7.6.04

La receta perfecta contra un secuestro

El nuevo primer ministro iraquí, Iyad Alawi, ha anunciado hoy la disolución de las milicias armadas con las que cuentan la mayoría de los partidos políticos. El Ejército del Mahdi, dirigido por el radical shií Moqtada Al Sader, no está incluido en el acuerdo y aún no está claro si el mayor partido shií, el Consejo Supremo para la Revolución Islámica, está dispuesto a desarmar a sus milicianos.

Los intentos anteriores de las autoridades norteamericanas en Irak por conseguir la disolución de las milicias no habían tenido ningún éxito. Si Alawi triunfa donde antes fracasó Paul Bremer, está claro que su Gobierno obtendrá un plus de credibilidad que le será muy útil para afrontar problemas más acuciantes. Se supone que unos 100.000 milicianos (de los que 75.000 son peshmergas kurdos), entregarán sus armas. Algunos de ellos integrarán las fuerzas de seguridad iraquíes y el resto deberá volver a la vida civil.

La existencia de las milicias suponía un factor de deslegitimación del nuevo Estado iraquí. Sin embargo, y a diferencia de Afganistán, no eran numerosas las acusaciones contra estos grupos armados por violaciones de derechos humanos. (Quizá esto último no esté tan claro en el sur, donde algunas milicias han prohibido con amenazas y agresiones la venta de bebidas alcohólicas).

Todo el mundo aprobará la disolución de estas bandas armadas, pero podemos encontrarnos con que los iraquíes no se muestren tan entusiastas si continúa aumentando el problema de la inseguridad. Y aquí sí que nos encontramos con un paralelismo con la situación de Afganistán. En ambos casos, una dictadura cruel ha desaparecido para dar paso a un Gobierno que no puede utilizar sus mismos métodos en la lucha contra el crimen y que dispone de unas fuerzas de seguridad que cuentan con menos preparación, menos escrúpulos y menos armamento que los delincuentes.

Dado que los periodistas occidentales han reducido al mínimo su presencia en las calles de Irak, hace tiempo que no vemos muchas historias sobre el aumento de los crímenes, en especial en forma de secuestros. Una excepción es "Kidnappings Bleed Iraq of Doctors", aparecido en Los Angeles Times y citado por el blog iraquí Healing Iraq. Cuenta que Irak está sufriendo una ola de secuestros de sus médicos:

For two months, someone has been kidnapping the best doctors in Iraq. Health officials and doctors estimate that as many as 100 surgeons, specialists and general physicians have been abducted from their homes and clinics since the beginning of April. Some were beaten and tortured. Most were released after the payment of between $20,000 and $200,000 in ransom.

Cien médicos secuestrados desde comienzos de abril y casi todos puestos en libertad después de que sus familias pagaran rescates de entre 20.000 y 200.000 dólares. Una vez que recuperaron la libertad, no perdieron el tiempo y abandonaron el país.

Los ataques contra un personal médico del que Irak no puede prescindir son tan sistemáticos que algunos piensan que no puede deberse sólo a motivaciones criminales. Sospechan que se pretende eliminar a los profesionales de clase media para que ningún proyecto modernizador cuente con el apoyo de sus partidarios naturales.

Abandonados por las autoridades, los iraquíes han tenido que afrontar por su cuenta el aumento de la delincuencia. La medida más obvia ha sido la de armarse. Otros han optado por apelar a las tradiciones tribales. Hace unos días, el diario libanés The Daily Star publicaba una historia inaudita: la de un padre, al que habían raptado a su hijo de cuatro años y que decidió secuestrar a uno de sus secuestradores para obtener la liberación del hijo.

Ali Sayadan al-Obeidi, de 55 años, no tenía los 30.000 dólares que le exigían los delincuentes y la policía le dijo que nada podía hacer por él. Como había rechazado pagar esa cantidad, suponía que volverían a aparecer en su casa para continuar las negociaciones. Cuando llegaron, les estaba esperando con un kalashnikov. Abrió fuego y consiguió capturar a uno de ellos, que terminó confesando el lugar en el que tenían al niño.

En ese momento, la víctima pasó a convertirse también en delincuente y mantuvo detenido al secuestrador. Obeidi comunicó a la tribu a la que pertenecía el secuestrador que no lo liberaría hasta que le entregaran 120.000 dólares, la suma del primer rescate multiplicada por cuatro, cuenta el Daily Star:

Obeidi, miembro de una de las mayores tribus de Irak, mantuvo preso a Hayali (el secuestrador) durante seis semanas en casas de sus parientes. Finalmente, ancianos de los dos clanes convocaron una reunión tribal en una pequeña calle de Bagdad, justo al final de la calle donde está la casa de Obeidi. Obeidi y los otros hombres se vistieron con las vestimentas tribales. Se sirvió te y dulces. Hubo una intensa negociación. Al final, Obeidi aceptó entregar a Hayali tan sólo a cambio de una disculpa de la tribu (del agresor). En cualquier caso, dice, hubiera sido una vergüenza tomar un dinero obtenido en un acto criminal.

La inseguridad es el principal problema que afronta el nuevo Gobierno iraquí. El ministro de Justicia ya ha anunciado que pretenden restablecer la pena de muerte. Desgraciadamente, es probable que los iraquíes no hayan recibido la noticia con desagrado.