4.5.04

La humillación

Algunos recordarán que antes de la guerra de Irak, se dijo que el Pentágono estaba proyectando en sesiones privadas la película de Gillo Pontecorvo “La batalla de Argel”. No, no existe un cine-club en el Pentágono, sencillamente querían que algunos mandos militares fueran conscientes de los retos, moralmente dudosos, a los que se iban a enfrentar ante el probable supuesto de que tuvieran que convertirse en una fuerza de ocupación. La película tiene muchas lecturas pero hay una que se destaca sobre las demás: no importa lo limpios que sean los ideales del país al que representan, si un ejército de ocupación que se enfrenta a una violenta guerrilla termina utilizando sus mismos métodos, al final no hay más justificación para su comportamiento que la simple aplicación de la fuerza bruta. Y en ese momento, el Ejército comienza a perder la guerra.

Eso es lo que ya está ocurriendo en Irak, según el historiador Juan Cole: “The US has lost the battle of photographs”. La Casa Blanca puede impedir, con la colaboración de los medios de comunicación y durante unos días, que imágenes como las de las torturas a los presos en la prisión de Abú Ghraib golpeen a los norteamericanos desde los periódicos y las televisiones. Pero al final, la superioridad militar no puede ocultar que existe otra guerra, la de las imágenes, en la que estas fotos han tenido el mismo impacto letal que un puñado de B-52.

La razón que enfurece a la opinión pública árabe es el sentimiento de humillación. Humillación ante la falta de libertades en una zona del mundo en la que el mayor elogio que se puede dirigir a un Gobierno es que “sólo” es un régimen autoritario. Humillación por la falta de oportunidades económicas. Humillación por la pasividad de Occidente ante las muertes de civiles inocentes dentro de los capítulos de daños colaterales. Humillación porque no puede negar que una cultura que produjo el abundante progreso social y tecnológico de la Córdoba de los Omeya se encuentra en una decadencia imparable.

Todos estos sentimientos de humillación (confusos, a veces contradictorios, pero siempre sentidos) encontrarán a partir de ahora una imagen inconfundible para representarlos. No importa cuántos casos de tortura puedan demostrarse, los que ya han surgido tendrán la capacidad de simbolizar a miles más, fingidos o reales.

Las imágenes ofenden a cualquiera que las contemple, y eso incluye al presidente de EEUU. No dudo de que George Bush dice la verdad cuando dice que está triste y conmocionado por lo que ha visto. Podría haberse ahorrado esa impresión si hubiera permitido que el Comité Internacional de la Cruz Roja hubiera visitado todas las prisiones, incluidas las zonas reservadas de la prisión de Abú Ghraib que la inteligencia militar se había reservado para sus experimentos. Amnistía Internacional ya ha dicho que los casos de tortura no se limitan a esta cárcel. Ahora ya es demasiado tarde para anunciar que los prisioneros iraquíes no serán encapuchados ni en prisión ni cuando sean detenidos.

Una vez más, las mentiras sobre las armas de destrucción masiva continúan minando la credibilidad de EEUU en el mundo. No importa cuántos militares sean condenados a penas de prisión por las torturas o amonestados por no haber impedido los abusos. Las explicaciones (no sabíamos que estaba pasando esto, es obra de unas pocas personas mal entrenadas y sin escrúpulos) quedarán bajo la permanente sombra de la sospecha. Nos engañaron una vez, dirán en el mundo árabe con o sin pruebas, ahora también nos engañan cuando afirman que la mayoría de los soldados norteamericanos respetan a los detenidos.

Todos sabemos que muchos de los detenidos por pertenecer a Al Qaeda no acaban en Guantánamo sino que son enviados a bases militares norteamericanas repartidas por medio mundo o, aún peor, son entregados a los servicios de inteligencia de algunos regímenes árabes conocidos por las torturas que aplican a los presos peligrosos. Algunos periodistas como Mark Bowden, autor de “Black Hawk Down”, han escrito largos artículos en la revista “The Atlantic Monthly” sobre si es legítimo emplear la tortura cuando se tiene la posibilidad de impedir un atentado masivo. No olviden que las primeras fotos que salieron de Guantánamo, y que tanto escándalo crearon, (los presos arrodillados y con los ojos, oídos y narices tapados) fueron difundidas por el propio Pentágono. ¿No se dieron cuenta del impacto que podían tener estas imágenes o querían dejar claro que eso era lo mínimo que esperaba a los detenidos?

La tortura ha vuelto con nosotros (quizá nunca se fue) para quedarse. Lo único que no se tolera es que salga a la luz.