21.1.04

Las apuestas de George Bush

Todos los analistas coinciden en que Bush ha empeñado el éxito de su presidencia, y por tanto sus posibilidades de reelección, en el desenlace de su política sobre Irak. No porque nadie le haya forzado a hacerlo, sino porque él ha querido comprometerse. Por eso, no es de extrañar que en su discurso sobre el Estado de la Unión presentara la situación actual de Irak como uno de los grandes logros del último año. Por la misma razón, no debe sorprender que haya pasado por encima de la amenaza lanzada a los cuatro vientos hace un año: las armas de destrucción masiva. Le dedicó tan sólo dos frases en un discurso que duró 54 minutos.

Bush interpretó en detalle la partitura que diseñó su Administración desde los atentados del 11S. Nos encontramos, dicen, en una guerra global contra el terrorismo, una guerra que sólo puede acabar con una victoria que nadie sabe exactamente cuándo se producirá:

“Han pasado 28 meses desde el 11 de septiembre del 2001, más de dos años sin un atentado en suelo americano, y es tentador pensar que el peligro ha pasado. Esa esperanza es comprensible, cómoda y falsa”.

La guerra permanente. Sin tregua. Sin negociaciones de paz. Sin un enemigo visible al que se pueda derrotar en el campo de batalla. Sin la promesa de un fin rápido que permita a la sociedad desentenderse de la amenaza. La guerra que deja al Gobierno las manos libres para aplicar medidas de emergencia sin fecha de caducidad. Es lo que en inglés se llama win-win situation. El Gobierno de Bush no puede perder. Si hay un nuevo atentado tan terrible como el del 11S, quedará demostrado que no se puede bajar la guardia. Si NO hay un atentado masivo, el discurso de ayer nos dice que bajar la guardia sería un error imperdonable.

En el caso de Irak, el destino que Bush ha elegido no le permite estar en una situación tan envidiable. Ya no promete que se encontrarán las armas de destrucción masiva. A lo máximo que llega es a decir que se han identificado “decenas de programas relacionados con las armas de destrucción masiva y cantidades significativas de material que se ocultó a Naciones Unidas”. Supone una diferencia muy evidente con el discurso del año pasado, cuando detalló una extensa lista de armas y munición de consecuencias espeluznantes si hubieran estado al alcance de Sadam. En el discurso ante el Congreso, Bush destacó que el fin de la dictadura de Sadam y la liberación del pueblo iraquí son lo que justifica de sobra la decisión de invadir Irak.

Lo malo de este razonamiento es que en uno, dos o tres meses, los norteamericanos se estarán preguntando por qué sus soldados continúan en un país en el que ya han muerto 500 de ellos. Si la razón de la invasión era acabar con Sadam, este objetivo ya se ha conseguido, como alardea con justicia Bush. ¿Por qué debe seguir allí John Smith cuando mañana puede saltar por los aires por una bomba colocada por la resistencia iraquí? Si las cifras de muertos y heridos continúan a este ritmo, las bajas en combate y en accidentes habrán superado con creces el millar cuando los norteamericanos tengan que votar.

Para entonces, la sombra de Sadam será tan tenue como la de Osama bin Laden, pero quizá sea mucho menos rentable para los intereses de Bush.

Documento
Texto íntegro del discurso de George Bush.