12.4.04

La Ofensiva del Tet



En 1968, el Ejército de Vietman del Norte y el Vietcong lanzaron una gran ofensiva coordinada por todo el sur del país, incluidas las grandes bases militares y la mismísima embajada de EEUU en Saigón. Fue la Ofensiva del Tet. El general Giap sacó la guerra de la jungla y la llevó hasta las calles de las grandes ciudades y los televisores de los norteamericanos. Las mentiras de la Administración Johnson quedaron al descubierto: el enemigo que estaba a punto de ser derrotado se convirtió de improviso en un adversario con la fuerza y la organización necesarias como para colocar a los norteamericanos a la defensiva.

Lo cierto es que la Ofensiva del Tet fue un colosal fracaso militar para Giap y el Vietcong. Giap envió al combate a 70.000 de sus hombres y perdió a 50.000 de ellos. Pero, quizá sin saberlo al principio, consiguió una gran victoria propagandística dentro de EEUU. A partir de ese momento, la mayoría de los corresponsales norteamericanos en Vietnam llegó a la conclusión de que esa guerra no se podía ganar. (A veces, la percepción tiene tanta o más fuerza que la realidad. El veterano periodista Arnaud de Borchgrave que cubrió el Tet para Newsweek, cree que muchos de sus colegas se equivocaron).

Lo que se ha visto en Faluja y en varias ciudades del sur de Irak en los últimos diez días no es una copia del Tet 36 años después. Sí hay una idea que vale ahora tanto como entonces: los militares, por mucha potencia de fuego que tengan, no pueden solucionar los problemas políticos derivados de una ocupación. En 1968, los marines barrieron a sus atacantes. En el 2004, los marines tienen los medios para no dejar piedra sobre piedra en Faluya. Sin embargo, de la misma forma que nadie puede sentarse sobre una bayoneta, también puede decirse que es imposible poner en marcha una transición a la democracia a golpe de helicópteros Apache y tanques Abrams.

La prensa norteamericana es consciente de ello y lo mismo se puede decir de algunos altos mandos militares, según The New York Times (“Some in Military Fear a Return to Iraqi Battles Already Fought”):

“A algunos altos cargos del Pentágono y oficiales militares aquí (en EEUU) y en Irak les preocupa que sin un proceso político que lleve a la formación de un nuevo Gobierno con apoyo popular, las actuales operaciones militares para imponer el orden en las ciudades suníes y shiíes volverán a repetirse en los próximos meses”.

Hoy, el principal portavoz militar norteamericano en Bagdad ha dado la cifra de bajas sufridas en este mes de abril. 70 soldados “de la coalición” (la mayoría marines) han muerto en doce días, lo que va a convertir este mes en el más sangriento de la ocupación para EEUU. El general Mark Kimmitt ha incurrido en el mismo error de sus colegas de la era de Vietnam: intentar amortiguar estas cifras con el número de cadáveres del enemigo. Kimmitt los ha cifrado en 700 combatientes iraquíes muertos y después ha dicho que no han hecho un cálculo de las bajas entre la población civil iraquí. (Fuentes hospitalarias citadas por Al Jazeera hablan de 600 muertos, sólo en Faluya, entre civiles y combatientes. El recuento de Associated Press llega a 880).

Es poco probable que estos cálculos de cadáveres sirvan de consuelo a los norteamericanos (obviamente aún menos a los iraquíes). Especialmente, cuando hayan leído hoy que nueve de sus compatriotas están desaparecidos, quizá secuestrados. O cuando hayan visto las imágenes de los rehenes japoneses con un cuchillo al cuello. O cuando les digan que los marines tienen problemas para recibir en Faluya los suministros necesarios porque los convoyes que salen de Bagdad son atacados un día tras otro. O cuando les digan que sus soldados están repartiendo democracia con una política que está dejando a su paso una pila de cadáveres.

¿Y qué pueden pensar los iraquíes que rechazaban la violencia de la resistencia o de los radicales shiíes? ¿Van a continuar siendo aliados implícitos de los mismos soldados que están bombardeando a sus compatriotas?

“La anarquía ha sido una condición de nuestra ocupación desde los primeros días cuando permitimos los saqueos y los incendios que destruyeron la infraestructura y la historia de Irak”, escribe Robert Fisk. “Pero ese caos está volviendo ahora para perseguirnos a nosotros. Estamos inmersos en esa anarquía, en un pueblo con el que no tenemos un idioma, una religión y una cultura comunes”.

EEUU dice que sus soldados están combatiendo para devolver la libertad a los iraquíes, para que tengan un Ejército que les defienda y no les masacre, para que tengan unos dirigentes religiosos que les guíen espiritualmente, pero que no les gobiernen. Si es así, ¿por qué el embrión del Ejército iraquí no está combatiendo con los norteamericanos para derrotar a esos enemigos de la libertad? ¿Por qué el Consejo de Gobierno Iraquí se limita a negociar una tregua, pero sólo por motivos humanitarios, porque sabe que no puede tomar ninguna decisión que no pase por la mesa del virrey Bremer? ¿Por qué el gran ayatolá Sistani, líder espiritual de los shiíes, no ha empeñado su prestigio para detener la rebelión de Moqtada Al Sader?

Los norteamericanos han querido siempre mantener las riendas de la situación. Hace dos semanas, ya se aseguraron el control operativo del nuevo Ejército iraquí, para después de la entrega de la soberanía en junio. De momento, tanto ellos como sus fuerzas militares aliadas, incluidos los soldados españoles, sólo han podido gestionar el caos, con la intención de que al menos no se desbordara.

Ahora que el caos se extiende por el país, ¿cuál es el plan, señor Bremer?