22.7.04

Una historia de espías

En unas horas, la comisión de investigación del 11S hará públicas en EEUU las 600 páginas de sus conclusiones. La gran incógnita que puede resolver consiste en saber hasta qué punto pudieron evitarse los atentados del 11 de septiembre, si las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia desperdiciaron oportunidades que podrían haber servido para detener al grupo de Mohamed Atta antes de que se subiera a los aviones.

Como aportación extraoficial a este dilema, voy a traducir un extracto del libro "Sleeping with the devil", de Robert Baer. El libro es una denuncia de las incestuosas relaciones que mantienen desde hace décadas EEUU y Arabia Saudí, relaciones alentadas por los dos bienes más preciados del mundo: el petróleo y el dinero, no necesariamente en este orden. Baer es un ex agente de la CIA, del que ya se ha publicado en España su anterior libro, "Soldado de la CIA".

El fragmento se refiere a una conversación que Baer mantuvo, después de abandonar la CIA, con un príncipe de la familia real de Qatar, que además había sido ministro de Economía y jefe de Policía. En 1995, el emir de Qatar fue derrocado por su hijo, y un año después intentó recuperar el poder, sin éxito, por los mismos medios. El príncipe de la conversación con Baer participó en el segundo golpe y tuvo que huir del país. Se refugió en Damasco, donde contaba con la ayuda del Gobierno sirio. Parece que Siria, Egipto y Arabia Saudí apoyaron el contragolpe y no estaban muy contentos con el actual régimen qatarí. Como se verá en el fragmento del libro, sospechan de algunas extrañas amistades de los gobernantes de Qatar. No olviden que los hechos que aquí se describen, al menos en el relato que hace el príncipe renegado, ocurrieron varios años antes del 11 de septiembre del 2001:

"¿Sabe algo de mi primo Hamad bin Jassim bin Jabir?", (el príncipe) Se refería al ministro de Exteriores (de Qatar), el que tiene una gran casa en Foxhall (cerca de Washington).

Para entonces, ya podía seguir al príncipe negro (el alias que se inventa Baer para referirse a su interlocutor) y comprendía a qué se refería. Le conté que me había encontrado con él en el despacho de Leon Feurth, el consejero de seguridad nacional de Al Gore. Le mencioné que había tenido que salir del despacho para que Gore tuviera una reunión con el ministro.

El príncipe negro se giró para verme mejor. Creo que quería saber si le estaba contando la verdad. ¿Era eso todo lo que sabía del ministro de Exteriores?

"Mira, amigo mío. No sé si tengo que ser sincero contigo. Pero tu Gobierno está metido en un juego muy peligroso".

Le pregunté a qué se refería.

"Comencemos con bin Laden. El ministro de Exteriores es uno de sus mayores partidarios y odia a los saudíes. Haría un pacto con el diablo para poder joder a los Al Saud" (la dinastía reinante en Arabia Saudí).

Eso ya lo sabía. Cuando aún estaba en la CIA, oí que Sultan (el ministro saudí de Defensa) y otros príncipes se referían al ministro de Exteriores (de Qatar) como "el perro". También supe que Sultan había apoyado al príncipe negro y al antiguo emir en su intento de golpe de febrero de 1996. Pero como los saudíes se negaban a informarnos de esto, no podíamos estar completamente seguros.

"¿Qué quiere decir? ¿Que apoyaba a bin Laden?"

Sabía que el ministro de Interior (de Qatar), Abdallah bin Khalid, se había reunido con Osama bin Laden el 10 de agosto de 1996, pero eso no significaba nada. Muchos árabes estaban peregrinando a Jartum para ver a bin Laden. Los servicios de inteligencia iraquíes se habían reunido con bin Laden en varias ocasiones. Aunque no podíamos estar seguros, supusimos que todos estaban intentando enterarse de sus planes, asegurarse de que no se volviera contra ellos.

"Me refiero a que le apoyaba. ¿Sabe quién es Khalid Sheikh Hamad?". En el árabe de Qatar, las letras "mu" se eliminan de la palabra Muhammad. El príncipe negro se refería a Khalid Sheikh Muhammad (el organizador de los atentados del 11S, cuyo nombre suele aparecer escrito en los medios españoles como Jaled Mohamed).

"No", le dije. Quería que me contara toda la historia desde el principio.

"Es el jefe de las operaciones terroristas de bin Laden. Su objetivo favorito son los aviones. En 1995, cuando yo era jefe de la Policía, llegó a Qatar. Venía de Filipinas, donde dos de sus ayudantes habían sido detenidos. Inmediatamente, fue colocado bajo la protección del ministro de Interior, Abdallah bin Khalid, que es un fanático wahhabí (los whahhabíes son una rama integrista del Islam originaria de Arabia Saudí). El emir me ordenó que ayudara a Abdallah. Lo primero que pidió fue veinte pasaportes qataríes en blanco. Sé que él se los dio a Khalid Sheikh y que éste rellenó los nombres".

