17.7.04

Caos y corrupción en Gaza

Sharon y Peres negocian la formación de un Gobierno de unidad nacional en Israel que haga posible la retirada de Gaza. Al mismo tiempo, Sharon intenta convencer a los egipcios para que le hagan el trabajo sucio: presionar a Arafat y preparar a las fuerzas de seguridad palestinas para que Gaza no sea gobernada por los radicales de Hamás.

Todos estos contactos podrían fructificar en los próximos meses. De momento, lo único seguro es que Gaza parece continuar deslizándose hacia el caos, del que sólo se beneficiarán los islamistas. Ayer, el jefe de la Policía en Gaza, el general Al Jabali, y cinco ciudadanos franceses fueron secuestrados durante unas horas, en un ejemplo más de que o bien Arafat ha perdido el control de la situación o no tiene mucho interés en ejercer ningún tipo de autoridad, que le convertiría de alguna manera en defensor de los intereses de Sharon.

No hacer nada se ha convertido en una opción aceptable para Arafat, dispuesto a agotar la paciencia hasta de sus partidarios. Por eso, el primer ministro Abú Alá ha presentado la dimisión, aunque, en el momento en que escribo estas líneas, Arafat no la ha aceptado y está por ver si el primer ministro aceptará continuar en el puesto.

Durante años, Arafat se ha negado a poner orden en la demencial estructura de las fuerzas de seguridad palestina, compuestas por entre diez y quince cuerpos policiales diferentes (lo que para un país que no tiene un Estado no está nada mal). Ahora ha vuelto a prometer que reducirá el número de cuerpos, que quedarían en tres, pero ésta es una promesa que ha incumplido en varias ocasiones.

La situación en Gaza es coherente con el panorama de las relaciones entre israelíes y palestinos en los últimos tres años: son los radicales los que llevan la iniciativa en cada bando. Cuentan con el apoyo de sus respectivas opiniones públicas y saben que el agravamiento de los problemas tiende a restar apoyo y atractivo políticos a los grupos moderados.

En el campo palestino, los últimos incidentes de Gaza demuestran una vez más que la incapacidad, o falta de voluntad, de Arafat por combatir la corrupción juega en favor de los intereses de Sharon. Muchos palestinos suelen decir que el asunto de la corrupción es algo que les atañe sólo a ellos, que las críticas israelíes en este punto son sólo un intento de desprestigiar a Arafat a ojos de la comunidad internacional.

Sin embargo, el caso de Gaza demuestra que el desfalco de lo poco que queda de los fondos públicos de la Autoridad Palestina tiene efectos políticos indudables: desprestigia a los líderes palestinos ante sus compatriotas, fortalece a Hamás y permite a Arafat emplear la ayuda económica para ahogar cualquier tipo de debate político.

El general Al Jabali fue secuestrado por un grupo radical para que respondiera por las denuncias de corrupción que le persiguen desde hace tiempo. Fue destituido del puesto por el entonces primer ministro Abú Mazen precisamente por las sospechas que había sobre él, y más tarde reinstaurado en el cargo por el propio Arafat. El líder palestino siempre ha valorado más la lealtad, a la hora de entregar los cargos, que la eficacia o la honradez.

Los incidentes de ayer en Gaza han terminado costándole el puesto a Al Jabali. Ha sido sustituido por otro general, Mussa Arafat. Efectivamente, es pariente del presidente palestino.

La corrupción va más allá de los asuntos económicos tanto en Israel como entre los palestinos. Desde 1967, la ocupación de los territorios palestinos por Israel ha tenido efectos perniciosos en las dos sociedades.

En Israel, la corrupción también tiene una vertiente política mucho más grave que la económica. Consiste, por ejemplo, en la militarización del lenguaje político, plasmada en la presencia permanente de ex generales en los altos cargos de la nación. En los últimos veinte años, y cada vez con más frecuencia, ni siquiera hay un periodo de transición para los militares entre su salida del Ejército y su llegada al Gobierno.

El último ejemplo, el actual ministro de Defensa, es el más veloz. Sólo unas semanas antes, era el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas. Con estos militares, ha llegado un mensaje que ha calado en la sociedad israelí: las negociaciones políticas son una pérdida de tiempo y cualquier problema con los palestinos se soluciona con represalias violentas que castigan no sólo a los grupos armados radicales sino a todo un barrio o toda una ciudad. Los recursos con los que cuenta un jefe militar, forzosamente limitados porque consisten en la aplicación de distintos grados de violencia, se han convertido en los únicos recursos políticos admisibles.

El grado de radicalización de israelíes y palestinos alcanza también a su opinión sobre la intervención de la comunidad internacional, en general pasiva y tardía, cuando no favorece a sus intereses. El ministro Netanyahu llamó "tribunal títere" al Tribunal de La Haya por su sentencia contra el muro de separación. La Autoridad Palestina ha calificado de persona no grata al enviado especial de la ONU, el noruego Terje Roed-Larsen, por criticar a Arafat y su incapacidad de poner orden en Gaza y apostar por la vía política.

Los israelíes pueden permitirse expresar su desprecio por las instituciones internacionales porque cuentan con la alianza con EEUU y porque, en definitiva, son los más fuertes, militar y económicamente, en su guerra contra los palestinos. Dudo de que los palestinos, cuya única fuerza ahora mismo es su innata capacidad para no rendirse, estén en condiciones de adoptar la misma actitud.