19.4.04

Los agujeros negros del periodismo

Me dicen que en las tertulias de la COPE se han lanzado como lobos para pedir comisiones de investigaciones a cuenta del reportaje publicado en El Mundo, (“Los agujeros negros del 11-M”) con lo que resulta bastante fácil empezar a atar cabos. En la misma línea de los que argumentan que el atentado contra las torres gemelas fue una conspiración urdida por el Mosad y la CIA, el "reportaje" (las comillas son fundamentales en este caso) es una sucesión de teorías de la conspiración del estilo que sólo suele encontrarse en los tabloides británicos, y no en sus mejores días.

Después de intentar antes de las elecciones adjudicar la autoría de los atentados de Atocha a ETA, algunos medios de comunicación se han propuesto inventarse una mano negra para justificar la derrota del PP. Primero comenzaron diciendo que el PSOE contó con información de primera mano filtrada por responsables policiales, algo que es posible pero que no tuvo por qué influir en la investigación. (Sin embargo, nadie se cree que después de ocho años de Gobiernos del PP los responsables de la Policía sigan siendo los mismos que en la época del PSOE. De hecho, la mayoría están ya jubilados aunque supongo que aún cuentan con fuentes en el cuerpo).

Estos artículos no podían suscitar muchas sospechas, porque a fin de cuentas si por algo se vio desbordado el Gobierno fue por los resultados de las investigaciones policiales, que le impidieron seguir manteniendo con la misma fuerza la hipótesis de la autoría de ETA. Al final, se han dado cuenta del problema de partida y han ido a por todas: las pruebas que condujeron a la detención de los presuntos autores fueron colocadas, se supone que por la policía o los servicios de inteligencia, y los marroquíes detenidos son sólo unos delincuentes comunes de medio pelo a los que han convertido en chivos expiatorios.

La primera y equivocada identificación del explosivo utilizado, titadine, resulta ser una trampa para engañar al Gobierno. Policías y agentes del CNI se ponen a trabajar al servicio del PSOE. La Guardia Civil es apartada de la investigación (¿sin que lo sepa Acebes?). Los restos de explosivos encontrados en la furgoneta son colocados a posteriori, como el resto de las pruebas (“como en el cuento de Pulgarcito”, cuenta el artículo, “alguien que encuentra el camino porque previamente ha dejado las piedrecitas blancas que le indican el mismo”). Se hacen estallar las mochilas con explosivos que no han estallado para que no revelen lo que hay dentro, cuando podrían haber sido desactivadas con “un simple chorro de agua” (sic) (si es tan fácil desactivar una bomba, ¿para qué necesitamos a los tedax y esos robots tan caros si con un buen manguerazo es suficiente?), la mochila que no estalló y que fue desactivada también ha sido colocada por alguien, el ex minero que vendió la dinamita a los terroristas resulta ser un tipo medio loco, los supuestos terroristas ya saben que van a detenerlos y no hacen nada por escapar, y, en fin, el terrible final de toda esta historia con los terroristas suicidándose y matando a un geo resulta ser… “la farsa de Leganés”.

En la más pura tradición de las novelas de Fredric Forsyth, los elegidos para cargarse con el mochuelo son eliminados en una explosión que borra todas las pruebas. Cinco páginas enteras del periódico y el lector se queda sin saber quién ha cometido los atentados. Sólo intuye que se ha producido la mayor conspiración de la historia de la democracia española, pero nada se dice de sus autores. Han matado a 190 personas y a un agente de los GEO sólo para acabar con Aznar y Acebes.

Aún quedan muchos puntos oscuros en la investigación de los atentados de Atocha. De hecho, los periódicos han publicado muchas pistas y hallazgos que se contradicen entre sí. Pero de ahí a decir que ha habido una gran conspiración delante de las mismísimas narices de Acebes, sin aportar una sola prueba y presentando indicios que están a la altura del inspector Clouseau, eso ya me parece que es ir demasiado lejos.