1.3.04

La familia Manson

Tras los atentados del 11S y el chasco por la ausencia de armas de destrucción masiva en Irak, muchos norteamericanos se preguntan para qué sirven los servicios de inteligencia. Miles de millones de dólares de presupuesto anual y ni siquiera tienen suficientes traductores de lenguas digamos exóticas para traducir los documentos y conservaciones interceptadas. Pero lo cierto es que algunos funcionarios de la CIA sí alertaron del peligro que suponía Osama Bin Laden varios años antes del 11S. Sus superiores no les escucharon porque no daban mucho crédito a sus advertencias o porque pensaban que sus planes de acción eran una quimera. Entre ellos, por cierto, estaba el actual director de la CIA, George Tenet. Los políticos de la Administración Clinton eran aún más recelosos. Formaban parte de una generación que había crecido con el tenebroso historial de la CIA en América Latina.

La unidad de agentes y analistas encargada de seguir el rastro de Osama estaba tan convencida de su estatus de colgados a los que no se les hacía mucho caso que se impusieron el apodo de “la familia Manson”. El resto de la agencia los consideraba una secta. Es una de las revelaciones de dos largos artículos de The Washington Post que se leen como si fuera una novela de espías basada en hechos reales: A Secret Hunt Unravels in Afghanistan y Flawed Ally was Hunt’s Best Hope.

La lectura de los artículos revela que la CIA nunca estuvo muy cerca de echarle el guante a Bin Laden. Washington perdió su mejor oportunidad cuando el Gobierno de Sudán se ofreció a entregarlo empaquetado, pero ni Arabia Saudí (que no quería tenerlo dentro del país, ni siquiera en una celda) ni EEUU (que aún no tenía pruebas que lo relacionaran con atentados concretos) aceptaron la oferta. Cuando Bin Laden encontró refugio en Afganistán, convirtiéndose de hecho en el ministro de Defensa de los talibanes, quedó fuera del alcance de sus enemigos.

El segundo artículo del Post relata los contactos entre la CIA y el mayor adversario de los talibanes, el líder guerrillero Ahmed Sha Masud. Los norteamericanos le facilitaron dinero y vehículos, pero no armas, a cambio de información sobre el paradero del líder de Osama. Nunca llegaron demasiado lejos. El líder de Al Qaeda se movía por zonas del país fuera del alcance los contactos de Masud.

Pero en una ocasión estaban lo suficientemente cerca como para que Masud mandara una misión, aunque algo rudimentaria: un grupo de hombres y mulas cargadas de cohetes katyushas. No eran precisamente los boinas verdes, y sin embargo llegaron a alarmar a los asesores jurídicos de la CIA. Temían que la agencia se viera implicada indirectamente en una operación de asesinato para la que no estaba autorizada. Por eso, enviaron un mensaje para que se cancelara la operación de las mulas. La gente de Masud respondió: “¿Qué se creen que es esto? ¿La 82º División Aerotransportada? Van en mulas y ya se han ido”. Ni siquiera tenían radios. Al final, la CIA nunca pudo confirmar que el ataque se hubiera producido.

Cuando la familia Manson perdió la categoría de secta y comenzó a ser escuchada, ya era demasiado tarde. Y sin embargo, en los últimos dos años y medio, la CIA y el Pentágono han tenido todos los medios necesarios y el apoyo de sus jefes para obtener resultados. Y tampoco han conseguido cazar a Bin Laden. Definitivamente, ésta no es una guerra como las de antes.