18.11.04

Luces, cámara, acción

El asesinato de Margaret Hassan vuelve a poner sobre la mesa el tratamiento por los medios de comunicación de los secuestros en Irak. Al Jazeera ha decidido no difundir las imágenes de su muerte. Hasta el momento, ninguna agencia ha tenido acceso a esa cinta y, por lo tanto, las televisiones no se han visto en la tesitura de decidir cuántos segundos pueden emitir de su muerte.

El debate no parece estar en el si (se utilizan las imágenes) sino en el cómo, o en el cuánto. Los medios no se atreven a decretar un apagón que no sería informativo, sino tan sólo visual. Y mientras tanto, se extiende la idea de que esas cintas de vídeo son el arma más efectiva con que cuenta el grupo terrorista de Al Zarqawi.

No hemos visto morir a Margaret Hassan, pero sí la vimos implorar por su vida. Al igual que en el caso de Ed Begley, sólo la sangre echa para atrás a los periodistas de televisión. Cuando un rehén aparece suplicando por su vida, cuando pide a su Gobierno que acepte las exigencias de los secuestradores, se considera que esas imágenes son emitibles. Y en esos casos, no se desperdicia ningún segundo.

Michael Ignatieff es uno de esos periodistas que sabe ir más allá de lo evidente, de lo que tenemos ante los ojos, para explicarnos cuáles son las consecuencias, a veces hasta morales, de nuestros actos. Lo vuelve hacer esta semana en el NYT, The Terrorist as Auteur, en un texto de obligada lectura para periodistas:

Thinking about this is hard. We know we are trapped in a vortex, but we do not even understand the churn that is dragging us down. All we see clearly is our own coarsening complicity. TV news editors still screen the worst moments out, but over the past 25 years, they have spared us less and less: now we see actual human beings begging for their lives. This is terrorism as pornography, and it acts like pornography: at first making audiences feel curious and aroused, despite themselves, then ashamed, possibly degraded and finally, perhaps, just indifferent. The audience for this vileness is global. A Dutchman who runs a violent and sexually explicit Web site that posts beheadings notes, in his inimitable words, that "during times of tragic events like beheadings," his site, which usually gets 200,000 visitors a day, gets up to 750,000 hits.

En esta época que vivimos en la que se confunde con demasiada facilidad al autor con el cómplice, resultaría cómodo colocar en el mismo plano moral al asesino de Margaret Hassan con alguna de esas 750.000 personas que por todo el mundo pueden estar ahora buscando las imágenes de su decapitación en esa web holandesa. No serviría de nada, excepto para dar rienda suelta a ese pequeño censor que todos llevamos dentro.

Sin embargo, conviene no olvidar que las imágenes se ruedan y se preparan para ser vistas. Y eso también ocurre en el caso de los asesinatos de rehenes en Irak. Como cuenta Ignatieff, cada detalle se prepara con esmero:

We now have the terrorist as film director. One man taken hostage recently in Iraq described, once released, how carefully his own appearance on video was staged, with the terrorists animatedly framing the shot: where the guns would point, what the backdrop should be, where he should kneel, what he should be scripted to say.

Hay algo en lo que los atentados de Irak no aportan nada nuevo a la historia del terrorismo. Los terroristas no aspiran a vencer por sí mismos, pretenden que sean otros los que les concedan la victoria. ¿Cómo pueden hacerlo? Imitándoles. Ellos tienden una fina telaraña y esperan que la presa entre en el juego.

Ignatieff cierra el artículo con una obviedad que no por repetida deja de ser necesaria. Al Zarqawi quiere que los norteamericanos se vayan de Irak, pero no es ésa la única victoria a la que aspira. Cree que saldrá ganando con independencia de la decisión que adopten sus enemigos:

But his calculation is that either way, he cannot lose. If we remain (in Iraq), he has also bet -- and Abu Ghraib confirms how perceptive he was -- that we will help him drive us into ignominious defeat by becoming as barbarous as he is. He is trailing the videos as an ultimate kind of moral temptation, an ethical trap into which he is hoping we will fall. Everything is permitted, he is saying. If you wish to beat me, you will have to join me. Every terrorist hopes, ultimately, that his opponent will become his brother in infamy. If we succumb to this temptation, he will have won. He has, however, forgotten that the choice always remains ours, not his.