5.11.04

La espera

Si algo se respira ahora mismo en Israel y los territorios ocupados palestinos es incertidumbre. Todo está paralizado hasta que se produzca un desenlace en la agonía de Arafat. La última versión oficial que se ha hecho pública es que se encuentra entre la vida y la muerte, y que su coma no es irreversible.

Por respeto a su líder histórico, los palestinos no han dado ningún paso que dé a entender que la muerte de Arafat es sólo cuestión de días. Todo se hace con la máxima discreción, incluidos los contactos con los israelíes sobre el lugar de entierro. Ni siquiera se ha respondido a la provocación del ministro de Justicia, Yossi Lapid, que ha dicho que en Jerusalén sólo se entierra a reyes judíos, no a terroristas palestinos.

La estupidez de la declaración sólo se puede comparar a su inexactitud. En Jerusalén han sido sepultados reyes, héroes, científicos y poetas judíos. Y también delincuentes, prostitutas y criminales judíos. Allí, no exigen un certificado de penales para enterrar a la gente. Esta es la clase de declaraciones que el Ejército israelí preferiría evitar: sus planes descartan cualquier tipo de provocación que pueda encender aún más una situación ya de por sí explosiva.

La prensa palestina se ha limitado a ir publicando las distintas versiones oficiales sobre la salud de Arafat, con pocas especulaciones sobre el futuro. Los líderes sí han comenzado a tomar decisiones para evitar cualquier impresión de vacío de poder. El primer ministro, Abú Alá, ha recibido plenos poderes para encargarse de los asuntos financieros. Estamos ya en el fin del Ramadán y hay decenas de miles de sueldos de funcionarios palestinos por pagar. Unos 130.000, nada menos. No es problema, según una fuente del Ministerio de Finanzas citada por The Jerusalem Post:

"The president does not pay the salaries from his private bank account," he said. "Many people don't realize that things have changed in the Palestinian Authority over the past three years and that we have succeeded in implementing major financial reforms."

Es cierto que el Ministerio se ha modernizado en los últimos tres años, pero todos los que conocen el uso selectivo que Arafat ha hecho de los fondos palestinos para premiar a sus leales tienen motivos para sospechar.

Ahora son momentos de unidad entre los palestinos con el fin de atravesar sin convulsiones este difícil momento. Las rivalidades no han desaparecido. Habrá que ver cómo la opinión pública acepta el escenario de sucesión que se está preparando. Todo parece indicar que se intentará llevar a cabo un relevo natural en las instituciones.

Abú Mazen se convertirá en el líder de la OLP y de Fatah. Abú Alá dirigirá el Gobierno de la Autoridad Palestina. La vieja guardia se repartirá los cargos. Veremos qué opinan de ello los dirigentes de la siguiente generación, los que dirigieron la primera intifada y ahora tienen en torno a 40 años.

Veremos también a quién obedecen las fuerzas de seguridad y el grupo armado más cercano a Fatah, las Brigadas de Mártires de Al Aqsa. Abú Mazen ha dicho en varias ocasiones que considera un grave error lo que ha llamado la militarización de la intifada. Cree que los palestinos deben dar prioridad a la lucha política y renunciar a métodos de lucha inmorales como los atentados suicidas contra civiles israelíes.

Dos periódicos israelíes se han unido a la confusión con la información (o intoxicación) de que un dirigente histórico de la OLP, Faruk Kadumi, aspira a suceder a Arafat. Kadumi ha sido durante años jefe del departamento político de la OLP, una especie de ministro de Exteriores sin poder real. Kadumi no volvió a Gaza o Cisjordania porque se negó a aceptar los acuerdos de Oslo. Es poco probable que este viejo dinosaurio tenga algo que decir entre los palestinos.

Es indudable que la intifada lleva dando signos de agotamiento desde hace tiempo. Ya ocurrió lo mismo en la primera intifada. En 1992, un año antes del inicio del proceso de paz de Oslo, los ataques contra el Ejército y los colonos israelíes se hacían más esporádicos y la población, sin rendirse, dejaba claro que había un límite para mantener la misma intensidad en la lucha. La historia de la lucha contra la ocupación israelí ha alternado entre épocas de máxima violencia y de relativa calma.

Abú Mazen pensaba que había llegado el momento de dar un giro a la intifada para hacer posible las negociaciones con Israel desde una posición más fuerte políticamente, aquella que no se basa tan sólo en la punta de un fusil. Entonces fracasó, porque Arafat y Sharon, por distintas razones, se ocuparon de impedirlo. Ahora un estallido de violencia tras la muerte de Arafat puede volver a impedir que prosperen sus ideas.