6.8.04

The New Yorker


Los partidarios del periodismo inteligente (a veces, pienso que son minoría en España) tienen un motivo para estar contentos. La revista The New Yorker ha superado en los primeros seis meses de este año la barrera del millón de ejemplares vendidos. Para ser exactos, 1.003.256. Y además, gana dinero, un detalle no muy habitual en su historia reciente. Hace dos años, entró en beneficios después de pasar los últimos veinte años soportando unas pérdidas gigantescas.

Sus lectores están contentos. El porcentaje de personas que renuevan su suscripción ha sido este año del 82%. Las revistas norteamericanas suelen tener una tasa de fidelidad de sus suscriptores inferior al 50%.

Y no, no lo ha hecho dando por supuesto que sus lectores son estúpidos y bajando el nivel de sus contenidos hasta dejarlos al nivel que un analfabeto funcional consideraría admisible. Nada de tetas, cotilleos, artículos sobre Jennifer Lopez, famoseo en general o personajes patéticos de los realities de TV (de esto también hay mucho en EEUU).

El caso de The New Yorker entra dentro de la categoría, no demasiado extensa, de efectos positivos del 11S. Los responsables de la redacción llegaron a la conclusión de que su público tenía una auténtica necesidad de saber cómo había podido ocurrir una matanza de tales dimensiones. Sus periodistas no se limitaron a asistir a las conferencias de prensa de la Casa Blanca o de los políticos de la oposición. Viajaron por medio mundo para intentar entender el origen de ese odio y saber si iban a funcionar las recetas tradicionales cuando el país se enfrentara a la tarea de luchar contra ese tipo de terrorismo.

Evidentemente, no escucharon a los demagogos que decían que no había que preguntarse por las razones de los terroristas ni bucear en los agujeros de los que habían salido. No eran el tipo de gente que pueda tragarse esa estupidez simplista que tanto éxito ha tenido en nuestro país que dice que los terroristas matan sencillamente cuando pueden. Parece que no se sentían liberados de eso que llaman la funesta manía de pensar.

Luego, llegó la guerra de Irak y la cuestión provocó momentos de duda cuando su punto de vista crítico quedó algo atenuado ante la disyuntiva de eliminar, o no, a una de las peores dictaduras de la historia de Oriente Medio. El director del revista, David Remnick, se declaró públicamente a favor de la guerra en un artículo de opinión firmado por él mismo. Pero eso no hizo que toda la cobertura de la revista quedara contaminada por esta declaración de principios, aunque sectores progresistas de EEUU llegaron a denunciar que The New Yorker se había vendido a la Casa Blanca.

Pero estar a favor de la guerra no les liberó de su obligación de seguir trabajando. Después del fin de la guerra, descubrieron, como muchos otros, que la guerra en realidad no había terminado y describieron con detalle el estado calamitoso en que se encontraba Irak bajo la ocupación norteamericana. Uno de sus reporteros, Seymour Hersh, descubrió que el Ejército estaba investigando los abusos y torturas que se estaban cometiendo en la prisión de Abu Gharib. E hizo algo terrible: lo contó. A partir de ese momento, resultó imposible que los militares enterraran el escándalo o lo hicieran público años después.

No todo el contenido de The New Yorker está disponible en Internet para los que no son suscriptores. De entre lo que sí está abierto, esta semana se puede celebrar el millón de lectores con un artículo del director sobre la convención demócrata: Conventional Warfare.

Antes de analizar la convención y el discurso final de Kerry, David Remnick deja claro hasta dónde llega su indignación con el actual presidente de su país:

Hay un asunto que tratar que apenas tiene que ver con lo elocuente o efectivo que estuviera John Kerry en la Convención Nacional Demócrata de la semana pasada. Lo que es mucho más importante es el hecho de que George W. Bush es el peor presidente que el país ha soportado desde Richard Nixon, y que incluso la mediocridad sería un avance. De hecho, si se consideran los pecados de la Administración de Bush, su manipulación de los servicios de inteligencia en un momento de crisis, su grotesca benevolencia con los ricos a expensas del resto de la gente, su arrogante disolución del prestigio y la influencia de EEUU en el extranjero, o su derroche negligente de los recursos naturales, se ve que son peores que el robo de medio pelo y el encubrimiento de segunda división de hace 30 años (Watergate), y por tanto, el presidente Bush sólo queda a la altura de gente como Harding, Fillmore, Pierce y Buchanan.

Evidentemente, Remnick se refiere aquí a presidentes de la historia de EEUU que no cotizan muy alto en el ranking de los mejores. Pero no sabemos si alguno de ellos es un ex alcohólico que no hizo nada digno en su vida hasta que cumplió 40 años y que después hundió, como presidente, el prestigio de su país hasta simas desconocidas gracias a una guerra vendida con mentiras.

No sé si Bush ganará o perderá las elecciones, pero lo que sí está claro es que ya no va a engañar a la revista The New Yorker. Un millón de lectores tendrán la oportunidad de comprobarlo.