6.7.04

Piratas y periódicos

El calor de julio alcanza niveles tan insoportables que todos deberíamos hacer un alto en nuestras actividades habituales y tomarnos un descanso. Es lo que he comenzado a hacer ahora y, por eso, he de reconocer que este blog va a quedar en un estado de animación suspendida en las próximas semanas. Pero antes de ponerlo en la nevera, no me resisto a echar algunos salmos sobre el cuerpo moribundo de un periódico como El País.

Se ha repetido hasta la saciedad y, a veces con intenciones algo oscuras, pero es verdad. La independencia económica es el primer requisito para que un medio de comunicación pueda ser realmente independiente en cualquier sentido, incluido el político. Dicho de forma más grosera, si no hay beneficios, pasta para repartir entre los accionistas, ese medio está condenado a convertirse en simple portavoz de aquellos que sufraguen sus facturas.

El País construyó una sólida empresa entorno al periódico, un gigante empresarial que tiene ahora muchas otras ramificaciones en la industria cultural. Pero esas derivaciones pueden envenenar el alma de un periódico cuando los intereses económicos (legítimos en sí mismos) priman sobre los criterios periodísticos, cuando la información comienza a adquirir el inconfundible olor de la propaganda.

Digo todo esto a cuenta del delirante reportaje sobre la falsificación de marcas y productos aparecido en el suplemento de Domingo de El País del pasado 4 de julio: "El imperio de los piratas". No es suficiente con destacar el daño económico, inmenso, que los falsificadores provocan en las empresas que sufren el pirateo, ni hacer hincapié en esa ecuación, discutible, que habla de los puestos de trabajo perdidos. Hay que sacar a la luz el fantasma del terrorismo integrista y los atentados del 11M para que el lector llegue a la conclusión de que la piratería es uno de los nuevos jinetes del apocalipsis.

Y para que hasta el lector perezoso no pierda detalle del mensaje, el reportaje comienza así en su entradilla:

Las mismas redes que trafican con inmigrantes, prostitución y drogas, y financian a veces el terrorismo, controlan el negocio de la piratería industrial y comercial, uno de los más lucrativos del mundo.

Como Spectra, la némesis de James Bond. O Caos, la organización, algo menos eficiente, contra la que luchaba Maxwell Smart. La hidra de la piratería. El azote de Occidente.

No es suficiente. El lector perezoso puede pensar que está ante otro reportaje más de la cruzada contra la piratería. La primera frase del primer párrafo del reportaje vuelve a golpear con el martillo en su conciencia. Hay vidas humanas en peligro:

La modesta tienda de ropa al por mayor de los hermanos Chedadi, en el madrileño barrio de Lavapiés, era un lugar fichado por la Policía Municipal mucho antes de que los investigadores del 11M levantaran el cierre y procedieran, la madrugada del 18 de marzo, a un largo y minucioso registro.

La conexión terrorismo-piratería ya está fijada en la mente del lector. Si continúa leyendo, no encontrará más pistas sobre los atentados en los que murieron 191 personas. Se dice que en esa tienda se vendían productos falsificados. Es suficiente. El próximo que compre un CD pirata de Alejandro Sanz sabrá que está ayudando a comprar la dinamita que estallará en el próximo tren. El usuario que se ahorre unos euros se convertirá así en cómplice necesario. El DVD pirata de "Kill Bill" estará chorreando sangre, y no por culpa de la katana de Umma Thurman.

En un raro ejemplo de lucidez, el reportaje desarrolla la idea de que la lucha contra la piratería tiene un negro futuro si no cuenta con la colaboración de los consumidores. Aunque desde luego, si se inculca en él la idea de que los piratas son cómplices del terrorismo, puede que cambie de idea. La presidenta del lobby de las empresas de marca admite que si los millones de objetos falsos no tuvieran comprador, el negocio se iría a pique.

La piratería se ha convertido en una versión extrema de la economía de mercado, uno de cuyos principios es la libertad que tiene el consumidor para elegir el producto que más convenga a sus necesidades. En teoría, esto hace que desaparezcan del mercado las empresas cuyos productos no tienen calidad o son demasiado caros, y sean sustituidas por otras empresas cuyos productos despiertan la adhesión de los compradores.

Después de tantos años en los que la publicidad nos ha dicho que debemos comprar un producto al ser más barato o al tener esa marca un signo de distinción, no creo ahora que los consumidores vayan a echarse atrás porque el beneficiario sea una organización ilegal, en vez de una multinacional.

Parece que la única medicina que se les ha ocurrido es pintar a esos piratas con los peores colores posibles. Hay una cierta ironía en todo esto. Los mismos que se burlaban por las cruzadas contra la droga, tan habituales en EEUU y en los sectores conservadores europeos, ahora se levantan indignados contra los piratas. Los mismos que reaccionan indignados cuando los políticos conservadores relacionan inmigración y delincuencia, no tienen empacho en acusar directamente a los chinos de ser responsables en España de esta nueva plaga.

A toda plana, el reportaje se abre con una foto inmensa del China Center, de Fuenlabrada, un centro mayorista. El artículo cita a fuentes de la policía para identificarlo como "el mayor centro de mercancía pirata de Europa". (En un alarde de prudencia, han borrado las matrículas de los coches aparcados frente al local. Parece que la policía no les ha hablado de los dueños de esos coches). Se supone que la policía no lo ha cerrado porque carece de pruebas, ese pequeño detalle tan irritante que enfurece a los limpios de corazón.

Se cuenta que el China Center también hace las veces de centro social. Vaya, como en las películas de la mafia. Y tiene un restaurante con un menú de 3,50 euros: "sopa de fideos, arroz y carne". Los buenos periodistas siempre se fijan en los detalles relevantes. Ah, y lo regenta la familia Huang. Otro detalle muy significativo en la lucha contra el fraude. Y el jueves, se había organizado allí "hasta una partida de póquer" (no jugaban a las cartas, habían organizado una partida, por algo le llaman a la mafia el crimen organizado). Bárbaros. Seguro que hacían trampas.

Mientras tanto, en ese mismo ejemplar de El País, la defensora de los lectores (¿de qué lectores?) se escandaliza porque un redactor del periódico dedicó los primeros párrafos de una entrevista con Anjelina Jolie en destacar lo buena que está la protagonista de "Lara Croft". Machismo, sexismo, brama enfurecida. Claro que lo es. Pero no cuestiona al director adjunto que colocó en la primera página una foto de Jolie en la rueda de prensa que dio en Barcelona. La única información que se podía obtener en la foto, además de que sí, efectivamente, Jolie había estado en Barcelona, es que la actriz es muy guapa. Tremenda revelación. Bueno, supongo que Unicef no la habrá elegido como embajadora por su experiencia en la lucha contra el hambre. Tampoco vamos a cuestionar eso. Estamos muy ocupados en acabar con la piratería. Y contra ese enemigo, sí que valen todas las armas posibles.