11.10.04

Esperanza en Afganistán

Las elecciones de Afganistán han culminado con un éxito difícil de imaginar hace unos meses. Es cierto que no han sido perfectas, quizá ni siquiera libres o democráticas, pero se ha demostrado que cualquier pueblo del mundo está en condiciones de elegir a sus gobernantes, sin importar su religión, posición geográfica o pasado reciente.

En realidad, los comicios no han servido para superar ninguno de los obstáculos que afronta Afganistán. Eso es así, porque las elecciones no solucionan problemas. Sirven para elegir democráticamente gobernantes que cuenten con la legitimidad necesaria para intentar resolver esos problemas. La oposición armada de los talibanes, el cultivo masivo de opio y el poder de los señores de la guerra siguen estando ahí, a la espera de que un Gobierno afgano representativo tenga el poder suficiente como para buscar soluciones.

Las denuncias de la oposición se refieren a sospechas reales, pero han tenido que echarse atrás ante la contundente respuesta del pueblo afgano a las elecciones. Tenían hambre de libertad, y lo han demostrado. Tampoco hay que ser inocente. Las presiones del embajador norteamericano y del enviado de la Unión Europea han existido. Karzai es la alternativa de Occidente y ha recibido un apoyo decisivo a lo largo de su mandato.

Una de las razones del éxito de las elecciones es que han suscitado la participación de todos los grupos étnicos del país. Afganistán no tiene una historia de movimientos secesionistas, y sí una división social en la que muchas personas adjudican su lealtad, primero al grupo étnico al que pertenecen (pastunes, tayikos, hazaras o uzbekos), y después, al Estado afgano.

Los pastunes cuentan con Karzai en la presidencia, pero desconfían de un poder en el que muchos de los puestos claves han sido ocupados por tayikos desde la caída de los talibanes. Y sin embargo, los pastunes han estado en las urnas, convencidos de que un boicot sólo serviría para dejar el camino libre a sus adversarios.

Precisamente, eso es lo que está en peligro ahora en Irak. Los suníes han gobernado el país en los últimos cien años, y ahora temen verse superados por el potencial demográfico de los shiíes y la mejor organización política de los kurdos. La anarquía que se vive en las ciudades suníes (Faluya, Ramadi, Samarra...) pone en peligro la celebración de los comicios. Y sin una alta participación sunita en estos lugares, el nuevo Gobierno iraquí carecerá de legitimidad en amplias zonas del país, según el NYT:

Sunni participation is crucial to the election. While a Sunni boycott remains far from certain and some Sunni leaders still hold out hope for a turnaround, American officials fear that if large numbers of Sunnis do not vote, the election will be regarded as illegitimate and may even feed the insurgency that has gripped much of the country.