8.12.03

El fraude de Peres

Pocos líderes extranjeros provocan tanta fascinación en la prensa española como Simón Peres. En parte, esa admiración está justificada: es un político que se ha dedicado con pasión a la construcción de su país, es un hombre culto cuyo despacho está lleno de libros (y se nota que los ha leído), y aún piensa que el diálogo es más rentable a largo plazo que la fuerza bruta.
Pero también es un desvergonzado vendedor de coches de segunda mano que según salen del concesionario, tienen que entrar en el taller. En la entrevista que apareció el domingo en El País, lo demuestra con creces.
La imagen que en España hay Peres no puede ser distinta a la de Israel. ¿Es así porque en Israel desprecian a todos los políticos que apoyan las negociaciones con los palestinos? En mayúscula, para que quede claro, NO.
La imagen de Peres en su país es la de un político oportunista que vendería a su madre con tal de mantenerse en el poder, la de un político dotado de una retórica valiente, pero que raras veces hace lo posible para ponerla en práctica, la de un político incapaz de ganar unas elecciones porque ni siquiera los votantes que comparten sus ideas confían plenamente en él.
En la entrevista, su análisis no anda muy descaminado cuando habla de los errores de los dirigentes palestinos ("Arafat era un líder impresionante de la lucha clandestina palestina. Pero en cuanto tuvo que pasar de la clandestinidad al Estado fracasó"). Y cuando tiene que hablar de la responsabilidad de los gobernantes israelíes en la penosa situación actual, no sólo no admite ningún error, ni siquiera de Sharon, sino que echa las culpas a EEUU y Europa.
Dice que la Hoja de Ruta "tiene el apoyo de la derecha y de la izquierda en Israel". Más tarde, prefiere no opinar sobre Sharon y suelta una afirmación tan gratuita como falsa: "Tal vez en el fondo de su corazón quiera la paz. Pero con el Gobierno actual dudo mucho de que pueda". La primera frase es una pura especulación con poco fundamento. La segunda es un auténtico embuste.
Sharon no está aprisionado por un gobierno de coalición de partidos de derecha y ultraderecha. No se conoce ni una sola decisión que se haya aprobado con el rechazo total de Sharon, a pesar de en los Gobiernos de coalición de Israel muchas decisiones se toman por votación, y el voto del primer ministro es uno más.
Decir que la Hoja de Ruta tiene el apoyo de la derecha israelí es una fantasía. Sharon hizo todo lo posible por retrasar la puesta en marcha del proyecto y llegó a plantear un centenar de objeciones a Washington.
La Hoja le obligaba a desmantelar los enclaves ilegales, pequeños asentamientos que ni siquiera contaban con la aprobación del Gobierno israelí. Incluso la prensa israelí admite que el Gobierno sólo se limitó a eliminar un puñado de ellos, no tocó al resto y permitió que aparecieran nuevos enclaves. Como ha reconocido el jefe del Ejército israelí, su Gobierno se equivocó al abandonar a su suerte al primer ministro palestino Abu Mazen sin darle la más mínima concesión para reforzar entre los suyos su posición moderada.
La causa de este fracaso está, según Peres, en que el Cuarteto (EEUU+Europa) desapareció de la escena una vez aprobada la Hoja de Ruta. No le falta razón, pero la responsabilidad siempre será mayor en el caso de los protagonistas del proceso, no de sus padrinos.
En Israel, la izquierda aún recuerda cómo Peres se desvivió tras las últimas elecciones por conseguir un Gobierno de unidad nacional presidido por Sharon y en el que él, faltaría más, sería el ministro de Exteriores. Cualquiera pensaría que el primer ministro se hubiera negado a tener tan cerca a uno de sus grandes adversarios. Falso. Sharon, que no es nada tonto, quería que Peres estuviera en el Gobierno para dar un rostro de moderación a un política de enfrentamiento a sangre y fuego contra la resistencia palestina.