2.5.04

¿Quién ha ganado en Faluya?

Parece difícil de creer pero, sí, las cosas han acabado bien en Faluya. Nadie lo diría viendo las casas destruidas, los cementerios improvisados en campos de fútbol, las hileras de refugiados que vuelven sin saber lo que van a encontrar y, por encima de todo, un general con el uniforme de la Guardia Republicana de Sadam haciéndose con el control de la ciudad. Y en cierto modo, el resultado final ha sido el mejor de los posibles, porque todas las opciones eran un desastre.

Tienen razón los que dicen que Irak no es otro Vietnam. De entrada, los militares norteamericanos ya no pueden destruir todo un pueblo para “liberarlo”. Estamos en el 2004, no en los años sesenta. No necesitamos que haya miles de muertos para sentirnos indignados por los bombardeos de una zona civil, por muchos rebeldes armados que haya atrincherados en su interior. EEUU no puede presentarse como amigo de los iraquíes si sus soldados se ven ante el dilema de tener que destruir una de las ciudades más importantes del país si quieren acabar con la resistencia armada. Los generales pueden hablar de bombardeos quirúrgicos o proyectiles de máxima precisión, todo ello envuelto en esa jerga en el que cada palabra siempre quiere decir algo mucho peor. Eso sólo convence a los convencidos, y entre ellos ya no quedan muchos entre la población iraquí.

La imagen de un general iraquí estrechando la mano de un coronel norteamericano quedará quizá como el principio del fin de un error de proporciones colosales. La disolución por decreto del Ejército iraquí tras el derrocamiento de Sadam ha sido lamentada en tantas ocasiones que poco más se puede decir. Centenares de miles de soldados y oficiales enfurecidos quedaron sin empleo, guardando para sí sus conocimientos en explosivos y tácticas militares. Y no olvidemos que eran los soldados de un Ejército que, en su mayoría, se había negado a luchar contra el invasor y a defender a un dictador al que ya no tenían que temer.

La Administración norteamericana de Irak no hizo el más mínimo esfuerzo para expurgar a ese Ejército del veneno que durante décadas le había inoculado Sadam. Ni siquiera se salvaron los militares, por ejemplo del arma de ingenieros, que podrían haber colaborado en la reconstrucción del país. Como EEUU fracasó en los años noventa en su intento de promover un golpe de Estado contra Sadam surgido de las filas del Ejército, quizá pensó que todos los militares eran seguidores del dictador. ¿Acaso se disolvió el Ejército de la URSS tras el fin del comunismo? ¿O el de Suráfrica tras el fin del apartheid? ¿O el de los países latinoamericanos tras el fin de las dictaduras militares?

El Pentágono pensó que podían hacer lo mismo que en Afganistán, empezar de cero. No se construye unas Fuerzas Armadas en tres años, como se ha demostrado allí. Cualquier Ejército de ocupación carece de legitimidad para imponer el orden. De hecho, durante unos años, como se ha visto en los Balcanes, puede cumplir su labor si los locales comprenden que es la única garantía de seguridad. Los norteamericanos comenzaron a perder ese valor cuando permitieron los saqueos en los días inmediatamente posteriores al derrocamiento de Sadam. Después, los coches bomba y su respuesta desproporcionada en las zonas suníes terminaron por hacer que la población perdiera la confianza en ellos.

Los uniformes de la Guardia Republicana no van a solucionar los problemas de Faluya ni van a impedir los ataques de la resistencia. En cierto modo, suponen un problema más, porque los 900 soldados iraquíes que vigilarán la ciudad, la mayoría con lazos familiares y tribales con Faluya, forman en la práctica una milicia más, de las que ya hay demasiadas en Irak.

Sin embargo, los marines se han visto obligados a tomar la única decisión que impedía que el prestigio norteamericano en el país continuara sumiéndose en un descrédito cada vez mayor. La alternativa era tomar Faluya al asalto y convertir a toda la población iraquí en su enemigo. No se liberan países si el precio es destruir una ciudad. Lo mismo se puede decir de Nayaf y del enfrentamiento con las milicias radicales de Moqtada Al Sáder. Moqtada y Faluya son problemas que sólo pueden solucionar, los iraquíes. Los marines sólo han conseguido convertir a Faluya (una zona atrasada y pobre, inmersa aún en un pasado tribal que sólo garantiza a Irak atraso económico e ideas reaccionarias) en un símbolo de la resistencia y del orgullo nacional. Es un nuevo error corregido a última hora cuando el daño ya está hecho.