8.1.04

El caso egipcio

La noticia de la liberación del periodista marroquí Alí Lmrabet no puede hacernos olvidar la lamentable situación de los derechos humanos en el mundo árabe. Y no es necesario irse a países como Irán o Siria, habituales en las listas de la vergüenza hechas públicas por Amnistía Internacional, para encontrar casos de flagrantes violaciones de los derechos políticos. El mismo día en que Lmrabet salía de prisión, The Washington Post publicaba un esclarecedor artículo sobre Egipto. Lo más alarmante es que tanto Marruecos como Egipto son regímenes considerados moderados, aliados de EEUU y Europa y receptores de millonarias sumas de ayuda.

Egypt muzzles calls for democracy revela que el Gobierno de Mubarak utiliza la represión tanto contra los grupos islamistas como contra las organizaciones de derechos humanos:

Fuentes norteamericanas insisten en que aprecian cambios lentos pero positivos en la situación de los derechos humanos (en Egipto). Pero los grupos pro derechos, los políticos de la oposición y los analistas entrevistados describen un panorama más oscuro: el de un Gobierno autoritario que aprieta o alivia los instrumentos de la represión en función de las amenazas que percibe, que está obsesionado con la oposición islamista, que se siente acosado por los grupos de derechos humanos y que mantiene un poderoso aparato de seguridad que funciona bajo permanentes leyes de emergencia y que a menudo trata con brutalidad a los opositores.

EEUU entrega cada año 2.000 millones de dólares a Egipto. Fundaciones públicas americanas ayudan por su parte a los grupos egipcios de derechos humanos. Pero a Mubarak no le gusta esta ayuda y por eso prohíbe a los receptores de las subvenciones que las retiren del banco si no cuentan con permiso del Ministerio de Asuntos Sociales. Uno de estos grupos tiene 40.000 dólares en una cuenta corriente procedentes del National Endowment for Democracy. Llevan seis meses esperando en vano a recibir la aprobación oficial. Si se les ocurre retirar el dinero, es probable que acaben en prisión. Para Mubarak, el dinero americano es bueno para algunas cosas (para financiar al Ejército o la Policía, por ejemplo), pero no para otras.

Los Gobiernos árabes, sean dictaduras o dictablandas, no hacen más que quejarse de la ocupación americana de Irak, de la falta de una solución justa para el problema palestino o de la equiparación de Islam con terrorismo tan extendida en el mundo occidental. Sus quejas tienen muy poca credibilidad. Viven a espaldas de las necesidades de sus ciudadanos y castigan con la cárcel cualquier tipo de oposición, violenta o pacífica, islamista o laica. Siempre habrá grupos minoritarios violentos y fanáticos, pero lo verdaderamente preocupante es que cada vez sean más los árabes que piensen que la violencia terrorista es la única manera de responder a la violencia del Estado.