una inmigrante ilegal. Además, Kerik no pagó los impuestos exigidos por su contratación:

In reviewing his personal finances this week as he prepared for confirmation hearings, Mr. Kerik said in a statement issued late Friday, he determined that a housekeeper and nanny he had once employed was not clearly a legal immigrant and that he had not properly paid taxes on her behalf.

"I uncovered information that now leads me to question the immigration status of a person who had been in my employ as a housekeeper and nanny," Mr. Kerik said. "It has also been brought to my attention that for a period of time during such employment required tax payments and related filings had not been made."


No se conoce el nombre ni la nacionalidad de la asistenta, porque abandonó el país hace dos semanas.

La revista Newsweek va aún más lejos. Dice haber descubierto pruebas de los problemas financieros que Kerik tuvo años atrás. Lo más grave es que llegó a emitirse una orden de arresto contra Kerik a causa de ciertas facturas impagadas por la propiedad de una casa en New Jersey. Newsweek dice que envió ayer copias de estas pruebas a la Casa Blanca, horas antes de que se conociera la retirada de Kerik.

Cuando Bush eligió a Kerik para el puesto hace una semana, se daba por hecho que su confirmación por el Senado no sería complicada. Algunos políticos demócratas de Nueva York apoyaron su elección. Kerik era el comisionado de la Policía de Nueva York el 11 de septiembre del 2001 y, al igual que en el caso del alcalde Giuliani, su actuación había sido elogiada por todos. Los fallos en la coordinación de los servicios de emergencia y el mal estado de las comunicaciones utilizadas por policías y bomberos, conocidos después, no hicieron mella en el reconocimiento general.

Kerik llegó a ser contratado por la Administración de Bush para trabajar en Irak como asesor en el proceso de entrenamiento y formación de la nueva policía iraquí. Por razones que se desconocen, abandonó el puesto unos meses más tarde, sin haber tenido tiempo suficiente para completar su misión.

En la revisión de sus antecedentes profesionales llevada a cabo por los medios de comunicación, surgieron otros hechos, algo más oscuros, que en principio no han tenido nada que ver con su retirada. Hace unos días, The Washington Post reveló el episodio más controvertido de su larga carrera, ocurrido cuando Kerik trabajaba en Arabia Saudí entre 1982 y 1984 en el equipo de seguridad de un hospital. Los hechos fueron tan graves que acabaron con la detención de Kerik y su expulsión del país.

Varios empleados, de nacionalidad norteamericana, del hospital Rey Faisal, de Riad, denunciaron que Kerik les había vigilado, por orden del director del centro, para asegurarse de que cumplieran las estrictas prohiciones morales vigentes en Arabia Saudí. Según la denuncia, Kerik se aseguraba de que ningún empleado consumiera bebidas alcohólicas o tuviera relaciones sexuales con compañeros de trabajo:

"Kerik was a goon," said John Jones, a former hospital manager, who said he felt harassed by the security team. "They were Gestapo. They made my life so miserable."

"Kerik used heavy-handed tactics in following single men around and keeping them away from some women," said Ted Bailey, who was a doctor at the hospital and now practices in Indiana. Added paramedic Michael Queen: "Men and women had to be careful with security, but Bernie was the one we watched out for the most."


El propio Kerik admitió en sus memorias que su trabajo en Arabia Saudí no fue nada agradable al tener que imponer unas normas injustas:

In the book, Kerik described his discomfort at having to investigate employees' private lives, but said it was necessary because of the Saudis' laws prohibiting drinking and mingling of the sexes in public. "It was challenging, negotiating such a closed, rigid system and trying to find justice in laws that, to an American, were unjust," he wrote.

La denuncia de los empleados por el supuesto acoso provocó una investigación de la policía secreta saudí, que concluyó con la destitución del director y el interrogatorio de Kerik:

They "asked me about what security services I provided for Dr. Feteih. Were we tapping phones? Doing surveillance? The allegations were cryptic, and at the same time ludicrous, but even as I tried to ignore them the scandal grew, and intrigue and treachery multiplied everywhere around us. It was nearly impossible to figure out the angles and who might be playing which side."

He recalled denying the allegations of wiretapping and snooping for Feteih. When a Saudi lieutenant said his wife could be in jeopardy if he lied, he grabbed the man and threatened to kill him, prompting the guards to point their guns at him, Kerik wrote.

"Several stressful minutes later, they were driving me back to my villa. 'You will leave the country,' one of the secret police said to me. To this day, I still can't say... where I fit in the various struggles."


Es la típica historia delirante que sólo podría ocurrir en Arabia Saudí.

Al final, estas graves acusaciones han tenido menos consecuencias que la contratación de una inmigrante ilegal. El patinazo empieza a convertirse en un clásico de la política norteamericana. Hechos similares desbarataron al menos dos nombramientos importantes en la época de Clinton.