3.8.04

El crimen en horario de máxima audiencia

Llega agosto, vuelvo al trabajo y una de las primeras imágenes que veo en los monitores de TV es la de un camionero turco arrodillado junto a un hombre que le apunta a la cabeza con una pistola. Segundos después, el secuestrador dispara y mata al rehén, aunque las cadenas de TV nos ahorran ese momento y congelan la imagen.

La imagen se ha convertido en una reiteración. Semanas atrás, eran occidentales y asiáticos las víctimas de los secuestros en Irak. Ahora, también hay musulmanes entre los objetivos. Lo que no cambia es la grabación del asesinato. Si Al Jazeera se muestra reticente a difundir las imágenes completas, siempre queda alguna web desconocida que las hace circular por todo el mundo. En el momento en que las grandes agencias las colocan en sus envíos diarios, están disponibles para su emisión en cualquier televisión del planeta. La decisión de emitirlas queda a criterio de cada canal.

Are terrorists hijacking the news? se preguntaba hace dos semanas en el San Francisco Chronicle Richard Eisendorf. La pregunta, como mínimo, requiere una reflexión, más allá de si se deben emitir todas las imágenes o editarlas para eliminar los instantes más terribles. ¿Están colaborando involuntariamente los periodistas con los secuestradores? Eisendorf está convencido de que sí lo están haciendo:

"Los secuestros actuales llegan con un giro añadido. Se ven acompañados de una macabra y bien preparada campaña de relaciones públicas, cuidadosamente orquestada para propagar el miedo, con el objetivo de persuadir a los líderes de los países para que salgan de Irak.

Los medios de comunicación de todo el mundo recogen cada palabra de los secuestradores, amplifican su mensaje y les entregan una victoria mucho mayor que el impacto directo de su brutal acto".


Esto último es indudablemente cierto. Si ese camionero hubiera sido asesinado en una emboscada en la carretera, lo que siempre plantea menos dificultades técnicas que un secuestro, su repercusión en los medios de comunicación españoles, por ejemplo, sería muy reducida o casi inexistente. Sería una cifra más en la larga lista de muertes violentas en Irak. Es probable que ni siquiera hubiera imágenes, aunque sólo fuera del lugar de la emboscada.

Con el secuestro, y las imágenes del rehén amordazado, el anuncio de su inminente ejecución y el asesinato posterior, los secuestradores se garantizan tiempo de antena. Casi nadie se resiste a no dar esas imágenes. Es una noticia, tiene lugar en un país del que dependen muchas cosas importantes y la imagen es espectacular. No es agradable, como no lo son las imágenes de incendios, inundaciones y otras catástrofes de origen humano o natural, pero es espectacular, porque hace que el espectador reaccione. Con horror.

Eisendorf cree que la atención periodística ha sustituido a las negociaciones como la recompensa a la que aspiran los secuestradores. La cobertura de estos crímenes provoca la realización de nuevos secuestros, para los que hay muchos candidatos disponibles.

Siempre he pensado que los que dicen que si no se informara del terrorismo, los terroristas terminarían por desaparecer son una banda de idiotas indocumentados. Lo único que ocurriría sería que los atentados aumentarían en número y gravedad. Pero tampoco se puede negar la evidencia en el caso de Irak, que nos dice que las imágenes de los secuestros están siendo utilizados para influir en la opinión pública internacional.

Ocultar una noticia nunca es una alternativa razonable para los periodistas. Sin embargo, mostrarla por completo, incluidas en este caso las imágenes, no tiene por qué ser la única alternativa deseable. Por eso, algunos opinan que si hay que darlas, si de verdad es imprescindible emitirlas, debería hacerse sin cortes y mostrar todo el horror de ver a un rehén degollado o con un tiro en la cabeza.

Pero hemos eliminado los momentos más atroces y así pensamos que ahorramos al espectador lo peor. Y pensamos que así acallamos nuestra conciencia o nuestro sentido del buen gusto. No es suficiente.