13.9.04

Tres años desde el 11S:
Cuaderno personal

Todo empezó hace tres años, el 11 de septiembre del 2001, y desde entonces nadie puede decir, y menos en España, que su vida no se ha visto afectada por los acontecimientos desencadenados por esos atentados. Desde entonces, he visitado algunos países que, por una razón u otra, tenían mucho que ver con lo que ocurrió entonces en Nueva York y con sus consecuencias. En los próximos días, intentaré contar lo que viví en esos sitios. Los periodistas son pésimos adivinos, pero son muy útiles a la hora de contar lo que han visto.

Santiago de Chile. Septiembre 2001:
Voy en taxi de camino a la redacción del diario El Mercurio. He venido a Chile durante unos meses para embarcarme, junto a otras personas, en un proyecto de renovación del periódico. En el peor de los casos, será tan sólo un rediseño. Con un poco de suerte, quizá consiga que abandonen un tipo de escritura que consiste en utilizar un lenguaje vagamente similar al de los políticos y muy alejado de la forma en que hablan y escriben las personas normales.

Es 11 de septiembre y mañana sale a la calle el nuevo diseño del periódico. En estos casos, los periodistas, incluidos los no creyentes, rezan con fervor para que haya una gran noticia. Un nuevo diseño siempre llama la atención, pero sin noticias de peso la primera página queda desnuda. Necesitamos que los lectores tengan los ojos muy abiertos cuando tengan mañana en sus manos el nuevo diario.

Son algo más de las nueve de la mañana y la radio del taxi cuenta que un avión se ha estrellado contra una de las torres gemelas. Bueno, pienso, al menos ya hay una foto para la primera página en honor del idiota que, a los mandos de una avioneta, no ha podido divisar uno de los edificios más altos del mundo.

Entro en la redacción, casi vacía, y a los pocos minutos me pongo delante de un televisor. Veo que una negra columna de humo sale de la parte superior del edificio atacado. Las bromas sobre la avioneta despistada dejan de tener gracia. Casi inmediatamente después, una inmensa bola de fuego envuelve a la segunda torre. Un avión de pasajeros ha penetrado en su interior como un misil lleno de seres humanos.

Supongo que los muertos se cuentan con miles, alguien dice que en esas torres trabajan unas 50.000 personas. No hay una sola nube en el cielo de Nueva York. Es como si se hubiera elegido el mejor día posible para que no nos perdiéramos ningún detalle. No puedo dejar de pensar que en ese momento tiene que haber decenas de millones de personas por todo el mundo, quizá más, haciendo lo mismo que yo: sentados sin pronunciar palabra delante de un televisor.

Siento lástima por los periodistas que, en la radio o la televisión, están informando en tiempo real sobre lo que está ocurriendo. ¿Qué puedes decir ante algo así?

A todos nos parecería intolerable que se retransmitieran en directo las ejecuciones. Ahora acabamos de ver el asesinato de miles de personas. Resulta imposible saber el efecto que tendrá en todos nosotros. Ni siquiera podemos imaginarnos el odio que deben de sentir los que han organizado esta matanza.

Nunca antes había habido tantos testigos de un asesinato masivo.

Los presentadores de la CNN apenas pueden contener los nervios. Informan de otra explosión en el Pentágono, quizá de un coche bomba. Más tarde, dicen que ha habido otro atentado contra el Departamento de Estado. Cuentan que hay muchos aviones con los que se ha perdido contacto desde tierra. Cualquiera de ellos puede estrellarse en cuestión de minutos. Wall Street, Estado, el Pentágono... supongo que ya no debe quedar nadie en la Casa Blanca o la CIA.

Pienso que alguien ha declarado la guerra a Estados Unidos.

Más tarde, me encuentro con Mario García, un norteamericano de origen cubano que es una de las estrellas internacionales del diseño de periódicos y que dirige la restauración de El Mercurio. Me cuenta que uno de sus equipos está trabajando en la sede de The Wall Street Journal, que se encuentra en un edificio del complejo del World Trade Center. Afortunadamente, todos han sido evacuados antes de que las torres se derrumben.

Mario me lee alguno de los emails que le han enviado para contarle que todos se han salvado. Su gente describe estampas aterradoras: han visto cómo muchas personas se lanzaron al vacío desde los pisos altos de las torres. Han caído por decenas.

Afganistán, noviembre 2001:
Un mes después de volver a España, hago las maletas para viajar a Afganistán. Por razones de vuelos y visados, antes tengo que pasar por Alemania y Tayikistán. Visito el muro de Berlín, que se ha convertido en un curioso anacronismo en mitad de Europa. En Tayikistán, descubro que he llegado a una zona del mundo en el que el reloj de la historia no se ha movido tan rápido.

