4.3.04

Cómo informar y volver vivo a casa

Me preguntaba alguien si los ex soldados británicos que iba a conocer en Londres sabrían dónde estaban escondidas las famosas armas de destrucción masiva. Bueno, algo de eso sí sabían. “Esta es la mayor arma de destrucción masiva”, nos contó uno de ellos sosteniendo un fusil kalashnikov. “Hay unos 60 millones de fusiles de éstos por todo el mundo. Y cada día mueren 1.100 personas por disparos de fusiles como éste”.

Bienvenidos al curso de supervivencia en ambientes hostiles al que asistimos, durante una semana y cerca de Londres, un grupo de periodistas de todo el mundo. Había gente de España, Gran Bretaña, EEUU, Italia, Jordania, Irak, Israel, Zimbabue, Filipinas, Japón y Perú. Realmente, parece que la preocupación por la seguridad de los periodistas en guerras se ha extendido bastante. El curso estaba organizado por una empresa de seguridad que se dedica a asesorar a periodistas, miembros de ONGs y trabajadores de empresas que operan en zonas de guerra. También se dedican a escoltar, con o sin armas, a todos aquellos que trabajan en estos lugares, en especial en Irak. Los miembros de esta empresa fueron soldados británicos, en concreto de los Royal Marines, y ahora protegen a los periodistas de las televisiones norteamericanas en Irak.

¿Para qué sirven estos cursos? Todo el mundo asume que los periodistas que trabajan ahora mismo en Irak sufren un serio peligro. Pero no hay que olvidar que la situación es la misma para todos: periodistas, militares y, sobre todo, civiles iraquíes. Como me dijo un periodista jordano de Reuters que se ha pasado casi todo el 2003 en Irak, los periodistas no son un objetivo prioritario de los grupos armados que atacan a los soldados norteamericanos. Si de verdad quisieran ir a por ellos, lo tendrían muy fácil. Cada día, centenares de periodistas salen a la calle sin protección a hacer su trabajo. Eso sí, muchos de ellos saben que en la carretera pueden sufrir una emboscada no por ser periodistas, sino por ser occidentales.

La principal arma con la que cuentan para defenderse es su propia experiencia. Muchas de las situaciones son similares a otras vividas en otros países. Aprender algo más, reflexionar sobre cosas que haces de forma instintiva y compartir esas experiencias con otros periodistas no puede hacer ningún daño.

Para abrir boca, el primer día nos secuestraron. Nos metieron en una furgoneta a todos y a mitad de camino estalló un explosivo delante del vehículo (en realidad, un artefacto pirotécnico) y un grupo de encapuchados armados con fusiles nos sacaron a empujones y nos tiraron al suelo. Evidentemente, no nos habían avisado antes del espectáculo. Nos colocaron una capucha en la cabeza, nos robaron lo que llevábamos encima y nos tuvieron un tiempo tumbados sobre la tierra o en posturas bastante incómodas. Todo aquel que tenía la peregrina idea de protestar o hablar, recibía un golpe. De vez en cuando, oíamos disparos.

Al principio, tengo que reconocer que me estaba riendo un poco, vaya numerito están montando estos tíos, pensaba. Luego, la cosa dejó de ser tan graciosa, porque me di cuenta de lo difícil que es respirar con una capucha en la cara. Tiendes a respirar con más fuerza para que entre más aire y, como no lo consigues, lo más probable es que te pongas aún más nervioso. No es que se saquen muchas lecciones prácticas de una lección así, excepto una bastante obvia: si te secuestran, mantén la boca cerrada. Nos contaron que un periodista británico tuvo la ocurrencia de gritar durante el secuestro: “¡Soy de la BBC! ¿Quién coño son ustedes?” Evidentemente, recibió un tiro (de fogueo, claro) por respuesta.

Éstas son las cosas que pasan cuando asistes a un curso dirigido por ex soldados. Te dan unas clases con power point y todo eso, y luego te vas al monte a practicar. Nos hicieron una demostración de la facilidad se puede fabricar una trampa explosiva. Fue un ejemplo útil para todos aquellos reporteros que tienen la manía de llevarse souvenirs de guerra, más allá de los inevitables casquillos. Tras la guerra, un periodista japonés se llevó de Irak un proyectil explosivo aún activo. Estalló en el aeropuerto de Ammán y mató a un policía jordano. Si quieres llevarte un souvenir, hazte una foto.

Más útil fue la explicación sobre cómo salir de un campo de minas. Se inserta lentamente un pincho o vara de metal de unos 30 centímetros en la tierra con un ángulo de 30 grados para ver si hay algo enterrado. Suena sencillo, pero lo cierto es que se calcula que se tarda una hora en abrir un camino de diez metros. Conclusión: no entres en un campo de minas. En una zona de guerra, abandonar una carretera ya es demasiado riesgo.

