22.7.04

El precio de Filipinas

La presidenta de Filipinas, Gloria Arroyo, levantó los brazos alborozada después de recibir la confirmación por teléfono de la liberación de su compatriota Angelo de la Cruz, secuestrado hasta entonces en Irak. Lo hizo, evidentemente, ante las cámaras de TV para que todos los filipinos vieran que no había nada de lo que avergonzarse. Se habían cumplido las exigencias de los secuestradores, porque era la única manera de salvar la vida del rehén.

Y se había hecho en dos ocasiones sucesivas. Primero, anunciando que los soldados filipinos abandonarían Irak el 20 de agosto cuando terminaba el compromiso del despliegue alcanzado meses atrás con EEUU. Después, adelantando un mes la salida de las tropas.

La relación causa-efecto es tan evidente que esta vez nadie debería molestarse en desmentirla o matizarla. Se me ocurre que ésta es una de las consecuencias de la formación de esas coaliciones de países aliados de EEUU para cada misión. Washington, pensó de cara a la aventura de Irak, que podía sustituir la ayuda de Francia o Alemania con una lista más numerosa de países más pequeños y más dúctiles. De esta manera, Bush pretendía reemplazar la ausencia de una legitimadora resolución del Consejo de Seguridad de la ONU por un listado de 50, 60 o 70 países.

El hecho de que la contribución real sobre el terreno fuera casi irrelevante (había 50 soldados filipinos en Irak) no pareció importar mucho a Washington y Londres. La colaboración de potencias de rango medio, como Italia, España o Polonia, no podía hacer olvidar la ausencia de franceses y alemanes. Pero sumados a una lista kilométrica de pequeños Estados, el marcador presentaba un aspecto más favorable.

Al final, esta ridícula estrategia ha terminado costando a los norteamericanos un precio político mucho mayor que los réditos obtenidos en su momento. La evidente rendición política del Gobierno filipino para salvar la vida de una sola persona ha tenido como primera consecuencia una oleada de secuestros en los que la nacionalidad ya no tiene tanta importancia. Vale cualquiera, un camionero egipcio o keniata puede dar casi tantos titulares como un filipino. Si el país afectado no tiene tropas en Irak, siempre se puede pasar la factura a la empresa que le contrató.

Algunos políticos, académicos y periodistas norteamericanos deben estar ahora perplejos. Vendieron la idea, muy atractiva para el Pentágono, de que EEUU no tenía que ver condicionadas sus aventuras en el exterior por las normas de instituciones internacionales como la OTAN o el Consejo de Seguridad de la ONU. Ya no habría que repetir situaciones como en los bombardeos de Serbia en la guerra de Kósovo, cuando todos y cada uno de los Gobiernos de la OTAN tenían que aprobar los objetivos de los aviones.

En lo sucesivo, se formaría una coalición ad hoc para cada misión, "the coalition of the willing" le llamaron. Animo, den un paso al frente, no importa que el peso de su país sea mínimo, que su Gobierno sea débil o que su opinión pública esté en contra de la aventura. Lo que importa es sumar países a la coalición. No tenemos una resolución de la ONU, pero tenemos una lista.

Cuando la prioridad es la cantidad, suelen olvidarse algunas cuestiones menos acuciantes, la historia, por ejemplo. En octubre del 2003, George Bush pronunció un discurso ante el Congreso filipino en el que estableció una comparación entre la independencia de Filipinas y sus planes de llevar la democracia a Irak. De forma nada sutil, vino a decir que sus anfitriones tenían una cierta deuda con EEUU y que podrían pagarla colaborando en el esfuerzo liberador de Irak. Nosotros les liberamos a ustedes de los españoles. Ayúdenos ahora a liberar Irak de sus opresores.

"América está orgullosa de haber tomado parte en la gran historia del pueblo filipino. Juntos, nuestros soldados liberaron a Filipinas de la dominación colonial", dijo Bush.

En su libro de próxima aparición "The Folly of Empire", el historiador John Judis cuestiona la credibilidad que podían tener las palabras de Bush entre los diputados filipinos:

Como muchos comentaristas filipinos destacaron después, la descripción que hizo Bush de la historia de EEUU y Filipinas se parece poco a la realidad. Es cierto, la Marina de EEUU expulsó a España de Filipinas en 1898. Pero, en vez de crear una democracia filipina, la Administración de McKinley, con su confianza aumentada por la victoria en esa ?espléndida pequeña guerra?, se anexionó el país e impuso un administrador colonial. Después, EEUU entabló una guerra brutal contra el mismo movimiento independentista filipino al que había animado a luchar contra España. La guerra se prolongó durante 14 años. Cuando acabó, unos 120.000 soldados norteamericanos habían llegado a estar desplegados en el país y 4.000 de ellos murieron. Más de 200.000 civiles y soldados filipinos murieron también.

Así que la próxima vez que EEUU pase el platillo por medio mundo a la búsqueda de aliados con los que sustituir a esos desagradecidos franceses y alemanes, será mejor que antes no sólo compruebe la fiabilidad de sus nuevos amigos comprados a golpe de talonario, sino que eche un vistazo a los libros de historia. Se llevará menos sorpresas.