22.10.04

La ignorancia mata

Hace unos días, el telepredicador ultraconservador Pat Robertson sorprendió a algunos al recordar una conversación con Bush en la que éste le garantizó que no habría bajas norteamericanas en Irak. La Casa Blanca lo ha desmentido con rotundidad, tanta que han llegado a acusar a Robertson de mentiroso.

En una conversación privada entre dos hombres tan religiosos sólo Dios podría decir quién tiene razón, e incluso Él lo tendría difícil. Sin embargo, algunos datos de lo que ocurrió en Irak poco después del derrocamiento de Sadam nos permiten sacar algunas conclusiones sin necesidad de entrar en comunicación con el Todopoderoso.

En varios artículos de Michael Gordon aparecidos esta semana en The New York Times, han aparecido hechos y comentarios que nos revelan hasta qué punto estaban alejados de la realidad los líderes políticos y militares de EEUU. No es sólo que no se habían molestado en planificar la postguerra de Irak (cómo ganar la paz el día después de ganar la guerra), sino que lo desconocían todo del país y de la sociedad que, supongo que por arte de magia, iban a convertir en algo que nunca había sido en su historia: una democracia ejemplar que serviría de modelo para todo Oriente Medio.

A los pocos días del fin de los combates, el general Tommy Franks se presentó en Bagdad y, tras felicitar a sus hombres, les ordenó que prepararan un plan para empezar a hacer las maletas:

Huddling in a drawing room with his top commanders, General Franks told them it was time to make plans to leave. Combat forces should be prepared to start pulling out within 60 days if all went as expected, he said. By September, the more than 140,000 troops in Iraq could be down to little more than a division, about 30,000 troops.

Tanta confianza se basaba en dos supuestos que ya entonces parecían improbables, y que hoy nos parecen ridículos. El primero consistía en dar por seguro que los países europeos y árabes, los mismos que habían estado en contra de la invasión de Irak, iban a enviar sus tropas para colaborar en la reconstrucción del país. Y no se esperaba que llegara un puñado de soldados, al estilo de la simbólica aportación del Gobierno de Aznar. Confiaban en que sus aliados a la fuerza desplegaran cuatro divisiones, entre 50.000 y 60.000 soldados nada menos.

El segundo supuesto que no se materializó como esperaba la Casa Blanca consistía en disfrutar de un apoyo completo de la sociedad iraquí a los planes norteamericanos. Los iraquíes pasaron demasiado pronto del inmenso alivio por haberse deshecho del tirano a la exigencia, casi irreal, de tener resueltos todos los problemas que acosan a las naciones que despiertan de una larga pesadilla. Se suponía que los iraquíes tenían que renunciar a su soberanía a cambio de paro, inseguridad y pobreza. Es fácil acusarles de no tener paciencia. Pocas naciones en su situación suelen tenerla, y menos en Oriente Medio, donde décadas de represión y propaganda han producido sociedades incapaces de asumir su triste realidad.

Por último, Irak se convirtió en el mejor frente de guerra para algunas organizaciones terroristas dispuestas a continuar con el legado de Osama bin Laden. Ya no tenían el santuario de Afganistán, pero sí un campo de batalla en el que cumplir sus sueños de martirio.

La reconstrucción de Irak sólo podía ser una misión a largo plazo que sólo tendría posibilidades de triunfar si se colocaban unos cimientos sólidos. En pocas palabras, si se degradaba la situación, como así ha ocurrido, las soluciones de abril del 2003 ya no servirían si se ponían en práctica en abril del 2004, y así sucesivamente.

Como se puede deducir de las palabras del general Franks, no era ésa la intención de la Casa Blanca. Y para que no hubiera dudas, el Pentágono envió a Kuwait a uno de los principales asesores de Rumsfeld para informar a los nuevos administradores del país de las prioridades de Washington:

In mid-April, Lawrence Di Rita, one of Mr. Rumsfeld's closest aides, arrived in Kuwait to join the team assembled by General Garner, the civil administrator, which was to oversee post-Hussein Iraq. Mr. Bush had agreed in January that the Defense Department was to have authority for postwar Iraq. (...)