La parte más importante del curso, sobre todo para mí que tengo ciertos problemas para ponerme una tirita, fueron los primeros auxilios. No son muy diferentes a los que podría dar por ejemplo la Cruz Roja, pero éstos contaron con lecciones prácticas. Los soldados se hacían pasar por heridos y no se limitaban a mancharse la ropa de sangre. Alguno parecía que había salido del rodaje de una película de terror. Tuve que cortar la hemorragia de un tipo al que una explosión le había volado la mano. No contaba con que tenía dentro de la manga un tubo para expulsar un chorro de sangre que me dio en toda la cara. Qué graciosos son los ingleses. A ése le salvé la vida, pero no tuve tanta suerte con otros. La verdad es que, con nuestra poca pericia, a veces parecía que nos dedicábamos a rematar a los heridos.

Sin embargo, unas pocas medidas pueden salvar vidas, siempre que se tenga la posibilidad de evacuar a un herido a un hospital con una cierta rapidez. Asegurarse de que el herido continúa respirando y detener una hemorragia puede ser suficiente para mantener a alguien vivo durante un cierto espacio de tiempo. Nos contaron que los torniquetes han dejado de ser una medida de emergencia adecuada para cualquier situación. Sólo sirven como último recurso. De hecho, han matado tanta gente como a la que han salvado. Al hacer un torniquete en un brazo o pierna, la sangre acumulada en esa extremidad se va llenando de toxinas. Al liberar el torniquete, toda esa sangre digamos envenenada vuelve de golpe al corazón y provoca la llamada septicemia (Dios quiera que no me equivoque). Afortunadamente, hay otras formas de frenar o detener una hemorragia.

Respecto a manejarse por carretera en zonas hostiles, nos contaron cosas muy parecidas a las que tienen que escuchar las personas amenazadas por grupos terroristas: la rutina suele ser el mejor aliado de los tipos con malas intenciones. No utilizar siempre los mismos vehículos ni las mismas rutas, tener preparadas vías de escape, informar a otras personas de los lugares a los que nos dirigimos y de la hora a la que pretendemos llegar, no dar más información de la necesaria… Son consejos útiles, pero está demostrado que no sirven de mucho si van a por ti, lo que afortunadamente no suele ocurrir con los periodistas.

Los disfraces están desaconsejados. Resultan ridículos los occidentales que creen que por vestir a la manera local pueden pasar desapercibidos. La ropa no es la única cosa que distingue a los locales de los extranjeros. La forma de mirar, de andar o de hablar con la gente, incluso si conoces su idioma, son detalles que sirven para reconocer si una persona no es de allí. De hecho, si te ven disfrazado y te reconocen como extranjero, automáticamente sospecharán que se trata de alguien que tiene algo que ocultar.

Conocer las costumbres locales, en especial las que nos parecen más extrañas, es una de las mejores medidas de seguridad. Por eso, no es conveniente que una mujer viaje en el asiento delantero del coche en un país como Afganistán. Un soldado nos contó lo cerca que estuvo de empezar a disparar en Irak, es decir, de cometer un terrible error. Estaba acompañando a unos periodistas y vio cómo del coche que les precedía salió un hombre y empezó a disparar. Oyó otros disparos a su espalda y pensó que podían estar siendo atacados o que estaban en mitad de un tiroteo. Cogió la pistola y se la mostró al hombre armado para ver cómo reaccionaba. En unos segundos, se dio cuenta de que se trataba de una boda y de esa simpática costumbre de los iraquíes, que ni Sadam pudo eliminar, de disparar al aire con pistola o kalashnikov para celebrar el momento. No hay que explicar cuál hubiera sido la reacción de los invitados a la boda si el soldado hubiera empezado a dispararles.

Por eso, algunos medios europeos, como la agencia Reuters, cuentan con guardaespaldas para sus reporteros en Irak, pero no les permiten en general que lleven armas. Algunos convoyes de periodistas han sufrido ataques en las carreteras de Irak y algunos trayectos, como el que lleva del aeropuerto de Bagdad a la capital, siguen siendo extremadamente peligrosos. Pero la prevención siempre salva más vidas que las armas.

Cada situación y cada país son diferentes, pero la experiencia de la gente que ha pasado por eso puede ser muy útil. Varias organizaciones de periodistas han comenzado a publicar manuales de seguridad. El Committee to Protect Journalists, de Nueva York, tiene en su web un manual de 70 páginas muy recomendable: On Assignment: A Guide to Reporting in Dangerous Situations.

Otra organización, International News Safety Institute, ha puesto en marcha una web con noticias y recomendaciones sobre seguridad para los periodistas. Más de 1.200 periodistas y colaboradores han muerto en los últimos diez años. En la guerra y postguerra de Irak han caído ya 31. Es motivo suficiente como para tomarse el tema en serio y no fiarlo todo a la suerte.