"¿Tiene pruebas de eso?"

"Sí. Todavía tengo los números en mi caja fuerte de Damasco y muchas otras cosas".

Cada vez estaba más claro lo que el príncipe negro quería que yo hiciera con esa información. Para entonces, ya había comprobado quién era yo y que era un ex agente de la CIA. Estoy seguro de que él, como la mayoría de los árabes, pensaba que aún estaba trabajando para la CIA. Quería oír el resto de la historia.

"¿Dónde está ahora Khalid Sheikh?", pregunté. Por entonces, aún estaba libre con una recompensa de 2 millones de dólares por su cabeza (Años después, fue detenido en Pakistán).

"Voló, se fue, sayonara. Lo sabes tan bien como yo, así que no te hagas el estúpido".

"Quiero saber lo que usted oyó". Cuando Khalid Sheikh Muhammad salió de Qatar en 1996, yo no estaba seguro de las circunstancias de su huida.

"Tan pronto como el FBI apareció en Doha (capital de Qatar), el emir y el ministro de Exteriores ordenaron a Abdallah bin Khalid que sacara a Khalid Sheikh de su apartamento y lo llevara a la casa de Abdallah en la playa. Mientras tanto, agentes del Ministerio de Interior limpiaron de pruebas las oficinas de Khalid Sheikh, una ex academia de policía, una granja y un depósito en el norte".

El príncipe negro podía ver que no le creía. Llamó a su guardaespaldas y le pidió papel y un boli. "Escríbelo todo y compruébalo con Washington".

"¿Dónde fueron?", pregunté.

"Quizá Praga. Sé que al menos Muhammad Shawqi Islambuli fue allí". Islambuli era el hermano de Khalid Shawqi Islambuli, el miembro de los Hermanos Musulmanes que vació un cargador de AK-47 en el pecho de Anwar Sadat en 1981. Muhammad estaba buscado en Egipto por asesinato.

No dije nada mientras tomaba notas. Cuando acabé, pregunté: "¿Y tiene pruebas de todo esto?"

"Y muchas más cosas. Recuerda, yo era el ministro de Economía. Cuando llegaba el momento de poner dinero en la campaña electoral norteamericana, yo era quien lo hacía".

No me importaba si había Gobiernos extranjeros poniendo dinero en las campañas de EEUU. Pero sí estaba preocupaba por Khalid Sheikh Muhammad, y ya sabía de la conspiración llamada Bojinka, su plan para volar aviones de pasajeros norteamericanos. Tenía que tomarme en serio al príncipe negro. ¿Pero cómo podía llevar la información a la CIA? A pesar de lo que pensaba el príncipe negro, una vez que te sales de la CIA, estás fuera.

Hice lo único que podía hacer. Envié un email a un amigo que aún estaba en la CIA y le dije que pasara la información al Centro Antiterrorista (de la CIA). Por poco segura que fuera la conexión, incluí todo los hechos, incluido el nombre del príncipe negro. Como mínimo, pensé, haría que saltara alguna alarma. Esperaba que Washington mandara a alguien para que hablara con él y recogiera todo lo que había en la caja fuerte. Oír a este tipo no podía hacer daño.

Mi amigo me escribió la semana siguiente: no les interesaba.

No soy de los que se rinden, así que llamé a un reportero de The New York Times llamado Jim Risen. Si la historia del príncipe negro era confirmada, especialmente los documentos, el Times probablemente publicaría un artículo y obligaría a alguien a prestar atención al apoyo de uno de nuestros aliados en el Golfo Pérsico a bin Laden, que por entonces ya era uno de los terroristas más letales del mundo.

En el momento en el que Risen tenía suficiente información como para seguir con la historia, yo ya estaba en Nueva York. El príncipe negro aún estaba dispuesto a contarlo todo. Desgraciadamente, justo cuando Risen estaba a punto de subirse a un avión para ir a verle, el príncipe negro fue secuestrado en Beirut y enviado a Doha. En el momento en que escribo esto, se encuentra encerrado en una celda sin ventanas, y su familia dice que le están inyectando drogas para debilitarle. Tan pronto como desapareció en ese agujero negro que es el Golfo Pérsico, conseguir más datos se convirtió en algo casi imposible.


Quizá sólo sea una bonita historia de espías, y hay unas cuantas en este libro que estuvo durante un tiempo en la lista de The New York Times de los libros más vendidos. O quizá sea un ejemplo de cómo Osama bin Laden no salió de ninguna parte para cometer los atentados del 11S. De alguna manera, Osama es el hijo del apoyo de algunos Gobiernos árabes (en Oriente Medio se practica mucho eso que dice que el enemigo de mi enemigo es mi amigo), los errores del Gobierno y de los servicios de inteligencia (?) de EEUU y las contribuciones financieras de muchos miembros de la clase dirigente de Arabia Saudí (léase, la familia real). Sí, los mismos que pasan algunas vacaciones en Marbella entre la pasión popular por los petrodólares que llueven a su paso.