En un parque de Dushanbé, descubro una estatua de Lenin sobre un gran pedestal. Lenin está apuntando con el brazo a algún punto, ¿el paraíso socialista quizá? ¿O apunta a Afganistán, donde los soviéticos impusieron una versión del paraíso que incluía la eliminación física de centenares de miles de personas? De las cenizas de este baño de sangre, surgió una milicia cuyo objetivo era imponer una teocracia medieval y homicida. Ahora nos toca pagar por los pecados de Lenin y de sus sucesores.

Entramos en Afganistán de noche, junto a otros 20 periodistas, atravesando en una barcaza el río Amu Darya. A un lado del río, son los soldados rusos los que protegen la frontera de Tayikistán. Parece que el imperio ruso se resiste a desaparecer. Al otro lado, están los milicianos de la Alianza del Norte, la coalición antitalibán que controla la zona noreste del país. Al desembarcar, se rompe una de las cuatro botellas de vodka que compré en Dushanbé. Sólo a mí se me ocurre entrar en el emirato islámico de Afganistán cargado de bebidas alcohólicas.

Ninguno de los milicianos se da cuenta. No tienen pinta de ser muy devotos, probablemente se las beberían todas.

Tardaremos cuatro días en llegar a Kabul. Una semana antes, los talibanes han entregado el control de la mayor parte del país, excepto del sur, y han huido de la capital. En Taloqan, formamos un convoy con otros periodistas. A la salida de la ciudad, nuestro coche se retrasa un poco y un soldado nos exige dinero, pero el conductor es un antiguo soldado de la Alianza y debe considerar demasiado humillante andar repartiendo sobornos a viejos compañeros de milicia. Sin dirigirse a nosotros para que soltemos algunos dólares, pisa el acelerador y el soldado dispara un tiro al aire.

Lo curioso, si se puede utilizar esta palabra, es que ese mismo tipo estaba una hora antes vigilando la entrada del Gobierno local, donde los periodistas habíamos estado haciendo los últimos trámites. La cosa funciona así. Los mismos que te dan permiso para continuar el viaje, y te ponen una escuálida escolta con un par de soldados armados, intentan sablearte a golpe de fusil al abandonar Taloqan. Y se supone que éstos son los buenos.

Atravesamos el valle del Panshir, un lugar bellísimo. Aquí el general Massud resistió durante años el acoso de los soviéticos. Se cuenta que en una ocasión llegó a evacuar a sus 40.000 habitantes y a esconderlos en las cuevas del valle, justo antes de una ofensiva del Ejército. Dos días antes del 11 de septiembre, dos miembros de Al Qaeda, que se hacían pasar por periodistas, mataron a Massud en un atentado suicida. Pasamos junto a su tumba, cuyo panteón aún está en construcción. Sus guardianes no nos dejan tomar imágenes, pero tienen el detalle de dejarme firmar una dedicatoria en el libro de visitas. No era eso lo que tenía pensado hacer, pero, como Massud es casi una figura sagrada para ellos, digamos que no tengo corazón para negarme.

Massud pasó años intentando convencer a Europa y EEUU de que los talibanes habían formado una alianza con Osama bin Laden, y que no iban a ser sólo los afganos los que sufrirían las consecuencias. Ya es un poco tarde para agradecérselo.

En Kabul, descubro que el odio no es tan contagioso como solemos creer. Es cierto que los talibanes, la mayoría son pastunes del sur del país, se sentían extranjeros en la capital de su propio país. Pero habían pasado años intentando inocular a sus habitantes, básicamente por la fuerza, el odio a todo aquello que no fuera una visión rigorista de su religión. Y eso incluía a los extranjeros.

Sin embargo, no aprecio en la gente miradas de desprecio hacia nosotros. Un equipo de una televisión extranjera lo tiene difícil para pasar desapercibido, aún más si uno de sus integrantes es una mujer que, evidentemente, no viaja con burka. La mayoría de la gente no ha visto a un extranjero, a un infiel, desde hace casi diez años. Se acercan a nosotros con curiosidad, aunque sólo sea para vernos escribir en una libreta.

Un joven ha intentado robarnos una mochila del coche, y sin saber muy bien por qué, termino en la comisaría, que sólo es un piso deshabitado con una mesa y dos sillas. El jefe del puesto, se hace llamar coronel, me ha convocado porque quiere que el extranjero compruebe que él sabe hacer bien su trabajo. Ordena que le traigan al ladrón y, sin mediar palabra, comienza a golpearle.

Menos mal que el ladrón cae pronto al suelo y estamos demasiado cerca del coronel como para que tenga sitio para patearlo. Se tiene que conformar con agarrarle del cuello. Consigo hacerle entender que ya es suficiente, mientras no dejo de mirarle la mano, en la que se ha quedado parte de la barba del ladrón. Calculo que los nuevos líderes del país deberán pensar qué hacer con gente como él: mantenerlo en la policía o dejarlo en la calle. Ninguna de las dos alternativas carece de riesgos.

