28.6.04

Bienvenidos a la soberanía (limitada)

Paul Bremer ya ha abandonado Irak. Por sorpresa, el administrador norteamericano en Irak ha devuelto esta mañana la soberanía al nuevo Gobierno presidido por Iyad Alawi. La ceremonia de traspaso de poderes se ha hecho prácticamente en secreto, sin retransmisión en directo por TV. Los iraquíes no se han enterado de que formalmente vuelven a ser dueños de su propio destino hasta que media hora después se ha difundido la noticia a través de un comunicado.

Se han adelantado dos días a la fecha prevista del 30 de junio, a petición de Alawi, por miedo a que la resistencia y los grupos cercanos a Al Qaeda aprovecharan la ceremonia para lanzar otra serie de atentados coordinados. Al menos, han conseguido evitar los titulares del tipo EEUU devuelve la soberanía a los iraquíes en mitad de un baño de sangre.

La incógnita más inmediata es si el Gobierno iraquí inaugurará su mandato con la declaración del estado de excepción en algunas zonas del país. Tendría una cierta ironía que el comienzo del camino de Irak hacia la democracia se iniciara con la suspensión de algunos de los derechos que reconoce la Constitución interina. Pero tampoco sería conveniente escandalizarse.

La principal aspiración de los iraquíes es ahora conseguir un mínimo de seguridad, un derecho que se les ha negado desde el fin de la dictadura de Sadam. Primero fueron los saqueos generalizados, consentidos por las tropas norteamericanas al considerarlos otro daño colateral. Después, los atentados con coches bombas han acabado con la vida de centenares de iraquíes. Veremos si los nuevos gobernantes iraquíes tienen éxito donde los poderosos norteamericanos han fracasado de forma estrepitosa.

Todos hablamos de que Irak ha recuperado su soberanía, pero deberíamos acostumbrarnos a colocar inmediatamente después entre paréntesis el adjetivo "limitada". Por si quedaba alguna duda, Bremer se ocupó en los días anteriores al relevo de aprobar varios decretos que limitan el margen de maniobra del Gobierno de Alawi. La medida más polémica es una ley electoral por la que los miembros de una comisión podrán anular candidaturas. Otros decretos, según The Washington Post, se refieren a aspectos más mundanos:

Los decretos incluyen normas que limitan la presión fiscal al 15%, prohíben la piratería de propiedad intelectual e impiden trabajar a los niños menores de 15 años, así como un nuevo código de circulación que estipula que las bocinas de los coches sólo podrán usarse "en caso de emergencias" y que obligan al conductor a "sostener el volante con las dos manos". Irak es un país en el que pocas personas pagan impuestos, donde la mayoría de películas y la música está pirateada, los niños suelen trabajar y las normas de tráfico raramente se respetan, dicen los iraquíes.

De entrada, es poco probable que el primer ministro Alawi esté muy preocupado por el número de manos que los iraquíes pongan sobre el volante o las veces en que aprieten el claxon (me temo que muchas). Sus compatriotas le juzgarán por su capacidad para frenar la violencia sin convertirse en una versión light de Sadam.

Su intención es reconstruir el Ejército iraquí y dotarle de las armas necesarias, tanques si es preciso, para recuperar la capacidad disuasoria del Estado iraquí. Antes imponía el terror, ahora sólo es un tigre de papel. A corto plazo, depende por completo de los 130.000 soldados de EEUU, pero tiene que hacer creer a los iraquíes que no es un títere que se limita a poner en práctica las decisiones de Washington.

Es cierto que cuenta con la legitimidad que da la última resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. No es suficiente. Vivirá más tiempo si sustituye ese reconocimiento internacional por un consenso mínimo entre los dirigentes tribales suníes, los líderes religiosos shiíes y los caudillos kurdos. Los últimos que lo lograron, el imperio británico y la dictadura de Sadam, sólo lograron imponer ese consenso a través del terror.