28.4.04

La mano del padrino



Esta fotografía de Sergio Pérez Sanz, de la agencia Reuters, ha recibido el Premio Ortega y Gasset de Periodismo que concede el diario El País. Es un nuevo ejemplo de que el mundo se ve mejor desde las alturas. Pérez Sanz ha explicado que pudo sacarla gracias a que estaba ligeramente por encima del resto de los fotógrafos:

“La suerte fue subirme a una escalera de mano de un compañero de la televisión de Reuters, mi agencia. Desde tres metros de altura, vi los dedos de Bush, y los demás colegas, en el suelo, no podían”.

La imagen también se vio desde una cierta perspectiva en España, por algo las Azores son unas islas que quedan a una altura inferior a la Península Ibérica. La mano de Bush sobre el hombro de José María Aznar fue una forma de decir a los españoles que su jefe contaba con la protección del gran padrino. Por alguna razón, los españoles no se sintieron muy aliviados.

Suele ocurrir en las películas de la mafia. El tendero paga religiosamente las pequeñas cantidades de dinero que el extorsionador le exige a cambio de sobrevivir sin problemas en un lugar peligroso. El mafioso, traje bien cortado, media sonrisa y quizá un palillo entre los dientes, le convence, sin necesidad de grandes alardes violentos, de que no pagar acarrearía problemas molestos para todos. El tendero no rechista, aunque un sudor frío le recuerda que nunca se librará de esa mano que le acaricia la espalda y que puede cerrarse como una garra en cualquier momento.

Aznar parece rejuvenecido en la foto. No hallamos en ella el gesto adusto que le acompaña en tantas imágenes. Lleva el pelo levemente despeinado y una mirada relajada, como de sentirse a gusto.

La foto se ha convertido en un pequeño símbolo de la Santa Alianza que se embarcó en la invasión y el derrocamiento de la dictadura de Sadam Hussein. Pero no es una gran foto. No requirió del reportero más esfuerzo que su pericia profesional y una escalera. Estaría bien que los jurados de los premios de fotografía elevaran un poco el listón y buscaran grandes fotografías, y no pósters con gran valor simbólico.

De momento, ya le han amargado el desayuno al director de El Mundo que titula la noticia del premio con: “Prisa premia la foto de las Azores”. Pero lo cierto es que pudiendo dar la noticia en un breve, elige dar la fotografía, consciente de que la imagen sigue mereciendo la pena.

Recuerdo que vi las imágenes de la Cumbre de las Azores en el bar del hotel American Colony, en Jerusalén, un lugar oscuro y ruidoso, lleno de periodistas que esperaban a ver si la inminente guerra tendría un ruidoso capítulo en Israel en forma de misiles Scud cargados de Dios sabe qué sustancias. Sólo quedaban cuatro días para el comienzo de la guerra. Un televisor conectado con la BBC retransmitía en directo la conferencia de prensa con la que se cerraba la cumbre. Pocos prestaban atención.

Supongo que los periodistas presentes en el bar intuían que el inicio de los combates era cuestión de días y que la cumbre era sólo una oportunidad publicitaria para hacer ver que Bush no estaba solo y que contaba con poderosos (?) aliados, incluso en la Europa que se resistía a sus encantos bélicos. Recuerdo que me pregunté el efecto que tendría ese momento en Oriente Medio. ¿Cuánto nos costarían los minutos de gloria de Aznar entre las poblaciones árabes, cada día más conscientes de que se encuentran en el bando perdedor de todos los conflictos habidos y por haber?

No eran los Gobiernos árabes los que debían preocuparnos. Por mucho que protestaran, más tarde o más temprano, terminarían pasando por caja. La mayoría necesita de los mercados europeos para sus productos y para sus inmigrantes. Y siempre encontrarán un interlocutor más comprensivo en los Estados Europeos que en Washington. Pero no estaba tan seguro cuando pensaba en los habitantes de los países árabes, doblemente reprimidos, por sus Gobiernos autoritarios y por un estado de cosas mundial en el que sólo parecen poder jugar dos papeles: el siervo obediente de Occidente y el fanático suicida dispuesto a morir matando.

Unos días después, mientras asistía en Jenin al entierro de cuatro miembros de la Yihad Islámica asesinados por el Ejército israelí mientras dormían (trabajar en Oriente Medio da la oportunidad de tener una intensa vida social en actos de todo tipo), un joven se acercó para preguntarme por las imágenes de las Azores, dolido por la presencia de España en el cónclave preparatorio de la guerra. Intenté explicarle que a veces los Gobiernos toman decisiones que no consultan con sus ciudadanos y que defienden intereses muy alejados de las necesidades de su gente. Viendo más tarde a los tipos que disparaban al aire con sus kalashnikov mientras se recitaban los nombres de los difuntos pensé que estas elegantes reflexiones eran tan inútiles como irreales.

En muchos otros lugares como Jenin, las imágenes de las Azores se interpretarían como una confirmación de que vivimos en un mundo en el que unos pocos, realmente poderosos, pueden invadir un país con una campaña basada en mentiras y en denuncias cínicamente olvidadas hasta que conviene extraerlas de las hemerotecas. Algunos terminan pensando que contra este injusto lenguaje del poder, sólo se puede luchar con injusticias aún más brutales.