Los afganos han vivido en el más absoluto aislamiento durante años. No saben exactamente qué es lo que ocurrió en Nueva York en septiembre, desde luego no han visto ninguna imagen de la destrucción de las torres. La última guerra sólo ha sido una más, y no la más terrible para los habitantes de Kabul. Fue mucho peor en 1992, cuando los muyahidines, vencedores contra los soviéticos, se enzarzaron en una guerra civil que destruyó barrios enteros de la ciudad.

Cuando los talibanes huyeron de Kabul, las televisiones de todo el planeta emitieron las primeras imágenes de afganos afeitándose la barba y de mujeres quitándose el burka. Era una forma de celebrar el fin de la dictadura talibán. En Kabul, sí compruebo que las peluquerías habían recuperado parte de su clientela, pero las mujeres en realidad no han cambiado de vestuario. Todas siguen llevando el burka y viendo el mundo exterior a través de una estrecha rejilla. Hay símbolos que perduran más tiempo del que los periodistas creen.

Sólo en Microrayon, un barrio de clase media que el Gobierno prosoviético construyó para dar viviendas a los funcionarios y a la incipiente clase media, encuentro mujeres que no tienen inconveniente en descubrirse para hablar ante la cámara. Siempre que estén cerca de sus casas.

Dentro de las viviendas, hablo con mujeres que continuaron trabajando durante la larga noche de los talibanes. Daban clase a niñas o montaban talleres de costura para otras mujeres. Estas actividades tan sencillas, y discretas, las colocaban en el punto de mira de los gobernantes. Algunas se salvaron de las represalias gracias a la comprensión de algún dirigente local algo menos brutal que sus líderes. Son un ejemplo más de que confiar en que una población sometida se rebele contra una dictadura es una quimera muy extendida en Occidente. A su manera, esas mujeres son héroes, pero héroes cuya única vocación es la de sobrevivir.

En una mezquita de Kabul, me reúno con un mulá que ha sido elegido democráticamente por los vecinos del barrio. Parece un personaje irreal en un país en el que los religiosos se han reservado el derecho de gobernar, a pesar de su manifiesta incapacidad para hacerlo. En realidad, no es así. Hubo un tiempo en que los mulás afganos sólo tenían como función educar a los niños y dirigir los rezos. Si los padres de los alumnos no estaban satisfechos con la educación que recibían sus hijos, le quitaban el puesto o lo echaban a patadas del pueblo.

Muley Abdul me explica que las mujeres tiene derecho a estudiar y a trabajar, porque el Corán dice que el conocimiento debe estar al alcance de todos. Desgraciadamente, en otras zonas del país los mulás no son como Muley Abdul. Muchas décadas antes de la llegada de los talibanes, los pastunes, que son mayoría en el sur y este de Afganistán y en el oeste de Pakistán, habían crecido con un código que incluía el burka, la necesidad de lavar las ofensas al honor con sangre y la desconfianza hacia los extranjeros. Esta intolerancia no desaparecerá con la huida de los talibanes.

Los afganos se han pasado siglos sufriendo invasiones (su país siempre ha sido cruce de caminos comerciales y frontera de imperios cercanos) y repeliéndolas con una incansable ferocidad. Pero esta vez es diferente. Todas las personas con las que hablo en Kabul piden que los países occidentales envíen tropas para dar seguridad al país. Están dispuestos a poner en conserva durante un tiempo su soberanía. Sus líderes combatieron valerosamente contra los soviéticos, pero luego, en vez de la paz, sólo les ofrecieron una década de guerras civiles.

Estados Unidos sólo está interesada en escarbar en las montañas de Tora Bora para encontrar a Osama bin Laden y, para eso, ncesita el apoyo de los señores de la guerra. Los países europeos olfatean el peligro y prefieren que sus tropas se queden en Kabul y alrededores. No conviene correr riesgos: aquí mordieron el polvo los británicos y los rusos, y los norteamericanos se limitaron a bombardear desde el aire y gastarse un dinero en sobornar a los líderes locales para que cambiaran de bando.

Nueva York ha pagado un precio terrible porque Occidente pensó en 1989 que, expulsados los soviéticos de Afganistán, sus reponsabilidades habían terminado. El país terminó anegado en sangre. Los talibanes se convirtieron en un virus que terminó con la enfermedad y que luego estuvo a punto de acabar con el paciente.

La guerra de Afganistán ha terminado tan rápido que es posible que muera más gente en la postguerra. Cuando salgo del país, los norteamericanos todavía no han encontrado a bin Laden. Probablemente, esté ya escondido en Pakistán. La guerra que se inició en Manhattan no ha terminado aún y quizá nos acompañe hasta el final de nuestras vidas.

Mañana:
Jerusalén/Belén, abril 2002.