8.5.04

La aberración permanente

Cada día que pasa las noticias que surgen de la prisión iraquí de Abu Ghraib son más sombrías. Las fotografías conocidas hasta ahora sólo reflejan una parte de una realidad en la que las palizas a los presos eran un hecho frecuente. En muchos casos, las víctimas de los malos tratos ni siquiera eran miembros de la resistencia ni delincuentes comunes, sino personas detenidas sin motivo.

La agencia Reuters ha localizado en California a tres soldados que pudieron ver cómo las palizas eran algo habitual en esa cárcel:

Tres policías militares norteamericanos que sirvieron en la prisión de Abu Ghraib, en Bagdad, dicen que fueron testigos de casos aún no conocidos de malos tratos a prisioneros y que esas prácticas eran habituales.

“Los abusos a los prisioneros son algo común”, dice el sargento Mike Sindar, de 25 años, de la 870º Compañía de Policía Militar de la Guardia Nacional en su base de la bahía de California. “Vi palizas constantemente”.


Por lo que cuentan, la situación era aún peor el año pasado. Antes, era normal que los presos llegaran a la cárcel con huesos rotos tras ser detenidos. En enero y febrero, el control aumentó y dejaron de llegar en ese estado.

El intento de las autoridades militares de limitar la responsabilidad de los abusos a un grupo reducido de soldados (precisamente, el que aparece en las fotos) puede verse torpedeado por nuevos testimonios como éstos. Otros militares y civiles que conocieron Abu Ghraib por dentro pueden no estar muy de acuerdo con la decisión de utilizarlos como chivos expiatorios. Ni siquiera en las ciudades de las que proceden están contando con mucho apoyo. Ya se sabe que uno de ellos, el que aparece con los brazos cruzados mirando a la cámara detrás de una pila de presos desnudos, tiene un historial violento. Tras su divorcio, fue denunciado por su ex mujer por acoso, hasta que un juez decretó una orden de alejamiento.

Habrá pocas simpatías por estos reservistas que disfrutaban tanto con lo que hacían que no tenían inconveniente en salir retratados sonrientes mientras vejaban y humillaban a los detenidos.

Sin embargo, lo que ocurría dentro de Abu Ghraib no era sólo responsabilidad de un grupo reducido de sádicos. The Guardian ha entrevistado a un ex militar que trabajó en esa cárcel para una empresa privada contratada por el Pentágono:

Muchos de los presos que han sufrido abusos en la prisión de Abu Ghraib eran iraquíes inocentes, detenidos por azar por las tropas de EEUU y encarcelados por oficiales de inteligencia no cualificados para el puesto, según ha contado a The Guardian un ex interrogador norteamericano de esa cárcel.

Torin Nelson, que sirvió como oficial de inteligencia en Guantánamo antes de trasladarse a Abu Ghraib contratado por una empresa privada, culpa de los abusos a los errores del alto mando de la inteligencia militar y al uso excesivo de empresas privadas.

Afirma que esas empresas estaban tan necesitadas de cumplir su servicio que enviaron “cocineros y conductores de camiones” para que trabajaran como interrogadores.


Nelson aparece citado en el informe militar sobre los abusos, pero como testigo, no como sospechoso. Cuenta que muchos de los presos eran inocentes, pero que el poco experimentado personal de inteligencia que se ocupaba de los interrogatorios no estaba preparado para distinguir a unos de otros:

“Una unidad sale en una misión, y tienen un objetivo (al que detener), y no lo encuentran. Se limitan a detener a otra persona, porque ése es su trabajo”, dice Nelson, refiriéndose a las operaciones contra la insurgencia. (...) “He leído informes de esas unidades en los que se había escrito: “El objetivo no estaba en casa. El vecino salió a ver qué pasaba y le capturamos”.

Nelson trabaja para CACI International, una de las empresas de seguridad que operan en Irak. Cuenta que la presión del Ejército a estas empresas para que encuentren a personas para estos puestos es tan grande que terminan enviando a gente no preparada.

Algunos de los comentarios más repetidos estos días en EEUU se refieren al cáracter antiamericano de los abusos, como si un mandato divino impidiera a los nacidos en ese país caer tan bajo. Evidentemente, es más fácil encontrar casos como éstos en dictaduras, como la de Sadam, que en democracias, como la norteamericana o la española. Pero pretender que algunos países, algunas culturas, algunas razas, están más predispuestas que otras a estos excesos supone desconocer la naturaleza humana.

Anne Applebaum, en The Washington Post, recuerda que la historia del siglo XX nos dice que cualquier cultura es capaz de cometer estas atrocidades, si se dan las condiciones adecuadas:

De hecho, no es difícil crear una situación en la que simples soldados de cualquier nacionalidad se sientan con derecho a maltratar a prisioneros de guerra. Todo lo que se necesita es el sentimiento de que las reglas ordinarias no son aplicables, una situación más conocida como la ausencia de la ley. En las sociedades totalitarias, la ley está ausente por definición. Pero incluso en las democracias, la ley a menudo queda suspendida durante la guerra. Hace más de 2.000 años, Tucídides escribió sobre la guerra como el momento en el que “las convenciones de la vida humana” son “enterradas por la confusión”.

La guerra contra el terrorismo ha hecho creer al Gobierno de EEUU de que puede liberarse de esas convenciones legales que son el fundamento de la democracia, de las normas que obligan a que los presos no sean maltratados, como en Abu Ghraib, y que tengan derecho a un abogado y a un juicio, a diferencia de lo que ocurre en Guantánamo.