19.4.04

Retirarse sin perder el tiempo

La retirada de las tropas españolas en Irak fue un compromiso de Zapatero en la campaña electoral que él mismo reiteró un día después de su victoria en las urnas. Durante el debate de investidura, el presidente del Gobierno volvió a insistir en el tema, aunque no con la misma contundencia, lo que desató algunas dudas. Todas esas dudas quedaron eliminadas con el anuncio de ayer domingo. A primera vista, puede parecer que la decisión de Zapatero ha sido sorprendente por su rapidez. Si la fecha definitiva para saber si la ONU tendrá un protagonismo mayor en Irak era el 30 de junio, ¿podría haber esperado más tiempo para sacar las tropas?

Quizá lo que hay que tener presente es que nunca hubo ninguna intención de cambiar de opinión y, por tanto, no había lugar a ningún giro, del estilo, ya saben, del referéndum de la OTAN. La reacción moderada de la Casa Blanca, que daba por hecha la decisión, hace pensar que las terribles presiones que algunos preveían nunca llegaron a producirse. Juan Cole, profesor de la Universidad de Michigan y experto en el mundo shií, tiene otra teoría y se refiere al cerco por las tropas norteamericanas de la ciudad de Nayaf, en el que participa indirectamente una dotación de 200 soldados españoles:

“Debe recordarse que las tropas españolas no están en cualquier punto de Irak. Estan alrededor de Nayaf. Y Nayaf es donde están apuntando todos los satélites de la coalición. Puede convertirse en el epicentro de un inmenso terremoto si se produce una escalada de los enfrentamientos entre la Coalición (los soldados norteamericanos) y el Ejército del Mahdi (la milicia rebelde de Moqtada al Sader) a causa de la relevancia religiosa de la ciudad. Zapatero lo sabe y habrá recibido información de sus militares en Irak que saben que están colocados junto al borde de un volcán activo”.

La retirada no puede ser instantánea y necesitará de varias semanas, quizá hasta dos meses, para que se haga en condiciones. Por tanto, aún hay tiempo como para que los temores de Juan Cole se confirmen. Creo que las posibilidades de un ataque frontal de los norteamericanos contra Nayaf, al que llaman el Vaticano shií, son bastante reducidas. De entrada, podría causar un llamamiento del líder espiritual de los shiíes, el gran ayatolá Alí Sistani contra la ocupación. Millones de shiíes, y no sólo los seguidores radicalizados de Moqtada al Sader, se sentirían obligados a alzarse en armas. Una palabra de Sistani y la ocupación habría tocado a su fin, dejando tras de sí un océano de anarquía.

El jefe de las FFAA norteamericanas, el general Myers, ya dijo el domingo que no cree que sea necesario un asalto frontal sobre Nayaf. Sin embargo, el gobernador norteamericano de Irak, Paul Bremer, ha anunciado que su paciencia se está acabando:

Sin señales de un acuerdo en las conversaciones con los rebeldes de Faluya y Nayaf, el líder de la ocupación norteamericana (así le llama The New York Times), parece estar más cerca de un desenlace militar, al decir que la negativa de los rebeldes de aceptar las exigencias norteamericanas requerirá una actuación decisiva contra “los que quieren llegar al poder con las armas”.

Ahora acaba de salir una noticia de última hora, que dice que se ha alcanzado un acuerdo definitivo de alto el fuego con la intención de poner fin a los combates en Faluya. Según la agencia UPI, el pacto estipula que los rebeldes entregarán lanzagranadas y morteros (no dice nada sobre fusiles y pistolas) a cambio de no ser detenidos, que la ciudad será patrullada por unidades conjuntas del Ejército norteamericano e iraquí, y que los civiles que han huido de Faluya podrán volver, pero sólo en grupos diarios de 50 personas.

Si la noticia se confirma, tendrá unas consecuencias indudablemente positivas. Los combates de las últimas semanas han detenido todas las tareas de reconstrucción del país, según The Washington Post:

Miles de trabajadores de empresas privadas han quedado confinados en sus residencias en la fortificada Zona Verde de Bagdad, que alberga el cuartel general de la ocupación norteamericana. Los viajes cotidianos fuera del complejo para reparar centrales eléctricas, plantas de tratamiento de agua y otros partes de la destrozada infraestructura iraquí son ya considerados demasiado peligrosos, incluso con escoltas armados.

A este problema se añade el miedo creciente a represalias de los insurgentes contra los iraquíes que trabajan para las contratas y la autoridad de la ocupación. Un alto número de iraquíes ha dejado de presentarse en sus puestos de traductores y personal de apoyo y mantenimiento en la Zona Verde, incluso cuando no tienen otras alternativas de un empleo bien pagado.

La situación de la seguridad “ha afectado de forma dramática a la reconstrucción”, dice un alto cargo norteamericano en Bagdad. “¿Cómo se puede reconstruir un país cuando estás confinado en tu residencia y sólo una pequeña parte del personal iraquí se presenta a trabajar?”

Para comprobar además hasta qué punto la inseguridad pone en peligro el objetivo de la reconstrucción, The New York Times publica hoy un reportaje sobre las cerca de 20.000 personas de empresas de seguridad privada que trabajan en Irak. Con sueldos que están en torno a los 1.000 dólares diarios, se calcula que en estos momentos el 25% de los fondos de la reconstrucción se están utilizando en costear la seguridad de esos proyectos.