10.6.04

Sobre mentiras y resoluciones de la ONU

La resolución del Consejo de Seguridad de la ONU ha puesto en evidencia la inexperiencia del Gobierno de Zapatero en política exterior y la desesperación del Partido Popular a pocos días de las elecciones europeas. El PP acusa a Zapatero de haber mentido a los españoles por haber justificado la retirada de las tropas españolas de Irak con el argumento de que era poco probable una resolución de Naciones Unidas sobre el futuro de Irak. Mientras, el Gobierno quiere estar a los dos lados de la zanja: vota a favor de la resolución y, al mismo tiempo, dice que hubiera deseado otro papel para la ONU.

Lo primero que hay que destacar es lo obvio: ha habido una resolución. Zapatero y Moratinos se equivocaron al invocar la intervención de la ONU como el factor que justificaba, por su ausencia, la retirada de los soldados españoles. Podían haber tomado la decisión con el argumento de que los militares se iban del país en el que nunca debían haber estado. No es mala justificación, de hecho se empleó en varias ocasiones, y, en cualquier caso, cuenta con el apoyo de la mayoría de la sociedad española.

En la encuesta de El Mundo de hace unos días, quedaba una vez más claro. Con independencia del rol de la ONU, los españoles querían a sus soldados fuera de Irak en porcentajes superiores al 60%. En una democracia, no se puede intervenir en una guerra sin el apoyo de la opinión pública. No es posible que los políticos no se atrevan a, por ejemplo, subir los impuestos o a hacer un trasvase por falta de apoyo popular, y sí en cambio a enviar soldados a morir en una aventura militar elegida por un Gobierno extranjero.

Por eso, resulta tan ridícula la escandalizada respuesta del PP, que ha olvidado oportunamente que su anterior líder empeñó su palabra en una entrevista televisiva para mantener una mentira, o mejor dicho, LA MENTIRA sobre la que se justificó esta guerra: la existencia de armas de destrucción masiva en Irak. Por mucho ruido que hagan estos días, todo este escándalo no ocupará más atención que la de periodistas y políticos. El resto de la gente tenía bien claro, con o sin resolución, lo que había que hacer con las tropas españolas.

Supongo que una de las razones del error del Gobierno es que la izquierda española tiene una visión idílica de la ONU, como si esta organización pudiera ser el contrapeso de la hegemonía de EEUU. Se ha querido repetir el esquema de las intervenciones de la ONU en los Balcanes. Olvidan dos cosas: primero, la llegada de las tropas norteamericanas y europeas a Bosnia y Kósovo no hubiera sido posible sin el apoyo de EEUU. En segundo lugar, la soberanía de bosnios y kosovares fue sustituida por el poder de la comunidad internacional porque existía un conflicto interno en ambos países.

Ese no era el caso de Irak antes de la guerra. Y ahora mismo, no hay una guerra civil en Irak. Hay una guerra contra la ocupación del país, un conflicto armado entre EEUU y los grupos iraquíes más radicales. La opción ya no es que EEUU entregue el bastón de mando a la ONU y a sus amables cascos azules, sino que los iraquíes recuperen su soberanía, con la ayuda de norteamericanos, europeos y el resto de la comunidad internacional.

Oigo a un tertuliano de la SER decir que ésta es una resolución que conviene a los intereses de los países más poderosos del mundo: EEUU, Francia, Gran Bretaña y Rusia. Genial. ¿Y dónde está la novedad? ¿Cómo podría ser de otra manera cuando son éstos países los que dirigen el Consejo de Seguridad? ¿Acaso ha ocurrido lo contrario en alguna ocasión?

Muchos hablan del éxito que supone para Bush esta resolución. Quizá lo sea, pero sólo a corto plazo. No hay que olvidar que los norteamericanos no tenían previsto que el traspaso de soberanía fuera a hacerse así. Ni querían comprometerse a una fecha concreta para las primeras elecciones iraquíes. Ni querían que la Constitución provisional de Irak fuera el texto que finalmente se aprobó.

Paul Bremer y el Pentágono tenían un diseño del futuro del país completamente diferente. Primero fue el ayatolá Alí Sistani quien desbarató ese proyecto. Los norteamericanos tardaron poco tiempo en enterarse de que no podían ignorar los deseos del líder espiritual de quince millones de shiíes iraquíes.

Luego vino la ofensiva del Tet, versión iraquí: las revueltas de Faluya y Nayaf, y con ellas los primeros indicios de que una prolongación de la ocupación y de la represión sólo iba a conseguir victorias militares parciales y la derrota política definitiva. Los guerrilleros suníes de Faluya y los miembros del shií Ejército del Mahdí comenzaron a otear la posibilidad de una alianza de conveniencia entre los radicales de ambos lados del espectro religioso iraquí. Aunque la posibilidad parecía remota, los norteamericanos no dejaron de darse por enterados. Y, por encima de todos, otra vez la figura de Sistani: no apoyó la revuelta del Mahdí, pero sí anunció a EEUU que una represión violenta en los lugares santos del shiísmo podría provocar una revuelta, esta vez masiva, contra la ocupación.

La resolucion de la ONU no legitima la ocupacion, o al menos, la ocupación en los términos actuales, sino al nuevo gobierno de Irak. Y su validez es relativa. Si el Gobierno de Iyad Allawi se comporta como una marioneta de EEUU, perderá toda la legitimidad que pueda tener a ojos de la opinión pública iraquí. Ese es el factor clave a partir de ahora. Todo el apoyo del Consejo de Seguridad no será suficiente para compensar esa pérdida de apoyo. Y si eso ocurre, esos grupos radicales que han combatido en Faluya y Nayaf dejarán de ser minoritarios y tendrán una oportunidad de gobernar el país.

Occidente tiene ahora pocos amigos en Irak. Los iraquíes creen que tanto EEUU como Naciones Unidas son responsables de la terrible situación política y económica de Irak. Hay otro responsable aún mayor, Sadam Hussein, pero eso es ya irrelevante. Un criminal encerrado en una celda tiene ya pocas posibilidades de beneficiar o perjudicar a sus compatriotas.

Los iraquíes no olvidan que fueron las sanciones aprobadas por toda la comunidad internacional las que empujaron al país a un nivel de pobreza sólo comparable al de algunos Estados africanos. Y una vez que Sadam fue derrocado, los norteamericanos han fracasado en su intento de propiciar la reconstrucción del país. El crédito que podían tener por haber acabado con la dictadura se ha consumido tras un año de errores.

En cierto modo, estamos en manos de un Gobierno iraquí formado por políticos con poco apoyo popular y sin unas fuerzas de seguridad que merezcan ese nombre, un ayatolá y unos grupos radicales embarcados en una guerra santa. ¿Qué esperaban? ¿Acaso se podía esperar otra cosa antes de la guerra?

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