16.10.04

Todo estaba decidido

A la hora de recomponer las piezas del mecano que hizo posible la invasión de Irak, hay una serie de libros, algunos ya publicados en España, que facilitan pistas interesantes.

Richard Clarke ("Contra todos los enemigos") ha escrito que Bush le pidió el día después del 11S que investigara si Sadam había estado implicado en los atentados. Lo hizo en los términos más rotundos, y a pesar de la incredulidad mostrada por su interlocutor.

Bob Woodward ("Plan de ataque") apunta la misma idea y echa mano de la orden de Bush a Rumsfeld, diez días después del 11S, para que actualizara los planes de guerra en Irak. El ex secretario del Tesoro, Paul O'Neill, contó a Ron Suskind ("El precio de la lealtad") que pensaba que Bush ya tenía tomada la decisión cuando llegó a la Casa Blanca.

Ahora leo en un perfil de Bush publicado en The New Yorker ("Remember The Alamo", de Nicholas Lemann), unos comentarios de otro alto cargo de la Administración de Bush (al menos, hasta junio de 2003) que no dejan de sorprenderme.

Respecto a las fechas, hay que recordar que el primer momento en que el mundo tuvo la constatación clara y nítida de que Bush había iniciado el camino hacia la guerra fue su discurso en la ONU del 12 de septiembre del 2002. Su ultimátum a Naciones Unidas, con la advertencia incluida de que si no se unía al cerco a Sadam terminaría siendo "irrelevante", desencadenó la resolución que aprobó la vuelta de los inspectores de la ONU.

Unas semanas antes, en agosto, Cheney había pronunciado un duro discurso. El vicepresidente describió en términos sombríos la amenaza de Sadam y, aún más importante, anunció que el regreso de los inspectores sería algo irrelevante o, incluso, contraproducente.

Para escribir el artículo de The New Yorker, Lemann habló con Richard Haas, que era por entonces el número tres del Departamento de Estado y uno de los asesores clave de Colin Powell. Haas le cuenta que antes del verano, en junio, fue a hablar con Condoleezza Rice para mostrarle sus dudas sobre la opción de la guerra. Haas dice que abandonó la reunión con la sensación de que ya no había vuelta atrás.

Por eso, no mucho tiempo después, Powell llegó en agosto a la conclusión de que su única posibilidad de intervenir residía en influir en la decisión de cómo ir a la guerra (con o sin resoluciones de Naciones Unidas), pero sin ninguna posibilidad de impedirla.

¿Y por qué era tan importante invadir Irak? En su momento, se manejaron varias justificaciones, algunas de las cuales, como sabemos, han ido perdiendo valor o se han adaptado a las circunstancias para que no perjudiquen las opciones de reelección de Bush. De ahí que resulte tan singular la respuesta de Richard Haas cuando el periodista le pregunta por qué cree que Bush decidió ir a la guerra:

"Me iré a la tumba sin saberlo", dice Haas. "No puedo responderle. No me puedo explicar la obsesión estratégica con Irak, por qué este asunto se colocó en el primer puesto de la lista de prioridades de la gente. No me puedo explicar por qué tanta gente pensó que era algo tan importante. Pero si existía una razón oculta, la única que escuché casi siempre fue que necesitábamos cambiar el panorama geopolítico tras el 11S. La gente quería demostrar que nosotros podemos dar, y no sólo recibir. No somos un gigante indefenso y vulnerable. Podemos jugar al ataque, además de a la defensiva. Oí esas razones a algunas personas.

Es cierto que algunos dijeron que era suficiente con Afganistán. Ahí hay dos condicionales. Uno, qué habría pasado si no hubiera habido un 11S, ¿habría ocurrido? (la invasión). Creo que las apuestas están ligeramente en contra, incluso aunque algunos lo habrían apoyado. Dos, qué habría pasado si no hubiera habido armas de destrucción masiva (en Irak). Diría que no (hubiera habido invasión). Pero la presión (para invadir Irak) existía antes del 11S. Lo que hizo el 11S fue cambiar la atmósfera bajo la cual se tomaban las decisiones. El único argumento serio en favor de la guerra eran las armas de destrucción masiva".


Ni siquiera en el Departamento de Estado, la gente de Colin Powell sabía exactamente por qué su presidente decidió invadir Irak, y, entre otras cosas, por qué lo hizo sin planificar el día después del derrocamiento de Sadam, confiándolo todo a un escenario irreal de fantasía que, como era de esperar, no se ha cumplido.

Los comentarios de Haas revelan que nunca importó demasiado la respuesta de la comunidad internacional o del propio régimen iraquí. Las sospechas sobre el arsenal prohibido de Irak eran la excusa perfecta, dados los antecedentes del régimen de Sadam. Nunca se planteó la idea de que el mantenimiento de las sanciones podía ser suficiente para impedir que Sadam resucitara sus programas de armas prohibidas.

En sus mítines y declaraciones públicas, Bush siempre deja claro que el 11S lo cambió todo. No sabemos hasta qué punto. Invadir Afganistán y derrocar a los talibanes fue considerada la respuesta lógica al asesinato de 3.000 norteamericanos por un grupo terrorista aliado del régimen de Kabul.

Pero eso sólo había sido un ensayo. Las piezas del tablero ya estaban colocadas para hacer ver al mundo que había comenzado una nueva era.