23.5.04

La realidad a través de la TV

Las cámaras robotizadas no dan la felicidad. Y, probablemente, tampoco tengan alma. Se nos dijo que la retransmisión de la boda de los Príncipes de Asturias sólo contaría en el interior de la catedral con dos cámaras (es decir, camarógrafos, seres humanos con una cámara al hombro). Las demás serían cámaras robotizadas manejadas por control remoto.

Esos dos camarógrafos se acercarían a la pareja en el momento del sí quiero. Con buen criterio, decidieron ahorrar a los novios la visión de dos robots de 200 kilos deslizándose lentamente hasta el altar. Estas cosas hacen perder la concentración a cualquiera.

Donde no había robots era en el control de la realización. Y allí se decidió dar a la retransmisión ese espíritu que suelen llamar institucional, y que se caracteriza por la ausencia de sentido periodístico y, sobre todo, de emoción. La ceremonia tuvo una acusada inflación de planos generales, con los que, supongo, se pretendía realzar la solemnidad del acto. Ciertos momentos llamativos y sugerentes de la boda fueron así hurtados al espectador, que tuvo que imaginárselos o verlos de lejos.

No se vio realmente el trayecto de la novia desde el coche hasta el interior, quizá porque algunos pensaban que eso daría mala imagen. Pero tampoco es que se viera muy bien a la novia cuando se acercaba al altar. La falta de sentimiento en uno de los momentos de más fuerza de la ceremonia, en las bodas la entrada de la novia es cuando los invitados suelen estar más atentos, alcanzó el nivel de frigidez televisiva unos segundos después. Por fin, los novios estaban juntos, incluso se daban un beso (el príncipe se lo había ganado con tanta espera), y la cámara elegida estaba a años luz.

El realizador quería que la primera imagen de los novios juntos fuera un plano perfectamente compuesto, como si ambos se hubieran colocado en unas presuntas equis pintadas en el suelo. Quien salió perdiendo fue el espectador.

Los 20 minutos de retraso de la novia se aliaron, sin embargo, con el espectador. Como no se puede estar tanto tiempo con planos generales, el realizador pudo, o se vio obligado a, darnos planos cortos del príncipe y de sus padres, el primero aguantando el tirón mirando todo el rato a la puerta y los segundos sonriéndole para darle ánimos. Lo que se ve en todas las bodas, y no por visto o supuesto hace que pierda emoción.

En cualquier retransmisión televisiva, espero que no se considere sedicioso comparar una boda real con un partido de fútbol o unos juegos olímpicos, los planos generales aportan información útil, pero hacen que el espectador no se implique en lo que está viendo. El gesto rabioso de un futbolista que ha cometido un error o la alegría de un novio que se va a casar son las imágenes que transmiten emoción.

Es de ley reconocer que el realizador tuvo el buen gusto de ahorrarnos planos de esos engendros que son las pinturas del líder de una organización religiosa, llamado Kiko Argüello, cuyas ínfulas artísticas han poseído el alma del cardenal Rouco Varela. Se impone un exorcismo para liberarle de esta posesión demoníaca, que bien podría administrar el director del Museo del Prado.

La competencia profesional de las personas de TVE que diseñaron y ofrecieron la retransmisión esta fuera de toda duda. Lo que resulta casi imposible de conseguir es que esos profesionales se liberen de tantos años de censura y autocontrol para poner su trabajo al servicio de la comunicación, y me refiero tanto a los hechos como a las emociones.

Sería una equivocación pensar que todo esto interesa tan sólo a los profesionales de la televisión. Quizá no se haya destacado lo suficiente, pero conviene saber que una de las decepciones mayores de la boda fue el escaso número de personas que salieron a la calle para contemplar el recorrido de los novios. Se había hablado de que podía haber un millón o millón y medio de asistentes, como así la asistencia masiva a las manifestaciones contra el terrorismo o la guerra confirmara que los españoles no pierden la oportunidad de saltar a las aceras a nada que les convoquen para algo importante o que se salga de lo normal.

Es obvio que la lluvia desalentó a mucha gente, al igual que la presencia policial. Resulta difícil otear algo si tienes enfrente una barrera de policías, a razón de uno por cada dos metros. Y no olvidemos que la estatura media de los policías suele ser mayor que la del resto de la población.

Siempre habrá algún ocurrente que apele a los sentimientos republicanos de la gente. Son más amplios entre los jóvenes de lo que los políticos creen, pero siempre he sostenido que a la mayoría de los españoles les trae ya sin cuidado el anacrónico debate de la forma de Estado, monarquía o república. Ni son monárquicos ni republicanos, sólo aspiran que la jefatura del Estado les represente con dignidad y a un coste económico razonable. Ya se vertió demasiada sangre por ello en el siglo XX.

La razón de la escasa asistencia al recorrido por las calles de Madrid estriba en que la televisión puede ya con todo, incluida la monarquía. La gente ya sólo asocia la realidad a lo que sucede a través de la pantalla. Y si algo le interesa mucho, se apresura a pegar las narices al televisor, convencido de que ahí lo verá todo mucho mejor, si los realizadores impregnados de espíritu institucional se lo permiten.

Por cierto, el hecho de que la gente tenga esa sensación no quiere decir, desde luego, que eso sea verdad o que lo sea siempre. Ya sabemos que a veces las imágenes mienten.

Pero eso queda ya para otro día. A fin de cuentas, sólo estoy intentando recuperarme del peso de haber tenido que trabajar el sábado. No negaré que la contemplación durante unos 15 segundos de la entrada de la reina Rania de Jordania supuso un inmenso alivio, tanto para la carne como para el espíritu, pero no estoy tan seguro de si compensó tener que meterme entre pecho y espalda durante dos horas, eso sí, desde la redacción, las entradas de invitados a la catedral. La blusa de Rania y ver a Aznar hacer cola detrás de los representantes de alguna corrupta familia real del Golfo Pérsico, no consta su pertenencia al eje del mal, casi, casi, casi permitió soportar el resto.