21.8.04

El banco de la intolerancia

Me contaba hace unos días Juan A. Hervada en uno de los comentarios del blog que para encontrar los ancestros ideológicos de Al Qaeda, hay que buscar la larga mano de los Hermanos Musulmanes y no le falta razón. Pero creo que la conexión saudí va más allá de la nacionalidad de muchos de los militantes de la organización de Osama Bin Laden y del origen de la mayor parte de sus fondos. La explosión integrista saudí se remonta a muchos atrás, incluso antes de la invasión soviética de Afganistán y de la euforia que provocó en todo el mundo islámico la victoria de los mujaidines sobre los rusos.

Desde principios de los años sesenta, y en especial desde 1973, Arabia Saudí ha ido convirtiéndose en el principal centro propulsor de la visión más integrista y anacrónica del Islam. En un primer momento, tímidamente y a través de socios; después, sin necesidad de intermediarios y con un talonario inagotable.

Hace 40 años, los saudíes tenían medios limitados y, de hecho, tuvieron que contar con los imanes y profesores egipcios que pertenecían a los Hermanos Musulmanes para hacer frente al nacionalismo árabe y laico de Nasser. A partir de 1973, y con los gigantescos ingresos del petróleo, Riad pudo organizar su propia legión islámica y extender su influencia, primero por Oriente Medio, luego por el resto del mundo islámico y, finalmente, por los países occidentales.

Una serie de cifras aparecidas en un reciente artículo de The Washington Post revelan hasta dónde puede llegar su influencia:

Entre 1973 y 1993, Arabia Saudí financió la construcción de 1.500 mezquitas, 2.000 colegios para niños y 200 universidades islámicas en países que no son musulmanes.

En 1984, Riad financió con 130 millones de dólares la construcción de una imprenta para hacer traducciones del Corán aprobadas por los líderes religiosos saudíes. En el año 2000, los saudíes habían exportado ya 138 millones de ejemplares del Corán.

El Ministerio de Asuntos Islámicos paga en el extranjero los salarios de 3.884 misioneros e imanes, mientras que las 77 embajadas saudíes tienen 650 diplomáticos. El presupuesto anual del Ministerio es de 530 millones de dólares. Una organización islámica financiada por el Gobierno y presidida por el ministro, Al Haramain, tiene otros 3.000 misioneros. En junio, y dentro de las medidas para impedir que la falta de control oficial continúe permitiendo a Al Qaeda y otros grupos violentos recibir fondos de Arabia Saudí, el Gobierno decidió cerrar Al Haramain y entregar al Ministerio de Asuntos Exteriores el control de la propagación de las ideas religiosas.

Dos millones de los seis millones de musulmanes que viven en EEUU están asociados a una mezquita, según una encuesta de 1.200 mezquitas en el 2000. El 70% de los líderes de esas mezquitas tenían ideas cercanas a las fundamentalistas. Un 21% de ellos predicaba las ideas intolerantes de los wahabíes saudíes. Dos de cada tres mezquitas tenían zonas segregadas para hombres y mujeres. Seis años antes, sólo la mitad de los centros religiosos contaban con esa separación.

Las autoridades saudíes calculan que su país gasta cada año entre 2.000 y 2.500 millones de dólares al año en extender por el mundo la fe islámica (sumando las aportaciones oficiales y las individuales procedentes de empresas y de miembros de la familia real saudí). La cifra real puede ser mucho mayor.

En realidad, habría que decir que propaga su particular versión del Islam. El poder del dinero y el fervor de sus enviados le han permitido imponer una idea de su religión completamente extraña a las costumbres locales en muchos países musulmanes.