Speaking to Garner aides at their hotel headquarters in Kuwait, Mr. Di Rita outlined the Pentagon's vision, one that seemed to echo the themes in Mr. Rumsfeld's Feb. 14 address. According to Col. Paul Hughes of the Army, who was present at the session, Mr. Di Rita said the Pentagon was determined to avoid open-ended military commitments like those in Bosnia and Kosovo, and to withdraw the vast majority of the American forces in three to four months. (...)

Thomas E. White, then the secretary of the Army, said he had received similar guidance from Mr. Rumsfeld's office. "Our working budgetary assumption was that 90 days after completion of the operation, we would withdraw the first 50,000 and then every 30 days we'd take out another 50,000 until everybody was back," he recalled.

Cuando empezaron los problemas, la versión oficial explicó que siempre se estaba a un paso de solucionarlos. Primero se dijo que los iraquíes temían colaborar con la reconstrucción, porque no se creían que Sadam y el Baas no volverían a tomar el poder para ajustar las cuentas con aquellos que les habían traicionado. Se disolvió el Ejército y el partido Baas para demostrar que eran ya cosa del pasado, pero nada cambió.

Luego se dijo que eran los hijos de Sadam quienes estaban dirigiendo la resistencia y que ésta se componía de restos del régimen derrocado, de los odiados ex dirigentes del Baas. Por tanto, cuando fueran detenidos, la violencia se convertiría en algo marginal. Los hijos del dictador fueron eliminados, y nada cambió.

Luego, se dijo que la inestabilidad continuaría hasta que los militares encontraran el escondite de Sadam y acabaran con el mito del dictador indestructible. Lo capturaron y presentaron al mundo la imagen de un vagabundo aislado que ya no daba miedo a nadie. Sí, Sadam ya era historia, pero los problemas no acabaron.

Pasó el tiempo, el clima se enrareció en el triángulo suní, comenzaba a oler a plomo, y se hizo creer a la gente que los problemas se limitaban sólo a una zona del país, y que el resto del país era otra cosa. La milicia radical de Moqtada Al Sáder se levantó en armas y derrumbó el mito de un país pacificado.

Por último, y tras aceptar la evidencia de que ningún país quiere ser ocupado, se mantuvo que la clave estaba en devolver la soberanía a los iraquíes, al menos el control formal de la situación, sin que obviamente eso supusiera el fin de la ocupación. Se formó un Gobierno de transición y se entregó el poder a la figura política más favorable a los intereses de EEUU: Iyad Alawi, un shií laico muy alejado de los líderes religiosos iraquíes y muy cercano a la CIA, que continuaba financiando a su movimiento político. Y la situación no mejoró demasiado.

Ahora el mantra consiste en repetir lo cerca que estamos de las primeras elecciones democráticas de Irak. Con un Gobierno realmente representativo, serán los iraquíes los que dirijan su destino. Las encuestas dicen que los iraquíes han comenzado a perder las esperanzas en el actual Gobierno de Alawi y que son los partidos shiíes, muy influenciados por los ayatolás, los que recibirán la mayoría de los votos.

Puede que las elecciones no solucionen los problemas generados por la ignorancia de Washington, pero ya es demasiado para lamentarlo. No hay otra opción que seguir adelante, y no importa que el futuro sea cada vez más borroso. Aún no han inventado la forma de atrasar el reloj.

Bush tendrá que aceptar que, gracias a su intervención, Oriente Medio contará con otra república islámica, aunque no con el sello inconfundible del régimen iraní.

Irak ha demostrado que los que ignoran la realidad corren el riesgo de que ésta regrese para atizarles en la cabeza.

The Strategy to Secure Iraq Did Not Foresee a 2nd War. NYT 19 octubre 2004.
Poor Intelligence Misled Troops About Risk of Drawn-Out War. NYT 20 octubre 2004.
How Many Iraqis Are Dying? By One Count, 208 in a Week. NYT 18 octubre 2004.