7.10.04

Las armas que (no) existieron

Ahora es definitivo. Irak no tenía armas de destrucción masiva antes de su invasión por EEUU y sus aliados en marzo del 2003. Pocos meses después del fin de la guerra del Golfo de 1991, la mayor parte de su arsenal de armas prohibidas fue destruido. Algunas instalaciones secretas, como una fábrica para la producción de armas químicas, continuaron existiendo, aunque sin ser utilizadas, y fueron eliminadas en 1996. Cuando en 1998, los inspectores de la ONU se vieron obligados a abandonar el país, ya no quedaba nada por investigar.

Otra cosa ha quedado clara en el informe presentado por Charles Duelfer y encargado por la CIA. Sadam Hussein era una amenaza (todos los dictadores lo son, algunos más que otros), pero no una amenaza inminente para EEUU y Europa. El dictador iraquí nunca renunció a fabricar armas nucleares, químicas y biológicas. De hecho, confiaba en reanudar su producción cuando se levantaran las sanciones de la ONU. Y para conseguirlo, sobornó a empresas y, probablemente, políticos extranjeros para importar material prohibido por las resoluciones internacionales y para conseguir el fin de las sanciones.

En las condiciones en las que estuvo Irak a lo largo de los años noventa, ¿qué posibilidades tenía Sadam de reconstruir su arsenal? Como ha quedado claro una vez más, ninguna. ¿Qué posibilidades tenía de convencer a la comunidad internacional de que eliminara las sanciones? Probablemente, ninguna.

Veamos. ¿Por qué probablemente? Porque Francia y Rusia manifestaron en varias ocasiones que querían reformar el sistema de sanciones para reducir drásticamente el número de prohibiciones, por ejemplo para importar materiales de doble uso civil y militar. Porque también EEUU era consciente de que Sadam estaba utilizando a los iraquíes como rehén en sus relaciones con Occidente y era necesario continuar intentando adaptar las sanciones a la realidad de un país sumergido en una crisis humanitaria de terribles proporciones.

Sin embargo, el "probablemente" se desvanece si tenemos en cuenta que EEUU nunca habría levantado las sanciones hasta que Sadam hubiera desaparecido de la escena. No lo hizo con Clinton, no lo hizo con Bush, no lo hubiera hecho con Kerry. La realidad es que EEUU no tenía hacia Irak más política que el mantenimiento de las sanciones. No tenían otra alternativa. Las que se probaron, fomentar un golpe de Estado contra Sadam o una rebelión en el interior financiada por la CIA y protagonizada por kurdos y ex militares suníes, terminaron por fracasar en 1996. Un país como EEUU no suele cambiar de plan si no tiene una opción mejor que la sustituya. Y aquí no la tenían.

El dictador nunca perdió la esperanza y siguió jugando sus cartas, en forma de amenazas, sobornos y propaganda. Sus probabilidades de que franceses y rusos convencieran a Washington de acabar con las sanciones eran inexistentes.

Por mucho que le duela a la derecha norteamericana, ha quedado demostrado que las sanciones de la ONU funcionaron. Tuvieron un precio terrible para la población civil iraquí, pero funcionaron. Ese inmenso gigante burocrático con pies de plomo que es Naciones Unidas demostró que se puede contar con él para algo más que para poner vacunas a los niños del Tercer Mundo. Las sanciones sin la amenaza de emplear la fuerza no hubieran servido de mucho. Junto a la imposición de la zona de exclusión aérea y los frecuentes bombardeos, se convirtieron en un muro que Sadam no pudo derribar.

El sistema de sanciones funcionó, como demuestra este informe, y lo hizo a pesar de que tenía algunos agujerospor los que se colaron miles de millones de dólares:

Entre las revelaciones diplomáticamente más explosivas (del informe), está la de que Hussein estableció una red mundial de empresas y países, la mayoría de ellos, aliados de EEUU, que en secreto ayudaron a Irak a generar 11.000 millones de dólares en fondos ilegales y a localizar, financiar e importar servicios y tecnologías prohibidas. Entre los citados, hay funcionarios o empresas de Bielorrusia, China, Líbano, Francia, Indonesia, Jordania, Polonia, Rusia, Turquía, Siria, los Emiratos Arabes Unidos y Yemen.

La sorpresa no proviene del hecho de que se estuvieran violando las sanciones. Todo el mundo sabía que Turquía y Jordania, con el permiso de EEUU, estaban recibiendo petróleo iraquí con el que Sadam obtenía fondos fuera del control de la ONU. Lo que sorprende es la dimensión multimillonaria del engaño, que, muy probablemente, salpicará a algunos altos cargos de la ONU.

Otra sorpresa. Siempre se ha dicho que tras la guerra de 1991, Occidente descubrió horrorizado que Irak estaban mucho más cerca de conseguir la bomba nuclear de lo que se creía. El fracaso de los servicios de inteligencia en detectar esta amenaza influyó, doce años después, en la creencia de que Sadam había vuelto a conseguir su propósito. Pues tampoco.

(El informe) Ha descubierto, por ejemplo, que el programa iraquí de 1991 para fabricar un arma nuclear antes de la Guerra del Golfo estuvo lejos de tener éxito, y en absoluto le faltaban unos meses para producir un arma, como aseguró la Administración (norteamericana). Sólo consiguieron producir microgramos de uranio enriquecido y no habían completado ningún diseño del arma. La CIA y portavoces de la Administración han sostenido que quedaron sorprendidos por el nivel avanzado del programa nuclear iraquí anterior a 1991, descubierto después de la guerra, y por consiguiente, estaban más predispuestos a exagerar la capacidad iraquí en ausencia de pruebas sólidas.

No llegó tan lejos como se creía, pero es evidente que Sadam quería tener armas de destrucción masiva. No para atacar EEUU o Europa, sino quizá como factor de disuasión frente a Irán y para mantener su reputación en el mundo árabe. Por la razón que sea, pero quería tenerlas. Aunque desear tener algo no es sinónimo de tenerlo. Y por cada año que pasaba desde 1991, no importa cuántos millones obtuvo de forma fraudulenta, Sadam estaba cada vez más lejos de conseguir su propósito.

Como dice The Economist en su titular: Draw your own conclusions. El informe tiene la ¿virtud? de dar munición a los partidarios y opositores de la invasión de Irak. Cada uno puede escoger lo que quiera. Los mentirosos compulsivos, como Cheney, ya lo han hecho. No faltan quienes ya hablan de una gran conspiración de los medios de comunicación para ocultar la responsabilidad de Sadam y minar la posición de Bush. Algunos, como la sección de opinión de The Wall Street Journal (no confundir con el resto del periódico) ya incluyeron a la CIA en esa conspiración antiBush. ¿Qué tendrá la CIA que siempre está metida en todas?

O sea, como en épocas pasadas, o no tan pasadas, cuando la extrema izquierda alertaba de la gran conspiración con la que el Gran Capital (era con mayúsculas, ¿no?) gobernaba el mundo.

Pero hay un hecho irrefutable: las armas que nos prometieron que estaban escondidas en Irak, que suponían una amenaza inminente e intolerable y que nos llevaron a una guerra de la que aún pagamos las consecuencias, esas armas, no existían.


Informe sobre las armas de destrucción masiva de Irak de Charles Duelfer. Contenido íntegro.
Resumen del informe. 19 páginas.
Before and after the war. The Washington Post compara en un gráfico las conclusiones del informe y las declaraciones de los dirigentes del Gobierno de EEUU antes de la guerra.
¿Quién engañó a quién? Guerra Eterna.
La BBC, Blair y los 45 minutos. Guerra Eterna.