22.11.03

Donde más duele

¿Cómo se mide el éxito de una estrategia terrorista? ¿Por el número de muertos o atentados? ¿Por el impacto emocional que origina en la población? ¿Por la respuesta que provoca en las fuerzas policiales y militares? Intuir la respuesta a estas preguntas arrojaría algo de luz sobre la valoración de los atentados de Estambul. Para el tema que nos ocupa, tanto da que los suicidas pertenecieran a Al Qaeda o a esos grupos satélites inspirados por el mensaje de Osama bin Laden.
Frente al mensaje de que los terroristas atacan donde y cuando pueden (un recurso que sirve para liberarse de la funesta manía de pensar), está la idea de que estos grupos tienden a elegir aquellos lugares que más convienen a sus objetivos. Y Turquía presenta para ellos una serie de oportunidades que no pueden dejar de desaprovechar.
Turquía no es Afganistán ni ha fracasado como Estado. No está en ninguna lista de países condenados a desmoronarse. Es el único país musulmán miembro de la OTAN. Aspira a formar parte de la Unión Europea y para ello ha comenzado, lentamente, a llevar a cabo unas reformas que hagan olvidar su oscuro pasado represor de los kurdos. La Constitución y el Ejército garantizan el fracaso de cualquier tentativa integrista, pero los uniformados parecen estar aprendiendo a convivir con un Gobierno islamista moderado. Tan moderado que reclama para sí la etiqueta de conservador, una bandera con la que se han puesto en marcha muy pocas revoluciones.
Centenares de miles de turistas europeos votan cada año con sus pasaportes para demostrar su confianza en Turquía. En cierto modo, ese país demuestra que el anunciado choque de civilizaciones puede ser sólo una quimera, a menos que pongamos todos los medios para hacerlo posible.
La fortaleza de Turquía es quizá su debilidad. Es un ejemplo muy reciente de que el Islam y la democracia no son conceptos incompatibles, de que los partidos islamistas no están condenados a la clandestinidad, incluso a pesar de la hostilidad que despiertan entre los militares turcos. Esta fortaleza es un insulto para Al Qaeda y le recuerda cada día de que su mensaje de sangre no es el único posible para regenerar un mundo islámico corrompido, no por la religión, sino por la violación de los derechos humanos y la miseria económica.
Habrá más atentados en Turquía protagonizados por turcos adeptos a la mentalidad nihilista de Al Qaeda. Las escenas de destrucción serán terribles y algunos periódicos europeos como El Mundo se ocuparán de poner fotos espantosas en primera página para hacernos creer que Estambul es igual que Bagdad o que Jerusalén o que Riad. La imagen será real porque habrá ocurrido, pero será falsa.
O no lo será si el Ejército turco desentierra su política represora de los años ochenta, desbanca a los islamistas del poder y da la razón con su respuesta a una minoría convencida que la guerra es la única solución.
Pero eso aún no ha ocurrido. Si ocurre, sí tendremos razones para estar muy preocupados.