28.8.04

Mirando a Suráfrica

Las personas interesadas en la guerra entre israelíes y palestinos suelen prestar mucha atención a las declaraciones de los políticos y a los estallidos de violencia. Más les valdría seguir con más interés los proyectos de construcción de viviendas y carreteras en los territorios ocupados. Los desplazamientos de las excavadoras han creado sobre el terreno consecuencias más duraderas que miles de horas de negociaciones políticas.

El abogado israelí Daniel Seidemann nos recuerda en The Washington Post que una letra y un número, E-1, son suficientes como para hacer imposible que en el futuro pueda haber un Estado palestino viable, es decir en el que haya una continuidad geográfica real entre la zona norte y la zona sur de Cisjordania.

E-1 es el proyecto de expansión de Jerusalén hacia el Este, hasta conectar con el asentamiento de Maleh Adumim (31.000 habitantes) en la carretera que se prolonga hasta la zona de Jericó y el Mar Muerto. El plan cortará Cisjordania en dos, separándola en dos cantones sin conexión entre ambos. ¿Por qué está sucediendo esto ahora?:

No hay nada nuevo en el plan E-1; ha estado en los proyectos de planificación durante una década. Hasta ahora, los sucesivos Gobiernos de EEUU habían dejado claro que E-1 era el típico acto unilateral que condicionaba el resultado final (de unas negociaciones entre israelíes y palestinos). Por tanto, no se toleraba su aplicación. El destino de E-1 debía decidirse en la mesa de negociaciones, no por las excavadoras.

Hasta ahora. Ya han comenzado los trabajos de infraestructura y los planes de construcción están en marcha, a sólo unos meses de que comiencen. Y Jerusalén (el Gobierno israelí) está interpretando los mensajes que recibe de Washington, en fondo y forma, como una luz verde para seguir adelante.


Desde 1967, la alianza entre Israel y EEUU no ha impedido que los Gobiernos norteamericanos aplicaran una, casi siempre discreta, presión para que proyectos como E-1 no se llevaran a la práctica. Al menos formalmente, Washington nunca ha reconocido ningún tipo de soberanía israelí sobre los territorios ocupados, y eso incluye Jerusalén. Por eso, la embajada de EEUU en Israel continúa estando en Tel Aviv.

La cercanía de las elecciones presidenciales norteamericanas y la incertidumbre por su resultado han llevado a Bush a soltar todos los frenos. Ni siquiera se intenta disimular apelando a la Hoja de Ruta, vulnerada por la última decisión de Sharon de permitir la construcción de mil viviendas para israelíes en Cisjordania.

Según el corresponsal diplomático de Haaretz, Akiva Eldar, la embajada israelí en Washington ha contado a su Gobierno que la gente de Bush está realmente preocupada por el resultado electoral y que las únicas buenas noticias que ha recibido en las últimas semanas proceden de la comunidad judía norteamericana. Las organizaciones judías predicen que Bush doblara su respaldo electoral entre los judíos, del 18% al 35%. Ese aumento no será relevante en todo el país, pero sí en algunos Estados. Uno de ellos es, una vez más, Florida.

Aunque suene a evidente y repetido, no conviene olvidar que el derecho internacional obliga a todo el mundo, a dictaduras y democracias. La misma legalidad internacional que permitió la creación del Estado de Israel es la que ahora está siendo vulnerada. Bush cree que no está obligado a defender esa legalidad en periodo preelectoral. El diario conservador británico Financial Times, en un editorial, no es tan cínico:

La decisión de Ariel Sharon de aprobar una nueva expansión de asentamientos en la Cisjordania ocupada es una muestra más de la intención de su Gobierno de impedir la posibilidad de un Estado palestino viable en los territorios que Israel conquistó en la Guerra de los Seis Días de 1967. Aunque no sorprende, la decisión del Gobierno de Bush de dar luz verde o ámbar a esta nueva violación del derecho internacional es provocadora e irresponsable.

¿Cuál será la consecuencia directa de la ampliación de estos asentamientos y de proyectos como E-1? Evidentemente, la continuación de la guerra, si los palestinos no aceptan un Estado compuesto por una serie de cantones aislados, (quizá conectados por puentes y túneles), y separados por los asentamientos y las carreteras que los conectan.

Pero es posible que aunque los palestinos no transijan, en la práctica se vean obligados a gestionar estos pequeños "Estados", siempre claro está que la Unión Europea, el Banco Mundial y las agencias de la ONU (para esto, Sharon sí está dispuesto a contar con la comunidad internacional) financien la supervivencia económica de estas zonas, y de las que Israel se desentendería. Excepto, cuando necesitara responder a la resistencia armada con tanques y aviones.

Esto fue lo que hizo el Gobierno de Suráfrica cuando creó los bantustanes y concedió una ficticia soberanía a la mayoría negra del país en unos pequeños enclaves aislados entre sí. Según Henry Siegman (académico del prestigioso Council on Foreign Relations), esa política fue precisamente la que definía el carácter racista del apartheid. La violación de los derechos humanos de la población negra no era muy diferente a la que sufrían otras poblaciones del continente africano de esa época. Pero la formación de los bantustanes fue la constatación legal de la auténtica naturaleza del régimen surafricano. Y ése es el riesgo que corre ahora Israel:

Es toda una ironía de la historia el que el pueblo judío, que ha participado en las luchas por los derechos humanos universales y las libertades civiles por todo el mundo, y que cree que el derecho de los judíos a regresar a Palestina era coherente con estos valores, esté apoyando ahora la política de un Gobierno derechista israelí que corre el peligro de convertir el Estado judío en una empresa racista. Porque si Sharon, con el apoyo de los israelíes, la comunidad judía mundial y EEUU, compensa su retirada de Gaza con una presencia israelí en Cisjordania imposible de alterar, la consecuencia de su política será a buen seguro una empresa racista.

Palabras duras de Henry Siegman. Entre sus anteriores ocupaciones se incluyen la de haber sido dirigente de dos organizaciones judías norteamericanas, el American Jewish Congress y Consejo de Sinagogas de América.

Hasta ahora, la comunidad judía norteamericana ha defendido muchos decisiones polémicas de los Gobiernos israelíes con el argumento del derecho de Israel a defenderse de las amenazas a su existencia. Es un derecho que asiste a todos los países del mundo. Pero algunos ya no tienen estómago para afirmar que el apartheid de Suráfrica es la única medicina posible contra el terrorismo. Más bien parece lo contrario.