21.6.04

El arsenal que nunca desaparecerá

Todas las bombas que explotan en Irak, en atentados suicidas o en emboscadas contra los soldados norteamericanos, están compuestas de proyectiles de artillería. Obviamente, ocupan más espacio que los explosivos, lo que no es un problema si se trata de acumularlos en un todoterreno, pero sí cuando se esconden junto a una carretera para que estallen al paso de un convoy. ¿Faltan explosivos en Irak o es que la resistencia no sabe cómo emplearlos?

Lo que ocurre es que hay tanta munición y tantas armas disponibles en Irak que el stock es inagotable. En las primeras conversaciones con periodistas tras su llegada a Bagdad hace un año, los soldados contaban que una de las cosas que más les había sorprendido era la cantidad infinita de arsenales que habían encontrado por todo el territorio iraquí.

Evan Wright, uno de los periodistas incrustados por entonces en el Ejército norteamericano, recordaba hace unos días en The New York Times (How much is that Uzi in the window?) que uno de los mayores y menos comentados errores de los militares en Irak ha sido permitir que todas esas armas cayeran en manos de la resistencia:

"En el momento de la invasión, Irak tenía uno de los mayores arsenales de armas convencionales del mundo. Según una estimación de los militares americanos, incluía tres millones de toneladas de bombas y balas; millones de fusiles AK-47 y otros rifles, lanzagranadas y morteros, y miles de otras armas más sofisticadas, como misiles tierra-aire. Buena parte de ese arsenal estaba guardada en inmensos almacenes, algunos de los cuales ocupaban una extensión de varios kilómetros cuadrados. Cuando se acercaba la guerra, los jefes militares iraquíes ordenaron que toda esa munición se dispersara por todo el país en miles de pequeños almacenes".

En el momento del avance, las prioridades del Ejército eran otras: llegar a Bagdad cuanto antes. Tras el fin de la guerra, los militares comenzaron a destruir todo ese armamento (ya han acabado con 300.000 toneladas), pero el ritmo de destrucción no es suficiente y, en cualquier caso, parte de él ya ha caído en manos de la resistencia.

Resulta una curiosa paradoja que esas armas se vayan a convertir durante años en una pesadilla para los iraquíes, mucho tiempo después de la salida de los soldados norteamericanos. Al final, no son las armas nucleares, químicas o biológicas las auténticas amenazas para el futuro de Irak, sino los supuestamente más inofensivos fusiles, lanzagranadas y explosivos (eso sí, en cantidades gigantescas).

El terror que nos inspiran las armas de destrucción masiva está plenamente justificado. De vez en cuando, conviene recordar que en las últimas décadas las armas convencionales han matado, y continúan matando, a millones de personas.