1.1.04

La Historia: instrucciones de uso

El foro de discusión entre bitácoras puesto en marcha por Dialbig ha propuesto como tema la pregunta ¿Es objetiva la historia? Una respuesta rápida consiste en decir que la historia es tan objetiva como puedan serlo los seres humanos cuando echan la mirada atrás. Como esto no nos lleva a ninguna parte, será mejor que examinemos algunos de las principales aplicaciones de la historia:

La historia es un arma (de destrucción masiva). Sirve para provocar el racismo, para alentar el exterminio de un pueblo, para hacer que los hutus masacren a machetazos a los tutsis. El nazismo utilizó su visión mesiánica y depravada de la historia para convencer a los alemanes de que tenían que aniquilar a los judíos si querían prosperar como nación. La historia es tan dúctil que incluso sirve para convertir las derrotas en victorias: por eso, los nacionalistas serbios celebran la fecha de una derrota de 1389, la batalla de Gazimestan, en Kósovo, cuando las tropas otomanas aniquilaron a la aristocracia medieval serbia.

La historia se reescribe constantemente. Se actualiza para corregir las mentiras, y también para eliminar valores anacrónicos, políticamente incorrectos o simplemente ofensivos. El descubrimiento/invasión de América pasa a convertirse en el encuentro (para los graciosos, el encontronazo), con la intención de que al menos el eufemismo haga fortuna en los medios progubernamentales. También se pueden reescribir las imágenes de la historia, como bien sabía el departamento de revelado de fotografías del Partido Comunista de la URSS

La historia es una losa o un alimento imposible de digerir. Por eso, Churchill decía que los Balcanes producían más historia de la que podían consumir.

Los documentos escritos son la materia prima de la historia. Eso les convierte en uno de los botines de guerra de menor valor económico, pero de mayor importancia política. Cuando Hulagu, nieto de Genghis Khan, saqueó Bagdad en 1258, los iraquíes cuentan que el agua del Tigris cambió de color dos veces. Primero, se puso roja por la sangre de los miles de asesinados por los mongoles. Luego, se puso negra por la tinta de los libros arrojados al agua, los libros de las mayores bibliotecas del mundo en esa época. Con las banderas, es mejor conservarlas que destruirlas. Robar una bandera o estandarte al enemigo en el campo de batalla sirve para desmoralizar al adversario y hacerle ver que la resistencia es inútil. Cuando se guarda en un museo, es una forma de robarle la historia al enemigo, o al menos de condicionarla (no olvides que una vez te vencimos).

La historia tiende a perdonar a los asesinos si tienen un final glorioso. Tras la Primera Guerra Mundial, EEUU no quería procesar al kaiser Guillermo por crímenes de guerra. El presidente Wilson recordaba el caso del rey inglés Carlos I, derrocado y decapitado por la revolución de Cronwell: "Carlos I fue un personaje despreciable y el mayor mentiroso de la historia", dijo Wilson, "pero su ejecución fue celebrada con poemas y le transformó en un mártir".

La historia la escriben los vencedores. Pero pasado un tiempo, los vencedores tienden a relajarse y las víctimas sacan la cabeza. Durante décadas, los alemanes han considerado tabú hablar sobre los sufrimientos de su población civil durante la Seguda Guerra Mundial. Ahora comienzan a interesarse abiertamente por la tragedia, ante el escándalo de muchos compatriotas, que piensan que no se puede borrar así el pecado original del Holocausto.

La historia se repite. Tras la Primera Guerra Mundial, un alto cargo británico dijo sobre Irak: "Lo que queremos es algún tipo de Administración con instituciones árabes que podamos dejar allí mientras seguimos tirando de los hilos, algo que no nos cueste demasiado dinero, pero que permita tener asegurados nuestros intereses políticos y económicos".

Arnold Wilson, comisionado civil británico en Irak, definía así la revuelta de las tribus árabes contra la potencia ocupante: "Nos enfrentamos a la anarquía y al fanatismo. Hay poco o nada de nacionalismo en la rebelión".