9.5.04

JASP en Bagdad

Miles de altos cargos y funcionarios trabajan en la CPA (la Administración norteamericana de Irak que dirige Paul Bremer). Los círculos progresistas de EEUU están escandalizados porque muchos de ellos, y no en cargos menores, no son especialistas en reconstrucción de países ni tienen ninguna experiencia de trabajo conjunto con militares, ONGs o agencias de Naciones Unidas. La Casa Blanca y el Pentágono han preferido confiar en algunos jóvenes militantes del Partido Republicano que tienen la ambición y el arrojo suficientes como para desplazarse a Irak.

La revista The Washington Monthly lleva un tiempo identificando a algunos de ellos. Simone Leeden es hija de un conocido intelectual neoconservador (de la estirpe de Wolfowitz y Perle). Tiene 29 años y acaba de terminar un máster en administración de empresas. Estos atributos profesionales fueron suficientes para recibir el encargo de asesorar al Ministerio iraquí de Finanzas en el norte de Irak.

Otro ejemplo singular es el de Dan Senor, también con un MBA de Harvard, cuya única experiencia en medios de comunicación es haber trabajado unos meses como adjunto del secretario de Prensa de la Casa Blanca, Scott McLellan. Por eso, fue nombrado para dirigir la reconstrucción de los medios de comunicación iraquíes, los oficiales obviamente, tarea en la que no se puede decir que haya tenido mucho éxito.

Los hay más veteranos, pero su currículum nunca incluye haber participado en los trabajos de reconstrucción que la comunidad internacional, a veces con la intervención directa de EEUU, ha emprendido en lugares como Angola, Camboya, los Balcanes o Timor Oriental.

Y para algunos trabajos, en los que era complicado encontrar voluntarios, han tenido que bajar mucho el nivel. Jay Hallen tiene 24 años y, según The Wall Street Journal, “estudió ciencias políticas en Yale, raramente veía los canales de TV especializados en información económica y no seguía las noticias de la Bolsa”. En la CPA, trabaja en la reconstrucción del mercado de valores de Irak.

Es como si nosotros enviáramos a Alejandro Agag a Afganistán a aconsejar al nuevo Gobierno afgano sobre la reconstrucción de las carreteras.