15.1.04

Periodistas en guerra en Bagdad

El Ejército norteamericano no es la única institución de EEUU que lo está pasando mal en Irak. El mejor periódico del mundo está perdiendo la guerra en Bagdad.

Los problemas para The New York Times (¿qué otro periódico iba a ser?) comenzaron antes de la guerra. El periódico se alimentó de las exclusivas obtenidas por Judith Miller sobre el programa iraquí de armas de destrucción masiva. No se puede utilizar aquí el adjetivo “presunto”, porque Miller estaba convencida de que las armas existían. Pero tras la guerra se descubrió que algunas de las fuentes utilizadas por Miller no eran del todo independientes. En mayo, Miller y el jefe de la oficina del NYT en Irak, John Burns, se enfrentaron a cuenta de un artículo sobre Ahmed Chalabi, el polémico líder del exilio iraquí y el favorito del Pentágono para presidir el nuevo Irak. Se cruzaron los emails encendidos hasta que llegaron a las manos de The Washington Post. La respuesta de Miller dejó a su periódico en mal lugar:

“He cubierto las noticias de Chalabi en los últimos 10 años y he escrito la mayoría de las historias que ha publicado nuestro periódico. Él nos ha facilitado la mayoría de las exclusivas de primera página sobre las armas de destrucción masiva”.

Vaya, eso sí que era una noticia para los lectores del NYT. La principal fuente de Miller (desconocida hasta entonces) era el mismo político iraquí que estaba intentando convencer a los políticos norteamericanos para que acabaran con la dictadura de Sadam por el peligro que presentaban las armas que aún no han aparecido. ¿Conflicto de intereses?

Avanzamos la historia hasta diciembre del 2003 cuando el redactor jefe de Internacional del NYT se ve obligado a viajar a Bagdad para intentar pacificar la corresponsalía del periódico. La jefa de la delegación, Susan Sachs, que sólo lleva dos meses allí, está enfrentada con sus dos principales reporteros: John Burns, de nuevo en Bagdad, y Dexter Filkins, que había adquirido una cierta notoriedad al saberse que iba armado con una pistola al cubrir algunas noticias en lugares peligrosos. Según The New York Observer, se ha producido un choque de egos entre unos periodistas que soportan una gran tensión. Están obligados a ser mejores que la competencia, no pueden descuidar su seguridad y viven todos en la misma casa, nada lujosa, con pocas posibilidades de no verse las caras si la convivencia se deteriora. Una fuente del Times, citada por el Observer, dice que el puesto de Sachs es igual a “entrenar un equipo de fútbol de niños de 6 años. Todos van a por el balón”.
De momento, el conflicto se ha dilucidado con el regreso de Susan Sachs a EEUU y la poco habitual decisión del director de dejar vacante el puesto de jefe de delegación. Hay un editor coordinando el trabajo de todos los reporteros, pero éstos se han quedado sin jefe, algo que probablemente no lamentarán. Sobre todo, Burns, que fue el reportero del NYT que se quedó en Bagdad durante la guerra.

Según el Observer, el problema de fondo es que The Washington Post está derrotando al NYT en la cobertura de la postguerra iraquí. Cualquiera que lea los dos periódicos sabe que el Observer no anda muy descaminado. Si se quiere saber qué han encontrado los equipos militares y de la CIA en su búsqueda de las armas de destrucción masiva, hay que leer el Post. Si se quiere saber cómo están siendo las negociaciones entre el gobernador norteamericano Paul Bremer y los partidos políticos iraquíes para la transición, hay que leer el Post. Si se quiere saber si está teniendo o no éxito la guerra contra la guerrilla, hay que leer el Post (aunque en este punto, el marcador está mucho más igualado).

Sin embargo, no conviene borrar de Favoritos la dirección del NYT. John Burns ha publicado excelentes artículos, como ya lo hizo durante la guerra. Tiene una cierta habilidad para no repetir los lugares comunes a los que se aficionan los periodistas cuando están mucho tiempo en el mismo sitio cubriendo la misma noticia. Y para los que han tenido paciencia, este domingo el dominical del NYT ha sacado un excelente reportaje: Professor Nagl’s War. Lo ha escrito Peter Maas. Durante la guerra, Maas escribió "Good Kills", uno de los mejores reportajes que hayan salido de la pluma de los sobrevalorados embedded.

Ahora ha encontrado un buen personaje, el comandante John Nagl, una extraña mezcla de soldado y experto en relaciones internacionales, y ha escrito doce páginas que se leen sin una pausa. Nagl es un militar de los mejores de su promoción en West Point y que después amplió sus estudios, o los comenzó según se mire, en Oxford, combatió en la primera Guerra del Golfo y volvió a Oxford para hacer el doctorado. Su especialidad académica es la lucha contra la guerrilla, el análisis histórico de todas los conflictos bélicos en los que un Ejército regular ha tenido que afrontar una guerra de guerrillas. Desde Julio César hasta Vietnam, pasando por Lawrence de Arabia y Mao.

Ahora, Nagl está aplicando sus estudios académicos en el triángulo suní, en el corazón de la resistencia antiamericana. Para Peter Maas, no podía haber elegido mejor sitio:

“Para un estudiante de la guerra de guerrillas, ésta es la oportunidad de su vida. Es como un paleontólogo al que le dieran la oportunidad de volver en el tiempo y de caminar con los dinosaurios. Pero Nagl no puede pararse y tomar notas. Es responsable, junto al resto del batallón, de luchar contra los insurgentes, lo que es tan difícil como enseñar a un dinosaurio a bailar”.

Nagl no carece de humor negro. Un día, sus soldados estaban rodeados por una manifestación peligrosa. Se escuchaban disparos aislados y por un momento parecía que podían responder provocando un baño de sangre. Para reducir la tensión, Nagl se giró hacia el periodista y le preguntó: "¿Has visto Black Hawk Down?"
El artículo es algo más que el perfil de un militar. También es una reflexión sobre las posibilidades de éxito de un Ejército ante una fuerza insurgente. Y no son muchas, según Maas y Nagl, si su respuesta consiste en la aplicación de la fuerza bruta. Treinta años después de Vietnam, los norteamericanos vuelven a intentar ganarse los corazones y las mentes de la población local. Nagl está en ello.